Series: crítica de “Industry – Temporada 1”, de Konrad Kay y Mickey Down (HBO)

Series: crítica de “Industry – Temporada 1”, de Konrad Kay y Mickey Down (HBO)

Esta nueva serie se centra en las vidas de un grupo de jóvenes que entra a trabajar como pasantes en un banco de inversiones británico, con las presiones y complicadas relaciones personales que son propias de ese brutal trabajo. Crítica publicada originalmente en La Agenda de Buenos Aires.


Aspero, inclemente, brutal. Así es el clima que se vive dentro de Pierpoint & Co., el banco de inversiones londinense que es el centro de la acción de “Industry”, la nueva serie británica cuya primera temporada termina el lunes 28 de diciembre a la medianoche por HBO. Y, afuera del piso en el que millones de libras esterlinas pasan de mano en mano como si fuese cambio chico, el clima no es tan distinto. Para los jóvenes traders que están tratando de hacerse un lugar en la empresa, las salidas a los pubs, las fiestas privadas, los eventos corporativos y los encuentros personales se manejan con criterios parecidos: siempre hasta el límite físico y psicológico. Y si todo eso lleva a que haya que llegar al otro día directo a la oficina sin dormir, química mediante, así se hará.

Creada por Konrad Kay y Mickey Down, dos “sobrevivientes” de la City londinense, “Industry” es una serie ácida, inteligente y dura, que funciona en un territorio que podría describirse como una mezcla entre “Mad Men” y “Wall Street” pero con un grado de honestidad brutal (o cinismo) que solo puede surgir de un show televisivo británico. La protagonista, sin embargo, es norteamericana. Harper Stern (Myha’la Herrold) es una de las nuevas incorporaciones a la empresa a modo de pasante. Ella es parte de un grupo de jóvenes que deberán estar a prueba allí durante un año tras el cual solo quedarán “en planta” aquellos que logren sus objetivos o impresionen bien a los jefes. O, claro, también los más vivos, pillos, tramposos y los que sepan moverse bien entre las fieras que habitan esos pasillos.

Harper es un personaje raro en ese contexto. Es una chica afroamericana que no se siente del todo cómoda con los códigos de una cultura (no solo la británica sino la específica de la empresa) que desconoce. Además –y esto es lo que más la acerca al Don Draper de “Mad Men”—ocultó y tergiversó algunas cosas de su pasado para poder presentarse a ese trabajo. Pero lo que pierde por falta de “pertenencia” (tampoco es una chica “de alcurnia”) lo gana con una mezcla de carácter luchador y una ambición indisimulable. Su colega y posterior roommate Yasmin (Marisa Abela) es una joven británica de origen árabe que creció rodeada de lujos y que se toma el trabajo con otra filosofía. Pero si bien dentro de la oficina empieza sonriendo, repartiendo café y no mucho más, fuera de Pierpoint queda claro que la chica se maneja con otro tipo de prestancia y seguridad, especialmente en lo relacionado a su vida sexual.


Los otros tres ingresantes son Robert (Harry Lawtey), un jovencito rubio al que el trabajo parece quedarle un poco grande y que se involucra en una rara relación con Yasmin; Gus (David Johnson), un británico de raza negra, gay, educado en las mejores escuelas del país y que siempre parece observar todo con cierta suficiencia, y Hari (Nabhaan Rizwan), el más esforzado y sacrificado de todos a la hora de trabajar y el que más dificultades tiene a la hora de aguantar el clima y la presión con la que se convive a diario en las interminables jornadas de trabajo.

A lo largo de tensos, gélidos y propulsivos ocho episodios, “Industry” va desarmando con la precisión clínica de un bisturí la cultura y el espíritu que se maneja en Pierpoint y, seguramente, en otros bancos similares: competitividad extrema, envidia entre colegas, delaciones, incomodidades varias, consumo de estupefacientes y un día a día tan intenso que por momentos podría definirse como un loop de “sexo, drogas e inversiones millonarias”. En esa estructura, nuestros cinco novatos deberán lidiar con un grupo aún mayor de jefes, colegas y mentores que tienen una influencia directa –y muchas veces brutal—en sus vidas.

Es una cultura claramente machista que, desde adentro, un par de mujeres están intentando modificar. Pero no es para nada fácil ya que parte del sistema funciona a partir de constantes presiones y hasta agresiones que bien pueden ser consideradas como abusos laborales. Para muchos veteranos de la industria que crecieron en ese clima, el negocio es así y no hay manera de manejarse de un modo calmo, amable y educado en un lugar como Pierpoint. Para otros, en cambio, la toxicidad de ese ambiente es algo que tiene que ser revisado. Y un brutal evento al final del primer episodio que llega a los medios deja planteado que se trata de un juego muy difícil y que no todos están preparados para resistirlo. ¿Podrán cambiarlo desde adentro? ¿O tendrá que hacerse desde afuera?

Gracias a una excelente banda sonora que prioriza los sonidos electrónicos, “Industry” logra que la música transmita a la perfección el clima que viven los protagonistas: intenso, oscuro, frío pero también seductor y atrapante, especialmente cuando aparecen importantes comisiones o se tiene acceso a mundos y a lujos que –como le sucede especialmente a Harper – eran inimaginables poco tiempo atrás. En cierto modo la serie trata sobre la rara negociación que la chica tiene que hacer con sí misma y con los demás si desea pertenecer a ese elite, a ese potencial 1 por ciento. Tiene la capacidad de escalar posiciones, de eso no hay duda, pero para eso tiene que atravesar ciertos límites éticos que la ponen en una situación complicada. La mayoría de sus colegas británicos, en cambio, parecen un tanto más cómodos (o acostumbrados) a ese modo de relacionarse que parece cortarse con un cuchillo. Y si Harper quiere crecer tendrá que mostrar todas sus garras.

Industry funciona muy bien como retrato de un mundo de veinteañeros ambiciosos y descontrolados que intentan triunfar en el mundo de los negocios sin saber que están pagando un precio quizás demasiado excesivo. Lo que la vuelve un tanto más árida –o complicada a la hora de “engancharse”—es que sus personajes son por momentos demasiado oscuros y hasta desagradables. Uno puede identificarse con situaciones y experiencias que atraviesa Harper para luego verla brutalmente destrozar a algún colega o persona cercana. Y lo mismo pasa con casi todos los demás protagonistas, complicando en buena medida la posibilidad de tener una conexión emocional con lo que les sucede. Por momentos es como ver a una docena de Patrick Bateman (el protagonista de “Psicópata americano”) lastimándose entre sí.

La ironía de Industry es que, más allá de lo precisa de su pintura, por momentos se torna excesivamente fría, tan implacable y brutal en su tono como lo que vemos suceder en su trama. Y eso, que sin dudas es un logro de los creadores de la serie, representa un potencial problema para los espectadores ya que, tras ver un par de episodios, uno termina sintiéndose hasta parte de esa cultura brutal y despiadada. La serie ya fue renovada para una segunda temporada a la que no le vendría mal generar alguna corriente de simpatía entre protagonistas y espectadores. Shows como “Mad Men” o “Succession” –también centrados en empresarios de dudosos códigos éticos—funcionan porque, más allá de la oscuridad de muchos de sus personajes, uno logra conectar con ellos, entenderlos, desear que superen sus dificultades. Quizás con la lógica de ser fiel al mundo que retrata, “Industry” lo intenta menos. Seguramente será más realista, pero no tan efectiva como esos clásicos. El tiempo dirá, de todos modos, si consigue superar esa barrera.


Esta nota fue publicada originalmente en La Agenda de Buenos Aires