Series: crítica de «El crimen del siglo», de Alex Gibney (HBO)

Series: crítica de «El crimen del siglo», de Alex Gibney (HBO)

Esta serie documental del realizador de «Mea Maxima Culpa», «The Armstrong Lie» y «Taxi to the Dark Side» se centra en la epidemia de opioides que ha acabado con las vidas de millones de personas en este siglo y cuyos culpables tienen nombre y apellido. Se exhibe a partir del 11 de mayo por HBO.


Acaso la droga de mayor crecimiento durante el siglo XXI sea una de curso completamente legal. Conocida en el mercado estadounidense como OxyContin, se trata de un opioide recetado que se lanzó al mercado a fines de los años ’90 para tratar problemas relacionados con el dolor intenso, pero pronto empezó a demostrar un alto poder adictivo. Los que se enganchaban a ella no solo eran aquellos que la adquirían ilegalmente y la usaban para fines, digamos, «recreativos» (se trata de una droga cuyo efecto es similar y aún más fuerte que la heroína) sino que las personas que empezaban a usarla por motivos reales –recetadas por sus médicos para aliviar dolencias «de amplio espectro»– pronto terminaban enganchadas y necesitando dosis más y más grandes. En muchos de estos casos, la sobredosis era (bah, sigue siendo) tan habitual como mortal.

Hace pocas semanas se publicó EMPIRE OF PAIN, un muy detallado libro de investigación del periodista de The New Yorker, Patrick Radden Keefe, centrado en la familia Sackler, creadora de un literal imperio farmacológico dirigido a medicamentos centrados en tratar las distintas formas del dolor. El libro contaba un siglo de historia de los Sackler, desde los promisorios comienzos investigando drogas para tratar a pacientes que solían recibir electroshocks hasta llegar, décadas después, a sus negocios más turbios. ¿El principal? La manera en la que lograron, en los años ’50 y ’60, vender sus productos con publicidades –y otros «extras»– dirigidas a los médicos en lugar de a los pacientes. Esta alteración sirvió para popularizar entonces al Valium y sería explotada aún más con el OxyContin, ya desde su laboratorio Purdue Pharma.

La serie de Gibney toma la parte del libro de Radden Keefe –quien es aquí uno de los principales entrevistados– que se centra más que nada en este opioide para luego agregar un segundo episodio que pone el eje en el fentanyl, otro derivado del opio con similares efectos y problemas de adicción descontrolada. Pero para entender la lógica económica, publicitaria, política e industrial del éxito de estos productos hay que tomar en cuenta otros ángulos, ligados a la manera en la que los grandes laboratorios farmacéuticos (empresas conocidas popularmente como «Big Pharma») manejan muchos más resortes políticos y económicos de los que deberían.


A lo largo de dos episodios de dos horas cada uno, CRIME OF THE CENTURY cuenta cómo estas drogas mataron a cientos de miles de personas en veinte años y todo lo que hicieron sus productores –y sus distribuidores también– para evitar ser penados, multados y, en el caso de los Sackler, ni siquiera reconocer que crearon una verdadera pandemia. La gran discusión que es central a estos casos –similar a lo que sucedió con el juicio multimillonario contra las tabacaleras– tiene que ver con que los productores de OxyContin sabían que era adictivo y no solo lo ocultaron sino que vivieron promoviéndolo en cantidades y dosis cada vez más grandes, mientras las autoridades hacían literalmente la «vista gorda». En el caso de Fentanyl, si bien son varias las empresas relacionadas al tema, la situación es bastante parecida.

La serie muestra una cultura de «ventas-ventas-ventas» de estos laboratorios a los que no les importó absolutamente nada en función de aumentar sus ganancias exponencialmente, al punto que una multa por cientos de millones de dólares apenas les resulta un cosquilleo. Siempre con la excusa de que «la droga no es adictiva, las personas lo son», quisieron siempre escapar a cualquier tipo de rendición de cuentas. Y en general –gracias al lobby económico con el que suelen manejar a congresistas y a autoridades de la salud– se han logrado salir con la suya. Recién en los últimos años, en los Estados Unidos, se está logrando «quebrar la muñeca» de estas todopoderosas compañías.

La serie tiene el buen tino de contar la gran historia y no detenerse demasiado en los casos puntuales, que suele ser la manera en la que usualmente se arman este tipo de documentales. Sí, Gibney elige algunos casos de víctimas para que el espectador pueda hacerse una idea clara –con caras, nombres y apellidos– de situaciones específicas y de todo el dolor que conlleva la pérdida de seres queridos en manos de empresas codiciosas, doctores que buscan engordar sus bolsillos recetando productos de laboratorios «amigos» y hasta farmacias (y farmacéuticos) corruptos. Pero lo principal pasa por explicar el sistema en el que estas drogas han avanzado sobre la población sin que prácticamente nadie haga nada para frenar su devastador avance. Ni la FDA, ni Barack Obama ni mucho menos Donald Trump.

Gibney también tiene la inteligencia de no entrar en la distinción favorita de esos laboratorios ligados a la idea de «la culpa es de los adictos». Si bien se muestra que existe un mercado negro ligado a ambas drogas y toda una subcultura armada con el objetivo de hacerlas funcionar de una manera más efectiva en el cuerpo, lo central en EL CRIMEN DEL SIGLO pasa por desenmascarar a los «facilitadores» (por no decir creadores) de esta epidemia, familias cuyos apellidos se usan para todo tipo de filantropía (los Sackler tienen decenas de salones y alas de museos a su nombre, financiados por ellos) cuando su fortuna se ha construido, fundamentalmente, en base al sufrimiento de millones de personas. Es que, más allá de la gente que consume estos opioides por necesidad y sienten que los han ayudado a soportar los dolores más agudos imaginables, se trata de drogas que son comercializadas sin advertir en sus prospectos sus terribles «efectos colaterales».

Es cierto que en estas épocas en la que las grandes empresas farmacéuticas están en boca de todos como quizás nunca antes lo hayan estado, puede ser duro para algunos tomar conciencia de algunos de sus manejos más turbios y poco éticos. Pero la actual discusión, por ejemplo, sobre las patentes de las vacunas –un tema que se toca también en relación a OxyContin– deja muy en claro que para muchas de estas empresas lo más importante son los beneficios económicos. Y que la salud viene después.