Festival de San Sebastián: crítica de «Camila saldrá esta noche», de Inés Barrionuevo (Competencia Oficial)

Festival de San Sebastián: crítica de «Camila saldrá esta noche», de Inés Barrionuevo (Competencia Oficial)

por - cine, Críticas, Festivales
21 Sep, 2021 02:31 | Sin comentarios

La realizadora de «Atlántida» y «Julia y el zorro» compite en San Sebastián con esta historia sobre una chica «progre» que se muda de La Plata a Buenos Aires y se ve forzada a tener que ir a un colegio religioso en el que se siente fuera de lugar.


Un concepto si se quiere clásico de la estructura dramática –usado muchísimas veces en el cine– es el que se conoce como «pez fuera del agua». Ese modelo suele consistir en una persona que está fuera de su elemento, viviendo en un lugar o en una situación que es muy distinta a la que acostumbraba y a la que tendría que adaptarse, o bien los demás adaptarse a ella. Es esa la estructura que maneja CAMILA SALDRA ESTA NOCHE, la nueva película de Inés Barrionuevo (conocido en producción como DULCE NAVAJA), en la que una adolescente de La Plata –una chica progresista, militante feminista– debe mudarse por cuestiones familiares a Buenos Aires y empieza a ir a un colegio religioso en la zona más «pudiente» de la ciudad.

Camila (Nina Dziembrowski, hija de Luis Ziembrowski, toda una revelación en la reciente EMILIA, de César Sodero) es una chica de firmes convicciones y, en apariencia, muy segura de sí misma. Su madre decide mudarse con ella y su hermana pequeña a la casa de su abuela, que está gravemente enferma e internada. La casa es por el barrio de Recoleta (o eso parece para los que adivinamos esquinas porteñas y tipos de edificios) y la madre no tiene mejor idea que inscribir a Camila en un colegio privado y religioso. Es una decisión rara, digamos, más conveniente para la historia que a la lógica realista de la situación.

Allí, claro, Camila será el «pez fuera del agua» o, si quieren frases más locales, «sapo de otro pozo». Sus nuevas compañeras la miran como un caso raro, se burlan de su aspecto, descubren que tiene un pañuelo verde en la cartera de esos que identifican a los que apoyan la ley del aborto (y a las feministas en un aspecto más amplio) y rápidamente la convierten en una paria del colegio. Pero Camila no es de asustarse fácilmente y pronto descubre quiebres, fracturas e hipocresías varias entre sus nuevos compañeros.


Por un lado, encuentra algunos inesperados y bienvenidos amigos y pares. Pablo (Federico Sack), un adolescente gay del colegio, y Lourdes (Laura Daniela Visconti), una chica con la que conecta mejor que con las demás, se convierten en sus compañeros de salidas y fiestas, personas con las que soportar mejor la dura experiencia del colegio. De sexualidad fluida y de intereses muy lejanos a los que se manejan en un colegio donde todo parece pasar por el rugby, el hockey, algunas (malas) clases de teatro y la religión, Camila encuentra la manera de ganarse un espacio para sobrevivir por fuera de esas restricciones.

La película marca esos dos espacios diferentes de forma clara pasando de un acto religioso y de un «Ave María» en el colegio a una competencia de improvisación de hip hop en una fiesta a la que va con Pablo y Lourdes («¿Sos de La Plata? ¿Y qué hacen ahí?… ¿escuchan rock? !Qué garrón!«, le dice Pablo en la quizás sea la mejor frase de toda la película). Barrionuevo irá acumulando estas oposiciones que se le presentan a Camila: con las y los compañeros, con las y los profesores, con el director del colegio (Guillermo Pfening), con su madre y así. Pero nada parece hacer correr a Camila de sus convicciones. «¿Así que les gustaban las mismas cosas? ¿Cuáles? ¿Los golpes de estado o los fetos?«, le dirá, áspera, a Bruno, un chico del colegio interesado en ella cuando él le hable de su ex novia.

Por otro lado aparecen dos ejes más interesantes que el choque principal. Están algunos descubrimientos de Camila respecto a su vida familiar, especialmente ligados a su abuela Cecilia y a su madre Victoria (Adriana Ferrer). Y, a la vez, la cada vez más clara convicción de que buena parte del comportamiento de sus compañeras de colegio tiene más de represión personal, hipocresía y miedo de enfrentar a padres que de otra cosa. La relación que Camila desarrollará con Clara (Maite Valero), una de las chicas «populares» del colegio, dejará en claro que buena parte de esa actitud confrontativa esconde deseos y secretos que debe mantener bajo cuatro llaves.


Por momentos, especialmente sobre el final, CAMILA SALDRA ESTA NOCHE se volverá un tanto más subrayada y pomposa, de una manera no acostumbrada en el cine de la realizadora de ATLANTIDA, que siempre trabajó de manera más sutil y menos didáctica sus intereses temáticos. Se trata de un hábito creciente en el cine contemporáneo que parece regresar a ciertos clichés de los años ’80: los discursos efectivas, los conflictos predecibles, las frases estentóreas y la búsqueda de identificación emocional de parte del espectador a través de recursos un tanto altisonantes. La película no los necesita y bien podría funcionar sin ellos.

La vida y las experiencias de Camila por sí solas dejan en claro las distintas aristas de este combate cultural y el film tiene la inteligencia como para saber ver más allá de las apariencias. Hay lazos generacionales que se pueden estrechar más allá de grietas –la sensualidad imperante y captada por el film es una marca audiovisual que acompaña y contradice las discusiones temáticas– y también la protagonista puede descubrir que, más allá del paso del tiempo y de los cambios personales, muchos lazos la unen a una madre y a una abuela de las que al principio se siente muy alejada. Distintas etapas tuvieron distintas represiones y el «coming of age» de Camila pasará también por darse cuenta que es parte de una historia, y de un género, que vivió forzado a hacer silencio, disimular, esconder, tener dobles vidas y sonreír para la foto. Quizás ahora no sea necesario hacer nada de eso. Quizás.