Estrenos: crítica de «Annette», de Leos Carax

Estrenos: crítica de «Annette», de Leos Carax

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21 Ago, 2021 01:13 | comentarios

Esta opera rock –o tragedia musical– del realizador francés tiene música y guión de la banda Sparks y se centra en la complicada historia de amor entre un comediante y una cantante lírica. Con Adam Driver y Marion Cotillard. Estrena MUBI en noviembre en América Latina.


Qué es ANNETTE? ¿Es posible definir una película tan personal, extraña, ampulosa, delirante y incoherente? ¿Hay modelos, parámetros, películas que se le parecen? Uno puede sentir al principio que no, que es un ovni cinematográfico de esos que el director de LOS AMANTE DE PONT-NEUF y HOLY MOTORS acostumbra lanzar cada tantos años. Pero si uno deja que la película «macere» y que el impacto por lo que uno acabó de ver se calme, se da cuenta que es una película bastante más clásica de lo que parece: una opera rock, una tragedia musical, un historia de amor dolorosa y, sí, también un experimento audiovisual un poco extraño. Así que, para citar a la propia película: «So May We Start?»

Primero y principal, para que los espectadores confundidos no se espanten, vaya una aclaración: es un musical total (o casi total), en el que además de las canciones propiamente dichas los diálogos son cantados. De hecho, casi no hay situaciones a lo largo de los 140 minutos de la película que no sean, de un modo u otro, performáticas. Si los actores no se cantan entre sí, lo hacen sobre un escenario o en algún ensayo. Y salvo alguna que otra excepción, cuando hay un diálogo o un monólogo suele ser ante público presente.

ANNETTE es una historia de amor trágica con marido, mujer y una niña que es interpretada por una muñeca tipo Chucky pero en versión femenina, que no es otra que la «Annette» del título. Adam Driver encarna a uno de estos físicamente despatarrados antihéroes de Carax (una versión hipster de lo que antes hacía Denis Lavant) que se parecen cada vez más al propio director. El tipo es una suerte de comediante agresivo, a lo Sam Kinison, de esos que cuentan historias y anécdotas tremendas sobre el escenario y la gente se ríe un poco por las dudas cuando en realidad no sabe bien si son terribles. Intenso, violento y con algunas denuncias por abuso, el tal Henry es uno de esos tipos carismáticos que mejor mirar de lejos. De hecho, sale al escenario disfrazado de boxeador.


La que entra con todo en el viaje que Henry le propone es Ann (Marion Cotillard), una exitosa cantante de opera que es bastante distinta a él, toda elegancia y tradición, aplaudida y ovacionada por un público que la ama y que no puede entender del todo qué hace con este motoquero que no se saca el casco ni para las fotos. La pareja es la «comidilla» de las revistas del corazón y los programas de chimentos (los inserts acerca de esto son bastante graciosos) y su impacto crece más cuando se sabe que Anne está embarazada. Su niña, Annette, está «interpretada» en la película por una muñeca bastante creepy pero en la lógica del film nadie lo advierte ni lo comenta. Su «extrañeza» solo existe para el espectador.

ANNETTE contará, fundamentalmente, la relación entre ambos, que se va complicando cada vez más cuando la carrera de Henry decae, la de Ann crece, él da rienda suelta a su lado un tanto más violento y ella empieza a tomar cierta distancia de ese terremoto humano. En el medio, la bebé/muñeca demostrará también tener talentos vocales y un tercero en discordia rondará siempre a la pareja. Se trata de El Acompañante (Simon Helberg), un ex amante de Anne, que sigue de cerca y con preocupación lo que pasa con ellos.

La historia es muy básica pero lo que la rodea está lejos de serlo. La película se inicia con Carax, los músicos de Sparks y los actores «saliendo a la pista» como si fuera una presentación escénica en la que vemos a los protagonistas tomar sus puestos en el relato. Y cada larga escena –los shows de Henry en vivo son interminables– está siempre apuntalada por literales coros que comentan la acción y cuestionan al protagonista. De a poco, la película va tomando un carácter cada vez más operístico. Mejor no contar qué es lo que sucede ni el marco, pero la última hora del film generará en el espectador la impresión de estar viendo una gran producción en un teatro lírico.

Las escenas son, por lo general, impactantes pero inconsecuentes, funcionan en y por sí mismas. Es difícil muchas veces conectar emocionalmente con los personajes y la poderosa historia de amor entre ambos lo es porque alguien dice que lo es y lo presenta de tal manera, no porque los personajes transmitan esa pasión. Henry, especialmente, parece enamorado de sí mismo y está en su propio planeta. Anne, perdida en ese literal torbellino emocional, queda un poco desdibujada. Annette, en tanto, observa todo y cuando uno menos se lo espera, canta.

¿Cuál es el problema irresoluble, al menos para mí, de ANNETTE? Las canciones. Como ya escribí en mi crítica sobre el documental THE SPARKS BROTHERS (leer acá), la banda californiana tiene una admirable propuesta creativa, un maravilloso sentido estético y unas letras siempre muy inteligentes, pero sus melodías me resultan inabordables. Dicho de otro modo, salvo el tema que da inicio al film, alguno que otro más a lo largo de la trama, y el dúo que se escucha cerca del final, el resto de las canciones se me hacen anodinas, por momentos casi irritantes. Y algo parecido pasa con el libreto –escrito también por Sparks– en el que es difícil encontrar algún momento armonioso, bello, memorable.

Es cierto que la música de Sparks va por la misma ruta que el cine de Carax. Nadie va a negar que son «el uno para el otro», que ambos provocan siempre una fricción estética o auditiva en el espectador, que combinan lo bello y lo áspero, lo armonioso y lo discordante, lo romántico y lo terrible en partes iguales. Mientras veía la película tenía la sensación que si las melodías fuesen más de mi agrado podría atreverme a considerar a ANNETTE una obra extraordinaria. Pero esa fricción se me hacía por momentos demasiado ardua, llevaba la extravagancia visual a niveles aún más extremos. En cambio, cuando una canción funcionaba (la reiterada «We Love Each Other So Much«, por ejemplo) todo parecía encajar a la perfección.

Pero acaso Carax no quiere eso. Quiere el fastidio, la incongruencia, la sorpresa. Dejarse llevar por un momento visualmente fascinante para luego ser cortado por algún chiste vulgar o una escena más propia de un sketch televisivo vanguardista. Es una historia de amor trágica bastante más tradicional de lo que parece por sus recursos formales. Pero raramente emociona. Confunde, fascina, irrita y vuelve a hacer lo mismo varias veces. Un dúo cerca del final del relato es claramente lo más doloroso y emotivo que el film tiene para ofrecer. Y más momentos como ese habrían transformado a ANNETTE en un clásico. Pero no pudieron o no quisieron hacerlo. Prefirieron ir a fondo con sus caprichos estético-musicales y soportar las consecuencias. Es una postura admirable, hasta aplaudible, pero que hace de la película una experiencia más extravagante que un viaje emocional.