Cannes 2021: sobre «Babi Yar. Context», de Sergei Loznitsa (Special Screenings)

Cannes 2021: sobre «Babi Yar. Context», de Sergei Loznitsa (Special Screenings)

por - cine, Críticas, Festivales
11 Jul, 2021 09:19 | Sin comentarios

Este documental se centra en la invasión alemana a Ucrania durante la Segunda Guerra Mundial y en la masacre de Babi Yar, en la que los nazis asesinaron a más de 33 mil judíos en solo dos jornadas.


Estrenada en la sección Proyecciones Especiales de Cannes, el nuevo documental del realizador de STATE FUNERAL vuelve sobre la historia soviética para centrarse en el llamado «Holocausto de las balas». Más precisamente, en los eventos que rodearon la masacre de más 33 mil judíos que tuvo lugar en solo dos días (19 y 20 de septiembre de 1941) en la colina de Babi Yar, cerca de Kiev, Ucrania. No fue la única de las matanzas masivas nazis que tuvo lugar en la ex-URSS. Fue la primera y la más grande. Entre 1941 y 1943, los nazis mataron a más de un millón de judíos en Ucrania. Y no lo hicieron con el sistema que implementaron en los campos de concentración. Sino, directamente, juntando a las personas en un lugar físico concreto y abierto –con mentirosos avisos en los diarios– y liquidándolos in situ.

El film de Loznitsa cuenta esta historia con muy pocos textos, poniendo el acento en las impresionantes imágenes que van cubriendo los meses previos a la invasión nazi, su llegada a Ucrania, las matanzas y las consecuencias posteriores. Difícil, para mí, escribir una crítica mesurada de esta impactante película. Prefiero dejarles el texto escrito en diciembre de 1943 por Vassili Grossman titulado «Ucrania sin judíos», una parte del cual se cita en la película y que acá reproduzco de modo más amplio. Creo que es bastante contundente. Y que no necesita que yo agregue mucho más.

(…) No hay judíos en Ucrania. En parte alguna –en Poltava, Járkov, Kremechug, Boríspol, Yagotin–, en ciudad alguna, ni en centenares de lugarejos ni en aldea alguna encontrarás los llorosos ojos negros de una muchacha, no oirás la voz triste de una anciana, no verás el rostro moreno de una criatura hambrienta. Silencio. Mudez. El pueblo ha sido vilmente asesinado. Han matado a viejos artesanos, maestros experimentados, sastres, sombrereros, zapateros, médicos, joyeros, pintores, peleteros, encuadernadores; han matado a trabajadores: porteadores, mecánicos, electricistas, carpinteros, picapedreros, torneros; han matado a transportistas, tractoristas, chóferes, ebanistas; han matado a aguadores, molineros, panaderos, cocineros; han matado a médicos: terapeutas, dentistas, cirujanos, ginecólogos; han matado a científicos; bacteriólogos y bioquímicos, directores de clínicas universitarias, profesores de historia, de álgebra y de trigonometría; han matado a profesores, asistentes, candidatos a doctor y doctores de todas las ciencias posibles; han matado ingenieros, metalúrgicos, ingenieros de puentes, arquitectos, constructores de locomotoras; han matado a contables, administrativos, empleados de comercio, agentes de aprovisionamiento, secretarios, guardas nocturnos; han matado a maestras, costureras; han matado a abuelas que sabían tejer medias y cocinar deliciosas galletas, hervir una sopa y hacer un strudel con nueces y manzanas, y han matado a abuelas que no destacaban por sus artes, sino sólo sabían amar a sus hijos y a los hijos de sus hijos; han matado a mujeres entregadas a sus maridos y también han muerto las mujeres ligeras de cascos; han matado a muchachas hermosas, a estudiantes de ciencias y alegres escolares; han matado a las jorobadas, y han matado también a las cantantes, a los ciegos, a los sordo-mudos, han matado a los violinistas; han matado a niños de dos y de tres años, han matado a viejos de ochenta años con cataratas en sus turbios ojos, con dedos fríos, transparentes y voz callada como el susurro del papel, y han encontrado la muerte niños recién nacidos deshechos en llanto, que mamaban ávidos del pecho de su madre hasta el último instante de vida. Todos han sido asesinados, muchos cientos de miles, un millón de judíos en Ucrania.


