Estrenos online: crítica de «La liga de la justicia de Zack Snyder» (HBO Max)

Estrenos online: crítica de «La liga de la justicia de Zack Snyder» (HBO Max)

por - cine, Críticas, Estrenos, Online, Streaming
18 Mar, 2021 09:51 | comentarios

El famoso «Snyder Cut», corte de cuatro horas del director de esta película de 2017, revela cómo las diferencias de sensibilidades pueden cambiar por completo el resultado de un film. Con Ben Affleck, Gal Gadot, Henry Cavill y Jason Momoa.


Hay muchas maneras de encarar el cine de superhéroes y las que hay entre Joss Whedon y Zack Snyder quizás sean las más opuestas posibles. Eso, que convirtió a LA LIGA DE LA JUSTICIA de 2017 en un extraño Frankenstein cinematográfico hoy queda revelado de manera más que evidente en la versión del realizador de 300. Es, claramente, una cuestión de elección personal entre un estilo y otro. A Whedon le interesa más un tono liviano, irónico, humorístico, meta y accesible, enfocándose siempre en la conexión y la empatía entre los superhéroes y el resto de los mortales. Snyder procede por el carril opuesto. Para él, el género se conforma a partir de mitos, leyendas, temas y figuras icónicas, más grandes que la vida. Más allá de algunas emociones identificables, los superhéroes de Zack no tienen nada que ver con los seres humanos. Funcionan en otra órbita espacio-temporal, en otra dimensión. Son la versión contemporánea de los dioses griegos.

Nunca vimos la versión 100% Whedon de esta película. Vimos, sí, lo que su sensibilidad (y la de Warner) le aportó al material que Snyder dejó trunco a partir de su tragedia familiar y de otros asuntos. Y esa fallida película de 2017 trataba de congeniar esos universos completamente disímiles de una manera que bordeaba lo bochornoso. Las imágenes épicas de Snyder pegaban poco y nada con el humor terrenal y a veces rancio de Whedon. Y las escenas que, ahora podemos determinar, fueron filmadas completamente por su equipo casi contradecían la grandilocuencia de las anteriores. Todo lo épico, altisonante y grandioso que había dejado Snyder su colega lo disimulaba o alteraba por completo mediante cambios de todo tipo. No solo a través de la enorme cantidad de escenas tiradas a la hoy reciclada papelera, sino también mediante cambios en apariencia menores –música, sonido, voces en off, fotografía– que modificaban por completo la película.

Se puede decir que el SNYDER’S CUT es el único de los dos films que merece llevar el nombre del director ya que poco y nada de su película había quedado realmente en la versión de 2017 que debería ser firmada por Whedon… o por Warner Bros. Sin hacer cuentas precisas, de las dos horas del film anterior cerca de la mitad no están en esta película. Y las que sí están aparecen completamente cambiadas. Whedon y su equipo recortaron todas las escenas de acción, cambiaron los villanos, modificaron la lógica (y los traumas) de los protagonistas, le agregaron subtramas (la familia rusa), le quitaron otras (casi todo lo ligado a Cyborg), alteraron los vestuarios (Superman), los escenarios (el cielo rojo), reorganizaron escenas internamente, les cambiaron el orden y muchísimas cosas más que seguramente se me pasan por alto.


En su versión 2.0., Snyder saca su costado más épico y grandilocuente, poseído por una seriedad y una impostación que es a veces difícil de tragar. Lo que es innegable es que su película tiene lógica interna, es coherente en su propuesta y –salvo por la longitud de las interminables escenas de acción– no parece hacer concesiones a los gustos actuales, marvelianos, armados en base a constantes diálogos, bromas y chicanas entre los protagonistas. Acaso The Flash sea el único personaje que puede funcionar sin tantos cambios entre ambas propuestas, ya que originalmente está concebido y actuado en un tono más cercano al de Spider-Man, pero aún así Whedon le había quitado casi todo lo que no sean chistes. Con sus cuatro horas de duración, el realizador de BATMAN VS. SUPERMAN puede tomarse el tiempo para desarrollar las historias de cada uno de los «nuevos». En todos los casos, esas historias están relacionadas con los llamados «daddy issues«, tema central en esta película y completamente abandonado en la de 2017.

Central es el caso de Cyborg, cuyo personaje crece muchísimo en esta versión. Su historia original (su pasado como jugador de fútbol americano, padre ausente, accidente que mató a la madre) casi no existe en la otra versión y acá es casi el eje de la película entera. Es probable que ciertas cosas ligadas a este personaje se hayan agregado en esta versión y no estaban siquiera en el corte original de Snyder (la sensibilidad racial del film es más 2020-2021 que 2016-2017), aunque eso es algo difícil de determinar. Hay, sí, escenas filmadas recientemente –ya las verán, no las spoilearé— e imagino que toda la posproducción del film es actual, por lo cuál es imposible saber realmente cómo habría lucido la propuesta original en su momento. Solo hace falta fijarse en los efectos digitales del rostro de Steppenwolf para notar la diferencia.

No voy a entrar en detalles sobre el mundo DCEU porque se me escapan y seguramente los fans del multiverso podrán leerlos en críticas escritas en sitios más especializados en el tema. Lo que me resultó fascinante de la experiencia de ver las dos películas seguidas –y lo que creo que puede servir en las escuelas de cine– es notar cómo la influencia de ejecutivos, productores, diferentes estéticas y sensibilidades pueden alterar completamente un producto. Hay decenas de ejemplos específicos pero voy a citar solo algunos. Una escena de Aquaman caminando con una botella de whisky por un muelle en cámara lenta (sí, no pregunten) cambia radicalmente al estar musicalizada por un tema de heavy metal en el film original y por una dramática canción de Nick Cave aquí. La relación entre Bruce Wayne y Diana Prince no tiene aquí ningún guiño de seducción aquí como la tenía en el otro film y en la versión 2017 brilla por su ausencia una escena clave de The Flash que acá luce en toda su snyderiana gloria.

Hay cosas de este film que son igualmente difíciles de sostener. Las escenas de acción son tres veces más largas e igualmente incoherentes. La mitología está mucho más desarrollada pero sigue siendo igual de confusa. Sus actores (salvo Ezra Miller) están aún más tiesos que antes. Su formato cuadrado para IMAX no es muy agraciado ni disfrutable que digamos. Y su grandilocuencia bíblica por momentos es insoportable. Pero, eso sí, todo es coherente, puro, unfiltered. A Snyder le gusta convertir a sus personajes en estatuas vivas y filma sus cuerpos como un escultor renacentista (sus imágenes son tan homoeróticas como sus personajes, curiosamente, asexuados), el único conflicto que parece conocer es el que hay entre padres e hijos y todo lo demás que solemos considerar humano le es completamente ajeno. Su cine es coreográfico, operístico y sus personajes no parecen existir sobre la Tierra sino en algún espacio simbólico donde siempre se tratan Los Grandes Temas. Y esta película es eso, un monumento a sí misma.