Estrenos online: crítica de «Bliss», de Mike Cahill (Amazon Prime)

Estrenos online: crítica de «Bliss», de Mike Cahill (Amazon Prime)

Owen Wilson y Salma Hayek encarnan a dos personas que creen vivir en un mundo que no es real y están dispuestos a probar que todo es un simulacro en este fallido film de ciencia ficción.


Los que quieran –o puedan– verla con cierto cariño, o al menos con algún interés, encontrarán que BLISS tiene algo de mezcla rara de MATRIX, el cine de Terry Gilliam, algunos apuntes filosóficos de Slavoj Zizek y el consumo de alguna droga sintética por parte del guionista/director. Los que se queden afuera de la propuesta que estrenó el 5 de febrero Amazon Prime verán todo con la boca abierta y la extraña expresión de «¿en qué cuernos estaban pensando?«.

En los papeles, BLISS es una propuesta que puede tener algunos puntos de interés ya que toma como personaje principal a un hombre en crisis en su vida para luego llevarlo a un viaje delirante que durante gran parte del tiempo se parece mucho a algún tipo de adicción. O de esquizofrenia. Solo que aquí Cahill intenta encontrar una suerte de estructura para ese viaje sintético-químico que nuestro protagonista lleva adelante con la ayuda de un misterioso personaje femenino. Y esa estructura, digamos, es bastante endeble.

El arranque es promisorio, sin embargo. Greg (Owen Wilson, a quien el papel de desorientado le viene como anillo al dedo, al menos al principio) es uno de los encargados del área de «Dificultades Técnicas» de una compañía. Su ámbito de trabajo es caótico pero él parece aislado de todo en su oficina, dibujando precisos lugares que tiene la sensación de haber conocido pero en realidad no lo ha hecho. Su jefe lo llama con urgencia y él no va, perdido en sus dibujos, en sus intentos de conseguir renovar las pastillas que toma y hablando con su hija que está a punto de graduarse y con la que tiene una lejana relación tras su divorcio. Finalmente se topa con su jefe y sucede lo previsible: el tipo lo echa. Pero accidentalmente los dos chocan entre sí, el jefe se da la nuca contra su escritorio y muere en el acto. Greg debe disimular la situación y escapar de ahí.


Se mete en un oscuro bar y, en pleno día, se pide un whisky. Allí hay una mujer que se llama Isabel (Salma Hayek haciendo eso que hace Salma Hayek) que parece tener cierto poder para mover objetos o hacer tropezar a las personas. Al verlo a Greg descubre a una persona como ella y se lo dice: «nosotros somos reales, todo lo demás es una simulación». Y antes de que podamos entender qué cuernos está pasando los dos están viviendo, como personajes de Terry Gilliam, en una suerte de mágico refugio para homeless y probando sus poderes –que obtienen gracias a unos cristales amarillos– haciendo que la gente se caiga en pistas de patinaje y tonterías así.

Las bizarras desventuras de la dupla –él trata de escapar de la policía y no parece muy preocupado siquiera en entender cómo es que tiene poderes y ella quién sabe qué cuernos hace– ocupan casi la mitad del relato hasta que en punto Greg se da cuenta que hay algo raro en todo esto y le pide pruebas acerca de qué es simulación y qué es real. La chica consigue otros cristales (azules, en este caso) y procede a probar su teoría. De ahí en adelante BLISS cambia y pasa a funcionar en otro plano que no conviene revelar. Solo se puede decir que lo que es real y lo que no es (sea cual fuere una u otra cosa) se cruzan más veces de lo conveniente y que Owen Wilson sigue igual de desorientado hasta el final incierto de la película.

Dicho sencillamente: la película no tiene ni pies ni cabeza. Pero no estamos ante un sistema David Lynch donde las cosas funcionan de ese modo, sino más bien ante un producto que parece haber sido editado (o re-editado) de tal manera que torna las actitudes incomprensibles y las situaciones completamente caprichosas. Si a eso se le suma la cero química que existe entre el empastillado Wilson y la hiperactiva Hayek –haciendo su personaje de «latina colorida» de la calle que quizás en la vida real sea, ejem, una elegante multimillonaria– es muy difícil que uno no vea BLISS con un gran «what the fuck» en la cabeza. ¿Quién sabe? Quizás en un tiempo termine convirtiéndose en una película de culto. Esas cosas pasan.


Dentro de todo el capricho narrativo, las vueltas de tuerca insólitas y los personajes pésimamente delineados, hay algunos pocos puntos de interés que se pueden rescatar en BLISS. Uno, más extraño, es la enrarecida aparición del filósofo esloveno Slavoj Zizek para hacer un comentario excéntrico y supuestamente gracioso sobre el Cielo y el Infierno. Y el otro, el que queda tapado por la pila de acontecimientos absurdos es, a la manera del cine de Gilliam, la conexión con el dolor «real» (entre paréntesis porque quién sabe qué es real acá) que sufre Greg: adicción, divorcio, problemas familiares, una paternidad complicada.

El director de ANOTHER EARTH –a quien parecen fascinarle este tipo de temas– no explota demasiado ese vector de la matrix, digamos, y tampoco Wilson logra salir del todo del espasmo zombie que lleva pegado en el rostro como para involucrarnos en la problemática de un adicto que sufre por no poder ver a su hija. Así como está en la película, da más la impresión de ser un mal viaje de un oficinista que, cansado de escuchar quejas todo el tiempo, un día decidió tomarse todas las pastillas juntas que encontró en un botiquín y después escribió lo que se le ocurrió en ese rato.