No se trata de una muerte ocurrida durante la guerra con las armas en la mano, no es la muerte de unos seres que han dejado en alguna parte su hogar, sus libros, su familia y su fe. Es el asesinato del árbol de la vida, es la muerte de las raíces, de no solo las ramas y las hojas. Es el asesinato del alma y el cuerpo de un pueblo, la muerte de una grandiosa experiencia de trabajo acumulada a lo largo de miles de maestros llenos de inteligencia y de talento en su oficio y de intelectuales formados durante largas generaciones. Es el asesinato de la moral del pueblo, de las tradiciones, de las alegres leyendas populares, historias que han pasado de abuelos a nietos. Es el asesinato de los recuerdos y de las canciones tristes. De la poesía popular sobre una vida alegre y amarga. Es la destrucción de los nidos familiares, de los cementerios. Es el exterminio de un pueblo que ha vivido durante siglos junto al pueblo ucraniano, que ha trabajado a su lado, compartiendo alegrías y desdichas en la misma tierra.

Recuerden los sábados, los ancianos con sus libros de oraciones en las manos, las calladas tardes de la primavera; recuerden a estos seres entrados en años, como se reunían en círculo, y su charla estaba llena de sabiduría; recuerden a los graves zapateros de los pueblos, como se sentaban en sus bancos bajos en sus casuchas; recuerden los letreros ingenuos y cómicos sobre las puertas de los talleres de los herreros y sombrereros; recuerden los hombretones cubiertos de harina con sus delantales hechos de sacos; las viejas abuelas con sus largas faldas que comercian en las paradas vendiendo caramelos y manzanas; a los chiquillos de ojos negros y pelo rizado que corren y juegan en la arena, sus cabezas entre las cabezas claras de sus amigos ucranianos, mezcladas, como las flores, diseminadas por la generosa mano de la vida sobre la rica y bienaventurada tierra ucraniana.

Aquí vivieron nuestro abuelos, aquí han parido nuestras madres, aquí han nacido las madres de nuestros hijos. Aquí se ha vertido tanto sudor y lágrimas judíos que no creo que a nadie se le ocurriría considerar a los judíos como huéspedes en tierra ajena.

Así pues, he recorrido, a pie y montado toda esta tierra, del Dónets del Norte al Dnepr, de Voroshilovgrado en Donbass hasta Chernígov en Desna. He descendido al Dnepr y observado Kíev. Y en todo este tiempo no me he encontrado más que a un solo un judío. El teniente Shlomo Kipershtein, que en septiembre de 1941 cayó en un cerco en los alrededores de Yagotin. Su mujer actual, la campesina Vasilisa Sokur, dijo que era moldavo. Más de una vez la llevaron a rastras a la Gestapo. Dos veces le dieron una paliza; los alemanes sospechaban que su marido era judío. Pero ella se mantuvo en sus trece, diciendo que su marido se apellidaba Novak. Conversé con él, me pasé una tarde entera escuchando sus historias, y todos nosotros, Kipershtein, su mujer y los vecinos campesinos, nos asombramos de que este Kipershtein siguiera vivo, de que no lo hubieran matado. Ya no he encontrado más judíos en Ucrania. Algunos conocidos me contaban que habían visto judíos en Járkov y en Kursk. El escritor Ehrenburg me contó que se había encontrado con una muchacha judía, una partisana en unas de las zonas de la Ucrania del norte. Y esto es todo.

¿Dónde están los cientos de miles de judíos, viejos y niños? ¿Dónde, el millón de personas que tres años atrás vivían pacíficamente junto con los ucranianos, vivían y trabajaban en esta tierra?

No vale la pena y además es imposible enumerar por sus nombres a todos los judíos exterminados por las fascistas. Porque todos los aniquilados son inocentes en la misma medida. A todos se los puede inscribir en la lista funeraria. Tanto a los mundialmente conocidos como a las mujeres judías de los pequeños pueblos más perdidos y que apenas eran capaces de leer los libros de oraciones en yidish. ¿Por qué mencionar a unos y a otros no? ¡Pero de todos modos es imposible enumerar con sus nombres a centenares de miles de personas! No tiene sentido y además nadie está en condiciones de nombrar todos los lugares en los que durante el otoño de 1942 se produjeron los asesinatos en masa de judíos. En cada ciudad pequeña o grande, en cada aldea, en todas partes se produjeron carnicerías. Si en un villorrio vivían cien judíos, se mató a los cien, ni a uno menos; si en una gran ciudad vivían cincuenta y cinco mil, se aniquiló a los cincuenta y cinco mil y ni a una persona menos. Subrayemos que el exterminio se realizó según unas listas precisas, confeccionadas escrupulosamente, que en estas listas no se omitió ni a los ancianos centenarios, ni a los niños de pecho. En estas listas de la muerte se registraron a todos los judíos que los alemanes se encontraron en Ucrania, a todos sin excepción.


