Estrenos online: crítica de «Cielo rojo sangre», de Peter Thorwarth (Netflix)

Estrenos online: crítica de «Cielo rojo sangre», de Peter Thorwarth (Netflix)

Esta promisoria combinación de thriller de secuestro de avión y película de vampiros se queda sin ideas promediando sus dos horas de relato.


Un cruce curioso entre cine catástrofe y película de terror, de filme sobre secuestro de avión y sangrienta historia de vampiros, la película alemana CIELO ROJO SANGRE tiene la rareza suficiente como para intrigar con su premisa doble, esa combinación de tonos e historias (y estructura narrativa) bastante inusual. Una vez aceptada la originalidad de la propuesta –que tiene algunos puntos en común con la de la película coreana ESTACION ZOMBIE— da la impresión que el film del alemán Thorwarth se queda sin ideas, sin una lógica coherente que lo sostenga y va perdiendo buena parte de la gracia que traía.

La historia empieza a media res, en una situación que parece estar cerca del final de la trama. Un avión secuestrado aterriza forzosamente en un pequeño aeropuerto estadounidense. En medio de la confusa situación, desde adentro del avión baja un niño, en un estado que parece de shock, casi catatónico. Adentro se divisa un piloto de origen árabe que parece ser el secuestrador. Pero todo hace suponer que la verdadera situación es muy distinta.

Lo que no imaginamos es cuán distinta es. La película retrocede en el tiempo y vemos al niño, que se llama Elías, llevando las valijas solo a un aeropuerto en Alemania. Viaja en realidad con Nadja (Peri Baumeister), su madre, pero ella está en un oscuro cuarto aplicándose inyecciones, hablando con un doctor en en su smartphone y poniéndose una peluca para tapar su calvicie. Cuando Elías se topa con Farid –el mismo «terrorista» que vimos al principio– le explica que su madre viaja con él a Estados Unidos a hacerse algún tipo de operación.


Pero una vez en el vuelo veremos que la acción viene por otro lado. Los secuestradores son en realidad un grupo extenso y mezclado de pasajeros y tripulantes con intenciones más de «terrorismo económico» que otra cosa, aunque nunca quede del todo claro qué es. Y, además, nos daremos cuenta que el problema sanguíneo de Nadja tiene características un tanto más, bueno, mitológicas. De hecho, la película inserta una secuencia que, de un modo un tanto torpe y confuso, intenta explicar el origen del asunto.

De allí en adelante el avión se transformará en un pandemonio, un extraño caso en el que un grupo de secuestradores se de cuenta que alguno de sus rehenes puede ser más peligroso que ellos. Pero Nadja también es madre y sus impulsos más salvajes debe controlarlos por su hijo, que se desayuna de la condición de su mamá en el momento. El tema es que cuando las mordidas empiecen a circular ya no habrá demasiadas diferencias entre secuestradores y secuestrados: todos serán potenciales victimarios o víctimas.

Esta original idea para una película funciona bastante bien mientras se van desplegando los acontecimientos (una hora y algo más de sus 123 minutos), pero una vez que «la situación epidemiológica» queda más o menos establecida, da la impresión que los guionistas no saben muy bien qué hacer, cómo seguir, que lógica darle a lo que va pasando de ahí en adelante. Es una especie de vale todo.

Es que si bien el planteo es de por sí bastante absurdo, uno esperaría que al menos tenga una coherencia interna, reglas más o menos claras, personajes interesantes. Aquí, más allá de las complicaciones de la relación madre e hijo –y un atisbo, apenas, de comentario político ligado al personaje de Farid–, es poco lo que hay para agarrarse una vez que el film se vuelve un todos contra todos en el que cualquier cosa puede suceder y todo da más o menos lo mismo.