Series: crítica de «How To… With John Wilson», de John Wilson (HBO)

Series: crítica de «How To… With John Wilson», de John Wilson (HBO)

Este breve serie (seis episodios de 25 minutos) que en Estados Unidos estrenó HBO muestra, con forma de documental cómico, una serie de personajes y situaciones en la ciudad de Nueva York –y alrededores– bajo la particular mirada de su inteligente y sagaz creador. Una de las revelaciones del año.

Qué define a un buen narrador audiovisual? En mi opinión, la capacidad de observación, la manera en la que se enfrenta al mundo y a la gente que vive en él y logra encontrar allí personajes e historias pero también detalles, curiosidades, belleza en los lugares más inesperados. Wilson es uno de esos tipos, la clase de realizador audiovisual que tiene más preguntas que respuestas, que sabe mirar y encontrar universos posibles en cada esquina y en cada mínima situación o intercambio con otra persona. Lo suyo es una especie de poesía minimalista en formato documental cómico. O, dicho de otra manera, Wilson es un artista de stand up audiovisual, un hombre que hace reír a partir de compartir su mirada sobre el mundo.

No sé nada de su vida previa a este show aunque puedo imaginar algunas opciones posibles. Lo cierto es que su aparición súbita es una de las bienvenidas sorpresas de este bizarro 2020. En HOW TO… WITH JOHN WILSON –una temporada de seis episodios de menos de media hora cada uno que HBO emitió en varios países pero que no figura por ahora en su programación latinoamericana–, lo que el hombre construye es el «tutorial» más absurdo y generoso de la historia. Se trata de alguien que no parece tener nada en claro pero que intenta, a la vez, «aprender y enseñar» distintas cosas, que se ven reflejadas en los títulos de cada episodio. El truco del tutorial funciona bien: con la excusa de explicarnos cómo conocer gente, cómo tener una buena memoria, cómo envolver muebles o cómo hacer un buen risotto, Wilson termina haciendo otro tipo de tutorial, mucho más amplio, que tiene que ver con aprender a mirar y a relacionarse con el mundo.

La serie consiste en Wilson y su cámara recorriendo, fundamentalmente, la ciudad de Nueva York, que es su centro de operaciones y el escenario que mejor se presta para el tipo de investigación en peculiaridades que el hombre realiza. Detrás de la cámara inquieta y en constante movimiento está él. Y su voz en off así lo confirma. Wilson relata –en un tono entre nervioso y tímido que es «finamente gracioso»– sus pequeñas aventuras cotidianas que lo van llevando a analizar, por ejemplo, cómo dividir una cuenta en un restaurante. Lo que empieza siendo una serie de observaciones detalladas sobre el tema en sí se va transformando en otras cosas a partir de tangentes –y curiosos personajes– que lo van llevando hacia otros caminos. Y esas tangentes narrativas convierten cada episodio en una serie de reflexiones o graciosas epifanías sobre la vida.


El primer capítulo («How To Make Small Talk«) puede ser un poco engañoso ya que da la impresión que la serie será una colección de situaciones y personajes bizarros, de encuentros incómodos, de mirada entre irónica y condescendiente con los tipos raros con los que Wilson se topa en la calle, un género (y un tipo de mirada) que me interesa muy poco y que suele inundar la programación de festivales como el BAFICI. Es por eso que, tras verlo, dejé la serie. Pero la enérgica recomendación de la amiga y colega catalana Desirée de Fez me hizo volver a ella. Y, de ahí en más, fue toda una revelación. Es cierto que ese humor un tanto ¡Uy, mirá a ese freak! aparece aquí y allá en la cámara o los comentarios de Wilson, pero es muy poco y siempre está enmarcado por la mirada de un tipo que también se burla de sí mismo.

De a poco la serie deja ver una mirada profundamente humanista y amable, generosa si se quiere, con el mundo un tanto absurdo que lo rodea. En el segundo episodio («How To Put Up Scaffolding») Wilson observará la cantidad de andamios y estructuras que cubren a los peatones de posibles desprendimientos de edificios en Nueva York y de ahí disparará a una serie de reflexiones sobre el miedo al riesgo y a los accidentes. Parecido es el eje del cuarto episodio («How To Cover Your Furniture») en el que parte de la excusa de cubrir sillones para que el gato no los destroce para luego irse hacia temas más amplios que ese tema inspira, con un bizarro desvío narrativo hacia el tema de la circuncisión. En ambos casos la propia urbanización de la ciudad juega un rol importante.

En el excelente «How To Improve Your Memory», Wilson –quien confiesa llevar un diario un tanto OCD de su propia vida– sale a analizar los raros caminos de la memoria, cómo hacer para mejorarla y cómo recordamos cosas que no sucedieron tal como creemos, lo que lo lleva a analizar el fenómeno llamado «el efecto Mandela«. En «How To Split the Check» –para mí, el más divertido de todos, admito haberme sentido muy identificado–, Wilson habla de las frustraciones que le genera dividir la cuenta en restaurantes, algo que siempre es problemático y difícil de resolver sin generar incomodidades que pueden arruinar amistades o relaciones de todo tipo. «Siempre el que quiere dividir la cuenta en partes iguales es el tipo que tomó cuatro cervezas», sentencia.

El mejor y más sentido de todos es el sexto y último, el moño perfecto para la breve temporada. En «How to Make the Perfect Risotto«, el hombre empieza tratando de aprender a hacer el mítico plato italiano ya que es el favorito de la dueña de su departamento –una anciana inmigrante que vive abajo y que le cocina de vez en cuando y a la que hace compañía viendo TV– y él quiere devolverle la gentileza cocinando para ella. Pero al salir de compras Wilson se topa con tapabocas y alcoholes en gel y la serie da cuenta del comienzo de la pandemia en Nueva York, lo que pone bajo otra perspectiva sus experiencias previas y lo llevan a mirar con otros ojos la ciudad en la que vive.

La cuarentena neoyorquina termina siendo un inesperado golpe de efecto emocional para la temporada, llevando a HOW TO… WITH JOHN WILSON a ser una serie aún más reveladora, humana y sensible de lo que parece ser a partir de las anécdotas y personajes curiosos que muestra. Al combinar humor y capacidad de observación con una relación empática –ácida y crítica, pero fundamentalmente comprensiva– sobre el mundo, Wilson consigue una de las pequeñas grandes series del año, una serie de viñetas acerca de esa fantasía que solíamos llamar comunidad.