El asesinato de la población judía se realizó de una sola manera, de acuerdo con unas instrucciones detalladas, donde se indicaba como matar a un viejo que apenas arrastraba sus pies, y como sacarle a golpes el alma a un niño que aún no había dado ni un paso. En centenares de ciudades, a la misma hora, se dio la orden de encerrar a los judíos en el gueto. Luego les mandaron reunirse, llevar consigo un equipaje de 15 kilos y los condujeron fuera de la ciudad. Allí los fusilaron con armas automáticas. Testigos casuales de estos asesinatos en masa, aún hoy, dos años después, no pueden sobreponerse a aquella pesadilla. La sangre les mana de los ojos cuando recuerdan las escenas de horror y de locura.

Los alemanes en los territorios ocupados castigaban y mataban ante la menor falta: por guardar un cuchillo o un revólver inservible con el que jugaban los niños; por una palabra insolente escapada de la boca; por el intento de apagar su propia casa incendiada por los fascistas; por negarse a viajar a Alemania a trabajos forzados; por un sorbo de agua dado a un partisano, por todo eso arrancaban la vida a miles de rehenes: fusilaban a cada transeúnte que no se inclinase ante el paso de un oficial alemán…

Pero a los judíos los exterminaban solo por el hecho de ser judíos. Para los alemanes no existía un judío con derecho a vivir en este mundo. Ser judío era justamente el mayor delito que pudiera existir y por eso se le privaba de la vida. De este modo los alemanes han matado a todos los judíos en Ucrania. Así han exterminado a los judíos en otros muchos países de Europa.

Sobre todo se exterminaba a viejos y viejas, enfermos y niños. Porque a los hombres y mujeres aptos para el trabajo y los jóvenes fueron evacuados a tiempo, se marcharon con el Ejército Rojo. Esta gente lucha en los frentes y trabajan para la defensa del país. En Ucrania se quedaron sólo aquellos que no tuvieron la posibilidad física de huir. Y a estos –a ancianos, enfermos y niños– los alemanes les organizaron un baño de sangre y los liquidaron a todos sin excepción.

Desde que existe la humanidad no ha habido una masacre tan brutal, un exterminio organizado y en masa de personas del todo inocentes e indefensas como éste. Se trata del crimen más grande que conoce la historia, y eso que la historia ha conocido no pocas monstruosidades. Ni Herodes, ni Nerón, ni Calígula, ni los kanes tártaros, ni los mongoles, nadie ha vertido tanta sangre en la tierra, nadie ha cometido un crimen como este. Pues estamos ante el exterminio de todo un pueblo, la eliminación de millones de niños, mujeres y ancianos.

El cerebro humano adolece de un defecto, aunque quizá sea una virtud: tras leer en el periódico, o escuchar por la radio una noticia sobre la muerte de millones de seres, la persona no puede alcanzar a comprender lo sucedido ni ser consciente de ello, es incapaz de imaginarse, de ver con su mirada mental, de medir la profundidad de la tragedia acaecida. Un hombre que se asoma casualmente a una morgue o ve como un camión aplasta a una escolar de ocho de años, se pasa varios días como fuera de sus cabales, pierde el sueño y el apetito. Pero no existe una persona con un corazón tan sensible, con una mente tan atenta, con tanta fuerza de imaginación, con una sensibilidad hacia lo humano y la justicia tan poderosos que sea capaz de calibrar la pesadilla de lo sucedido tras leer la noticia en un libro o un periódico. Esta limitación es justamente una feliz cualidad de la mente humana, pues nos protege del tormento moral y de la locura. Esta limitación es asimismo una perniciosa característica de nuestra consciencia: nos hace superficiales y nos permite olvidarnos (aunque sea por un instante) de la maldad más grande cometida en el mundo.

Pero me parece que, en estos tiempos crueles y espantosos en los que le ha tocado vivir a nuestra generación en la Tierra, no podemos reconciliarnos con la maldad, no podemos mostrarnos indiferentes ni moralmente transigentes ni con nosotros ni con los demás.