Estrenos online: crítica de «Sweat», de  Magnus von Horn (MUBI)

Estrenos online: crítica de «Sweat», de Magnus von Horn (MUBI)

Este drama polaco, dirigido por un sueco, se centra en una instructora de fitness y celebridad de Instagram que entra en crisis a partir de situaciones de su vida real que se cuelan en su perfecta fachada online.


Sylwia es una estrella. En el sentido celebrity de Instagram, pero lo es. Su popularidad en las redes sociales como gurú de fitness las ha trasladado a la vida real y la película empieza mostrando cómo llena un shopping con centenares de adolescentes (y no tan adolescentes) que siguen con entusiasmo sus pasos y movimientos físicos. Como muchas instructoras de estas variantes de la gimnasia, la chica parece también una suerte de motivadora personal, reiterando frases en modo «tú puedes» a sus seguidoras.

El film comienza como un torbellino perfecto de música, ritmo y colores chirriantes, haciendo honor a su título: SWEAT (Transpiración). Ese es el nombre de los videos que la chica también comercializa. Mirando su teléfono en todo momento, Sylwia (la muy buena actriz polaca Magdalena Kolesnik) es una empresaria full time de sí misma. Se filma mientras abre regalos que le llegan, los prueba, los usa, recomienda otros. Todo lo hace en videos que sube a Instagram. «Ahora paro porque me duele el brazo», dice en un momento tras postear varios.

Pero de a poco comienzan a notarse dos cosas: que cuando el ruido y masividad de sus eventos programados se apaga, cuando sus posteos y lecturas de reacciones se terminan, la chica (que ronda los 30, tampoco es una centennial o Gen Z) se siente sola. No tiene amigos y se nota que no la pasa bien. Y eso empeora aún más cuando descubre que, en un coche estacionado en la puerta de su casa, tiene un stalker que se masturba cada vez que la ve pasar.


En algún momento envía un post que le sale más naturalmente que los otros y en el que confiesa su sensación de soledad, el deseo de tener más amigos y pareja. Y sus seguidores la aman y la llenan de afecto. El asunto, sin embargo, se le va de las manos ya que el video se vuelve aún más viral y llega a personas que aprovechan su insospechada muestra de fragilidad para maltratarla o burlarse de ella. Y hasta un programa de televisión, que la tenía confirmada como invitada, pone en duda su presencia.

SWEAT es bastante más inteligente y sutil de lo que puede parecer en un principio. No se trata, simplemente, de mostrar «el monstruo» que se esconde detrás de una influencer de moda sino entrar en las contradicciones de un modo de vida regido en buena parte por las redes sociales y por la imagen que se da en ella. Sylwia siempre había proyectado seguridad y una altísima autoestima. Y ahora todos la miran un poco raro. Inclusive ella, que un poco se arrepiente de ese post.

La película cambiará de tono para seguir a la chica durante unos días en los que una serie de experiencias van minando su seguridad, su confianza y su relación con el afuera. Además del persistente stalker, se topa con una amiga del colegio que hace mucho no ve y que vive una situación personal difícil. Y viaja al cumpleaños de su madre (que vive lejos de Varsovia, en un lugar mucho más modesto económicamente, algo que el film remarca con un largo plano de filas de monoblocks mientras ella va en su auto), donde se topa con un recibimiento un tanto extraño, que quizás no era el que imaginaba. De a poco, esa doble vida –la real y la virtual– parecen ir desarmando toda su estructura, su funcionamiento, su estilo «you can do it«.

Dirigida por un realizador sueco que eligió basar su película en Polonia porque sintió que ciertas contradicciones, contrastes y excesos del capitalismo son allí aún más evidentes que en su país de origen, SWEAT intenta ser algo más que una crítica a las redes sociales y a las falsas celebridades que producen. Se acerca más a tratar de descifrar qué le pasa a las personas cuando consiguen cierta notoriedad online y no saben bien cómo manejarse con sus vidas reales, cuando empiezan a transformarse en ese personaje virtual que crearon y pierden su relación con el mundo en el que viven. A Sylwia el golpe de realidad le viene por varios lados y le cuesta bastante procesar qué es lo que tiene que hacer.

En esta inquietante película que da un doble giro sobre ese tipo de situaciones, el guión va aún más lejos (ALERTA DE SPOILERS). Hay un momento en el que esos dos mundos –el virtual y el real, el de la sonrisa perfecta y el del llanto interior– se chocan de una manera muy evidente y en una situación en la que no hay forma de evitar quedar expuesta. Lo que sucede de ahí en adelante está presentado de una manera abierta, apta a distintos tipos de interpretación. Como en películas y series que plantean dilemas similares a sus protagonistas (se me ocurren dos casos, en ese sentido, parecidos: EL ESTUDIANTE y MAD MEN), la manera de «cerrar» el conflicto tiene aristas provocadoras, ambiguas. Quedará en la lectura de cada uno entender (o decidir) qué es lo que pasa con Sylwia en ese momento. Y quizás, en la manera en la que cada espectador analice ese final, se verá también cuál es su relación con esos cruces entre lo real y lo virtual, la persona y el personaje, el ser humano y la marca.