Estrenos: crítica de «Stillwater», de Tom McCarthy

Estrenos: crítica de «Stillwater», de Tom McCarthy

Mezcla de drama y thriller, este film del director de «Spotlight» protagonizado por Matt Damon se centra en un hombre estadounidense que viaja a Francia para lidiar con un complicado problema familiar con aristas policiales.


Subvertir expectativas es el modus operandi de STILLWATER (CUESTION DE SANGRE es el título con el que se estrenaría en cines), la nueva película del director de SPOTLIGHT que tiene como protagonista casi excluyente a un sombrío Matt Damon encarnando a un hombre de «la America profunda» (es un trabajador de pozos petroleros de Oklahoma) que viaja a Europa con una misión muy particular. El planteo –un poco como sucedía con la reciente PIG, con Nicolas Cage, en función de algunos trabajos pasados de sus protagonistas– da para imaginar que estamos ante una «historia de revancha» en la cual un seco, callado y misterioso estadounidense sale a la brutal caza de algún sujeto u organización que lo convirtió en este ser taciturno y dolido. Pero quizás no sea eso lo realmente importante aquí.

Si bien la película coquetea con ese registro –y, cada tanto, hay algún momento que invita a pensar que algo va a estallar–, STILLWATER es una película muy distinta, algo que quizás defraude a los que esperan algo más tradicional, a la Liam Neeson reventando mafiosos. Bill Baker es viudo, está con problemas de trabajo y por su visita a un cuarto vacío de su casa (y algunos rezos en los que pide por la suerte de una tal Allison) entendemos que algo pasó con una hija suya. Pero de golpe el tal Bill –con su gorra de béisbol, su barba candado, su físico pesado y su look de ser un hombre que raramente sale más allá de unos kilómetros de su porche– se sube a un avión con destino a Marsella. No solo eso, sino que queda claro al llegar allí y saludar a los que lo reciben en el modesto hotel de una famosa cadena, que el hombre ya ha ido varias veces.

Pronto, el objetivo de su viaje quedará claro: Allison, su hija (Abigail Breslin, la ya veinteañera protagonista de LITTLE MISS SUNSHINE), está presa tras haber sido encontrada culpable de haber asesinado a una amiga/pareja. Lleva cinco años allí y le quedan cuatro más. Lo que Bill hace es ir a visitarla por un tiempo cada tanto, tratando de recomponer lazos con ella que parecen no ser fáciles, que claramente tienen una pesada carga por detrás. Pero esta vez sucede algo distinto: Abigail le pasa una carta para que Bill se la entregue a la abogada que manejó su caso con la intención de que lo reabra. Es que llegó a sus oídos la información de que alguien vio al tal Akim –a quien ella siempre acusó del asesinato pero que nadie nunca pudo encontrar– y que él se vanagloriaba en privado de haber sido responsable del asesinato.


STILLWATER va ir alejándose de allí en adelante de lo esperable. Es una película de 140 minutos que, por los cambios tonales y los giros narrativos que tiene, bien podría haber sido una miniserie. Bill se dará cuenta que la abogada no quiere reabrir el caso y no le quedará otra que investigar por sus propios medios. Lo hará con la ayuda de Virginie (Camille Cottin), una madre soltera con una simpática niña pequeña con la que Bill conecta. La mujer no solo tiene un poco más de idea del mundo en el que se mueve (Marsella puede ser una ciudad difícil, áspera, con un fuerte peso del crimen organizado) sino que habla ambos idiomas. Pero ni con ella será fácil avanzar porque los códigos del «ghetto» (supuestamente el tal Akim vive en un monoblock en las afueras de la ciudad al que no conviene entrar si no te invitan) bloquean todo posible avance.

Todo esto se complicará más, pero lo fundamental del film es que tendrá un giro inesperado en el que Bill parece resignarse a no poder avanzar en la investigación y se quedará a vivir allí, trabajando en la construcción. Es un largo segmento de la película –acaso el mejor– en el que el huraño hombre empieza a humanizarse, a conectar cada vez más con la pequeña Maya, a intentar rearmar su vida en un lugar muy alejado de lo que conoce y en un mundo (ella es actriz de teatro, sus amigos miran a este Bill con una mezcla de curiosidad y condescendencia) que nada tiene que ver con el suyo. Hasta que, bueno, el caso muestra su cabeza una vez más con consecuencias imprevisibles pero que tampoco responden del todo a los modos del film de acción.

Es curioso como Damon, haciendo un personaje seco, hosco, monosilábico, que habla más cuando reza antes de comer que a lo largo del resto del día, logre captar la atención del espectador a lo largo de 140 minutos. Pero lo hace. Quizás de eso se trate el «star system», en la posibilidad de conectar y hasta empatizar con un tipo de ser humano que muchos de nosotros evitaríamos en la vida real. McCarthy se cuida de no hacer de él un estereotipo. Si bien responde a las características de los llamados roughnecks –un universo de votantes de Donald Trump–, el director lo muestra como un tipo correcto, educado, que si tiene algún costado conflictivo (hay una subtrama sobre racismo que recorre el film) hace lo posible por guardárselo para él. Lo que sí tiene –lo dice cuando habla de su pasado y eso en algún momento reaparece– es un costado agresivo y violento. ¿Es posible que su hija lo tenga también?

McCarthy maneja muy bien su relación con la familia francesa con la que se involucra y la manera en la que eso le trae a la mente lo que pudo hacer (y no hizo) cuando su hija era niña y su esposa vivía. En un momento tocante del film padre e hija tienen una conversación un poco más profunda que las ligadas al caso y ahí queda claro que hay una historia compleja con la que lidiar. STILLWATER no da soluciones fáciles: prefiere analizar más los daños emocionales y psicológicos que atraviesan los personajes que los detalles específicos del caso. Tampoco convierte a Damon en un sucesor de la línea «vengador solitario». De hecho, cada vez que intenta una solución así lo hace mal, pone en riesgo todo lo que logra construir por otro lado.

Se ha dicho que STILLWATER se inspira en el caso Amanda Knox, una estudiante estadounidense que se metió en problemas similares en Italia, caso que tiene hasta su documental en Netflix. La mujer se ha quejado de la película (investigar los motivos es un tanto spoileador) y McCarthy ha comentado que apenas es una referencia para el caso, que su interés pasaba por hacer un drama criminal en Francia. Inspirándose un poco en los films de Jacques Audiard, al punto de tener como coguionista a Thomas Bidegain –colaborador de siempre del realizador de UN PROFETA y RUST AND BONE–, la película tiene un aire de thriller a la europea, más centrado en describir el mundo y la vida del protagonista que en estar todo el tiempo pendiente de los giros narrativos de la trama.

McCarthy, sin embargo, no abandona del todo el costado «policial» un tanto más clásico (hay una serie de eventos que recordarán a EL SECRETO DE SUS OJOS) y ahí es donde la película se mete en algunos problemas, ya que el hombre no tiene el mismo talento para filmar ese tipo de secuencias y situaciones. Pese a esos pasos en falso, y aún con los giros tonales a los que el espectador constantemente se tiene que reacomodar –algo que no suele ser fácil–, cuando STILLWATER vuelve a plantear interrogantes más humanos acerca de esos lados complicados y hasta violentos que constituyen a los protagonistas (y, quizás, a la cultura norteamericana en general), la película cobra otro peso y una inesperada actualidad.