Series: crítica de «It’s A Sin», de Russell T Davies (Channel 4/HBO Max)

Series: crítica de «It’s A Sin», de Russell T Davies (Channel 4/HBO Max)

Esta miniserie inglesa de cinco episodios narra las vivencias de un grupo de amigos gay de Londres durante los años ’80 con la crisis del VIH/SIDA como fondo.

Se han hecho series, películas, obras de teatro y escrito novelas e incontables textos de no ficción sobre la aparición del VIH/SIDA pero, al menos desde mi experiencia como espectador, la gran mayoría han estado centradas en lo que pasó en los Estados Unidos. Pocos, muy pocos (de vuelta, desde una perspectiva personal) han contado la historia desde otras latitudes y menos a través de una accesible serie de televisión, como es en este caso. IT’S A SIN quizás no proponga nada novedoso desde lo temático pero sí permite tomar la experiencia británica a través de una década siguiendo a un grupo de amigos en la Londres de los ’80.

En tan solo cinco episodios de alrededor de 45 minutos –que saltan un par de años entre uno y el siguiente–, el creador de QUEER AS FOLK y guionista de A VERY ENGLISH SCANDAL reúne en un departamento londinense a un trío de chicos que, literalmente, se escapan de sus vidas provincianas para irse a la capital británica a vivir libremente su sexualidad. El grupo es convenientemente heterogéneo (de esos «armados» por un guión como para representar distintas etnias, experiencias, regiones y hasta personalidades) pero de todos modos logra superar ese escollo gracias a la credibilidad de cada uno de los personajes.

Por un lado está Ritchie (Olly Alexander, el cantante de la banda Years & Years), un chico de la Isla de Wight que llega a Londres escapando de una vida familiar opresiva y, una vez allí, encuentra algo así como el paraíso de liberación sexual. La experiencia de Roscoe (Omari Douglas) es similar solo que, ante la brutal cerrazón de su familia religiosa de origen nigeriano, no le queda otra que salir del closet a los gritos y escapar de su casa vestido de mujer. El tercero es Colin (Callum Scott Howells), que viene de Gales, llega a Londres y consigue trabajo en una sastrería de Saville Row. Es el más in the closet de todos ellos, el menos fiestero, el más tímido y el que parece estar más cerca del celibato que de cualquier otra cosa.


Los tres terminan siendo roommates en un piso bastante grande en Londres, al que se suman Jill (Lydia West), una amiga de la universidad de Ritchie, y otras personas (Neil Patrick Harris tiene un papel breve pero clave) que irán entrando y saliendo con el correr de los episodios o de las noches. Lo que menos imaginan, al llegar al lugar de sus sueños, es que de a poco están empezando a aparecer noticias de una rara enfermedad que parece afectar a grupos específicos, entre ellos a los homosexuales. Al principio, nadie le presta demasiada atención ni cree que va en serio y la vida sigue como si nada pasara. Aunque, de a poco, todo empieza a complicarse.

No conviene adelantar demasiado lo que pasa del segundo episodio en adelante ya que cada personaje tendrá, a su manera, que ir lidiando con el tema. Desde miedos, sorpresas y negaciones hasta muertes que se van acercando cada vez más, las experiencias de los protagonistas se van enredando de a poco con el tema de una forma inevitable y dolorosa, sea directa o indirectamente. Más allá de eso, lo que impacta de IT’S A SIN es, por un lado, la profunda ignorancia, desconocimiento y violencia ejercidas por las autoridades tanto políticas como sanitarias respecto al tema sida, a lo que hay que sumarle el maltrato de la prensa en general y, más que nada, el propio rechazo de muchas familias al enterarse que algún hijo se había agarrado «la peste rosa», como le llegaron a decir entonces.

Davies, junto a Peter Hoar –director de la miniserie completa– logra pintar durante los primeros episodios el clima festivo y descontrolado de los primeros años londinenses del grupo. De a poco, sin embargo, es imposible negar lo que está sucediendo alrededor de los protagonistas: amigos «vuelven a sus casas con sus familias» (manera en la que todos asumen que alguien ha contraído el virus), otros enferman directamente allí y cada uno lidia como puede con la novedad. No todos de la mejor manera, ya que el círculo empieza a cerrarse alrededor de ellos de una forma tan concreta y directa que los hace muchas veces tomar decisiones equivocadas.

IT’S A SIN es una serie que, en su directa simpleza, logra ser contundente y muy emotiva respecto a la historia del HIV/SIDA en Inglaterra a lo largo de los años ’80, cuando todavía era una enfermedad que había que ocultar, negar y hasta avergonzarse. No hay demasiadas sutilezas en ella (ver abajo sino la banda de sonido, que es un compilado de grandes éxitos de la época), pero esa misma honestidad armada en base a oposiciones sencillas y situaciones emocionalmente fuertes son las que generan la empatía necesaria para que, en cierto modo, el todo sea superior que la suma de las partes.

Uno podría criticar ciertos aspectos narrativos de la serie (la forma en la que los personajes cumplen «roles» dentro del conflicto es acaso la más obvia, algo que no sorprende viniendo del creador de YEARS AND YEARS) pero son problemas bastante secundarios, especialmente porque los actores que dan vida a esos «roles» son lo suficientemente convincentes como para que uno se olvide de lo didáctica que puede ser la propuesta. A lo que IT’S A SIN apunta es a que los espectadores hagan un viaje en el tiempo a una época que parece relativamente cercana pero que, uno va notando de a poco, ha quedado muy lejos en algunas cosas… aunque no tanto en otras.

Para los que vivimos durante esos años (yo seré casi una década menor que los protagonistas, pero recuerdo la aparición del sida), es raro darse cuenta lo violenta y públicamente homofóbica que era la vida cotidiana entonces. Cuando uno ve series como IT’S A SIN –u otras, tanto de ficción como documentales, que retratan hechos de los años ’80 o ’90– por momentos cree que exageran o simplifican determinadas cuestiones. Pero solo basta investigar un poco para saber que no es así. Algunos no lo notábamos (por edad o por inexperiencia personal) o lo teníamos tan naturalizado que nos parecía hasta tolerable, parte de la vida diaria, como tantas otras cosas que hoy parecen impensables. Y lo que genera la distancia temporal no es nostalgia sino algo parecido a la vergüenza y la bronca. Supongo que algo parecido les pasará a otras generaciones cuando, dentro de algunas décadas, vean lo que sucedió durante estos años de pandemia.