Series: crítica de «WandaVision», de Jac Schaeffer (Disney+)

Series: crítica de «WandaVision», de Jac Schaeffer (Disney+)

Esta audaz y original serie del llamado Marvel Cinematic Universe (MCU) toma como eje el trauma que vive su protagonista, Wanda Maximoff, como consecuencia de una serie de dolorosas pérdidas en su vida.


No pensaba escribir sobre WANDAVISION. Tenía la impresión que sería el tipo de serie que solo iba a ser completamente descifrable para los fans del llamado MCU (Marvel Cinematic Universe, para los no expertos en el tema), quienes preferirían leer textos escritos por personas que supieran todos y cada uno de esos fastidiosos detalles interrelacionados que usualmente me alejan del mundo Marvel. Y si bien, como suele suceder, esos detalles están y son muchos (yo soy la clase de persona que tiene que googlear ante cada aparición de un personaje supuestamente conocido del multiverso), con el correr de los episodios fui teniendo más y más la sensación que se trataba de una serie verdaderamente compleja y adulta, que ameritaba algún análisis más allá de mi falta de interés en saber para qué cuernos sirve la Gema de la Mente, entre muchos otros asuntos seguramente relevantes para el marvelismo universal.

WANDAVISION es una serie sobre el trauma y acaso la primera de su tipo en centrarse en sus consecuencias más dolorosas: la negación, la angustia y la depresión. Si bien el tipo de dolor que experimenta su protagonista –que ya sucedió durante las películas del Universo Marvel, habría que decir– es bastante común al cine en general y al de acción en particular, usualmente no está tratado de esta forma. Cuando un personaje de su tipo tiene una pérdida tan relevante como la que tuvo Wanda, lo usual es que salga despedido hacia la revancha, poniendo el sufrimiento en algún tipo de acción, de energía en movimiento opuesto. Sí, previo a eso puede pasarse unos días «bajoneado», pero la solución a eso suele ser la acción y la violencia.

Uno podría pensar que todo lo que sucede en la serie –al menos hasta el último episodio– es lo que pasa en esos días de «bajón», de transición, de encontrar fuerzas para volver a la vida tras una situación traumática. A su manera, el universo de seguridad que Wanda crea a su alrededor y en el que revive a su pareja para conservar la idea de que «acá no ha pasado nada» tiene mucho de esa negación del llamado PSTD. Y lo mismo pasa con su persistencia para mantenerlo (y hasta expandirlo) sea como sea. No se trata de algo que se hace solo con superpoderes ni de nada parecido. A su manera, cualquiera puede hacer lo mismo que hace Wanda aquí.


Esa idea, que podría ser en extremo «deprimente» para sostener una serie que tiene como objetivo entretener al público familiar, encontró una forma más que original con la reconstrucción del mundo de las series clásicas de televisión. Más allá de permitir aplicar un montón de juegos y curiosidades referenciales a las distintas épocas de las sitcom, el formato es totalmente lógico con lo que le sucede a una protagonista que, en plena crisis de negación de la realidad, se resguarda en esos universos seguros y familiares que poseen los productos televisivos que nos acompañaron toda la vida. Es un lugar conocido en el que puede sentirse protegida y en el que finalmente, se sabe, nada grave debería suceder jamás.

A su modo, los nueve episodios podrían funcionar como etapas del duelo, como momentos de evolución hacia algún tipo de aceptación de esa pérdida. El mundo creado por Wanda Maximoff arranca de un modo tan cerrado que las primeras referencias son a los sitcoms de los años ’50, en donde todo era tan falsamente seguro y convencional que nada externo podía penetrar jamás. O eso parecía. El paso de las décadas se manifiesta en el cambio de las referencias, sí, pero también en que cada nueva etapa es más «abierta» que la anterior. Tanto al mundo exterior como a los propios sentimientos menos «perfectos» de los protagonistas. La Wanda que aparece en las sitcoms del 2000 se cuestiona mucho más lo que le pasa que la de las décadas anteriores, en clara conexión con la lógica de los protagonistas de esos formatos televisivos.

De a poco el mundo exterior (el real) empieza a invadir esa segura evasión y a Wanda no le queda otra que tener que ir lidiando con la realidad. A lo Marvel, sí, con escenas de acción gigantes y enfrentamientos violentos, pero con una lógica que no es tan diferente a la real. Es decir, rompiendo de a poco esas cerradas paredes que ha encontrado para mantenerse segura, refugiada en el dolor. Raro encontrar una serie familiar, de superhéroes, de acción y aventuras, que se acerque tanto a experiencias que se parecen bastante a la depresión y hasta a ciertas alteraciones mentales propias de la pérdida de noción de la realidad. Si bien es cierto que todo el género de superhéroes tiene algo de esquizofrénico –no me hagan analizar eso acá, se los pido por favor–, WANDAVISION llega a un punto superador, al menos dentro de lo que yo he visto.

No voy a mencionar acá nada específico de la serie, ni qué personajes aparecen, qué sobra, qué falta, qué se entiende y qué no. Su inicio me interesó por lo inusual e inesperada, pero cuando ya estaba empezando a dudar sobre su lógica (¿Cuántos estilos de sitcoms se pueden reproducir? ¿Cuándo los chistes malos dejan de ser citas para ser simplemente chistes malos?), la serie invita a pensarse a sí misma como un «estado de la mente», casi como una regresión a la infancia, al hogar, a la familia, a la idea de «las cosas como deben ser». Quizás la fuerza de la serie tenga que ver con que para muchos este ha sido un año con algunos puntos en común con lo que le sucede a Wanda. Traumático, doloroso, complicado, de esos que invitan, o que no dan más opción, que refugiarse en algún lugar seguro, conocido, familiar. Exista en la realidad o esté en nuestra angustiada imaginación.