Festivales: crítica de «Titane», de Julia Ducournau

Festivales: crítica de «Titane», de Julia Ducournau

por - cine, Críticas, Festivales
27 Sep, 2021 09:56 | 1 comentario

Ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes, esta extraña y desafiante película se centra en una mujer que queda embarazada… de un auto. Con Agathe Rousselle y Vincent Lindon. Exhibida también en los festivales de Toronto, New York, San Sebastián y, en breve, en Sitges.


Una combinación entre un film de horror físico sobre una chica con un implante de titanio en la sien y un drama psicológico sobre una mujer que se hace pasar por hombre, una experiencia que está a mitad de camino entre un thriller sobre una probable asesina en serie y una desbordada parábola feminista acerca de una chica que queda embarazada de un coche, TITANE es un objeto indefinible y curioso, de esos que producen fascinación y a la vez confunden, un ovni cinematográfico cuya premiación en Cannes (donde ganó la Palma de Oro) produce un efecto contradictorio, obligándolo a existir en un territorio de prestigio y análisis académico que no le es cómodo ni natural.

Es que TITANE es una película mutante, en varios sentidos. Y la lógica de la mutación no le permite ser aprehendida cómodamente, rechaza los encasillamientos, se escapa de la presunción de poder ser contenida, contextualizada, explicada como exponente de algún conveniente zeitgeist al uso en 2021. Uno le puede tirar la columna de opinión del domingo y se le quedará pegada a su metalizada superficie, pero eso no significa demasiado. Le sirve más al que la escribe que a la película.

Al analizarla –al menos a partir de algunas cosas que he leído– parece que todos tratan de verla como referente de algún «tema del momento» (cualquiera que sea), reduciéndola así a sus significantes más visibles y evidentes. Pero tengo la impresión, en realidad, de que está pensada más como una experiencia física, visceral, sensorial, una aventura cinematográfica que empuja hacia afuera sus propios límites para transformarse a sí misma con cada nueva y contradictoria idea que presenta.


Se me ocurre pensar que, en medio de toda la laminada pompa y carrocería brillante que la habita, y más allá de su entrega al exceso, al impacto y a las discusiones sobre transexualidades e identidades líquidas que ha generado, TITANE es un drama familiar, una película que desarma y rearma lazos afectivos entre personas dañadas, adictas, doloridas. Es la historia de una niña maltratada que encuentra un padre sustituto que perdió a su hijo y la de dos personas solas que se sostienen una a la otra ante la incomprensión de los demás.

En los papeles, lo que vemos tiene poco que ver con lo que acabo de decir. Especialmente en su primer acto uno podría creer que está ante un combo anabolizado de sci-fi cronenberguiana (CRASH, VIDEODROME, un poco de LA MOSCA) mixturado con elementos propios de los «modernistas» del cine de género, realizadores con ínfulas autorales como Nicolas Winding Refn o Gaspar Noe que no rechazan ningún neon que le pongan en oferta en una vidriera y lo muestran reiteradamente a quien quiera deleitarse viéndolo.

La directora de RAW/CRUDO, película que también pivoteaba sobre estos dos ejes, sabe salir a tiempo de esa prisión del gesto cool y lleva a su protagonista a hacer otro recorrido, uno que no pierde ni la intransigencia, ni la imaginación ni el delirio pero que se conecta con algo más esencial, algo que tienen las películas más metálicas de Cronenberg y que la acercan a cineastas como David Lynch, Claire Denis o Jonathan Glazer que utilizan el aparataje visual y la violencia del género para intentar entender algo respecto a eso que nos hace humanos.

Esa es la extraña contradicción de TITANE. Se trata de una película humanista disfrazada de freak show, un drama trágico con aspecto de película de horror desquiciada. Y las dos conviven entre sí de la misma manera que el titanio comparte con los cabellos y tejidos varios la cabeza de Alexia (sí, se llama casi igual al robótico «asistente virtual» de Amazon) o su embarazo metálico se nutre de su cuerpo demasiado humano. Primero, de manera forzada. Luego, como cualquier implante, amoldándose (o no) al receptor. En este caso, también a los espectadores que deben transicionar con la protagonista.

Alexia (la intensa novata Agathe Rousselle) ama los autos desde que uno le partió la cabeza siendo niña. O quizás los amaba de antes y fue el auto mismo quien quiso traerla para su bando. Lo cierto es que el accidente y el implante de titanio no impidieron que esa relación continuara. Alexia creció y ahora trabaja rodeada de autos, moviéndose arriba de ellos como si fuera una pole dancer haciendo su gracia en el estreno de RAPIDO Y FURIOSO 14 en una convención de mecánicos. Y el auto se entusiasma porque, bueno, los motores calientan cuando menos lo imaginamos.

Es así que Alexia, una joven acosada por sus fans, quizás abusada por su padre, encuentra en un coche brillante la posibilidad de una «one night stand«, como si Tinder fuera el nombre de un nuevo modelo de Ford. La conexión da los resultados tradicionales (¿habrá condones para automóviles?) y a la chica que, por motivos caprichosos pero divertidos también se le da por matar gente con un afiladísimo pin para el cabello, no le queda otra que escaparse, prendiendo fuego su casa con su padre (Bertrand Bonello) encerrado adentro ya que estamos.


Este extraño, violento y delirante espectáculo –lujosamente filmado, con algún virtuoso plano secuencia depalmiano— va dando paso a otro, un tanto más tradicional pero igualmente intenso, en el que Alexia, la más improbable impostora del mundo, termina siendo «encontrada» por un padre (Vincent Lindon) que ha perdido a su hijo Adrien, una década atrás. Y el tipo, que trabaja de bombero y tiene autogeneradas mutaciones de las que hacerse cargo también, lo acepta como tal, sin hacer muchas preguntas. A Alexia le conviene mantener la boca cerrada y envolverse en cinta (encinta) adhesiva de la cintura para arriba. Et voila, je suis Adrien!

TITANE se vuelve de ahí en adelante un film sobre familias sustitutas, sobre gente dañada que solo tiene al otro para apoyarse, sobre transexualidades varias (humano, mutante; cis, trans; Peugeot, Citroen) y sobre un inesperado proceso de rehumanización. Quizás la idea más tradicional de la película sea la que da a entender que –en cierto momento, claramente no al principio-, el embarazo a motor oil de Alexia le termina devolviendo algo parecido a la empatía, emoción que evidentemente desconocía hasta que esa mutación con forma de abdomen prominente y cromado puso cuarta velocidad.

Se puede interpretar a TITANE como reflejo de muchas de las tendencias actuales de discusión (académicas o del vulgo) sobre identidades, géneros, interseccionalidades varias y hasta de robótica (We’re functioning automatic/And we are dancing mechanic«, dirían los Kraftwerk). Y se pueden observar sus más publicitarias escenas (muchas de las cuales incorporan pasos de baile, con The Zombies y Future Islands en el soundtrack) como evidencia de los esfuerzos de una mente creativa en busca de experiencias cinematográficas fuertes, contundentes, hasta memorables. Todo eso es respetable y con Palma de Oro encima paga doble.

Pero lo que le da vida y respiración a TITANE, lo que le permite ir más allá del gif de turno, lo que la acerca al eje Cronenberg/Lynch y la separa un poco del de Noe/Refn es que Ducournau sabe que sus criaturas tienen deseos y emociones reconocibles. Sean cyborgs, adictos, mutantes o se autoperciban como un Renault 12, todos ellos necesitan conectar con algún otro, acariciar un cuerpo quemado o darle un beso a una nuca de titanio. El afecto no conoce de autopartes. Se nutre de lo que hay al alcance de la mano.