Estrenos online: crítica de «La belle époque», de Nicolas Bedos (HBO Max)

Estrenos online: crítica de «La belle époque», de Nicolas Bedos (HBO Max)

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23 Oct, 2021 11:21 | comentarios

Un hombre participa en un juego de ficción que le permite volver a la época en la que conoció a su mujer de la que ahora se está separando en esta nostálgica comedia romántica francesa protagonizada por Daniel Auteuil, Fanny Ardant y Guillaume Canet. En HBO Max.


A mitad de camino entre una comedia romántica francesa melancólica para un publico adulto y un rompecabezas modernista a lo Charlie Kaufman, LA BELLE EPOQUE –estrenada fuera de competencia en el Festival de Cannes 2019– es un curioso combo entre retro y moderno que funciona sorprendentemente bien, sacándole un poco la «naftalina» a una historia que, contada de otra manera, podría volverse excesivamente convencional. Se la ha comparado con una versión francesa de esas comedias del inglés Richard Curtis –especialmente CUESTION DE TIEMPO–, pero el film de Bedos es más elegante, ingenioso, tiene mejores diálogos y un par de extraordinarios actores que marcan una importante diferencia.

Una similar combinación entre mundos disimiles a la que hay en el formato de la película existe también en la historia y, en algún punto, en su modo de distribución, al menos local. Es que se trata de un film que apunta, fundamentalmente, a un público un poco más grande en edad (en Argentina se la consideraría ideal para ser estrenada en cines, donde este modelo de cine francés funciona muy bien, pero quizás la pandemia lo impidió), pero se exhibe en una plataforma como HBO Max que quizás no tenga tantos «clientes» de la generación que iría a las salas. Pero será un interesante descubrimiento para ellos si logran verla y una buena apuesta para la plataforma la de no solo pensar en espectadores de 30 para abajo.

El inicio es veloz y toma un tiempo hacer pie en la aparentemente enredada trama, pero pronto queda claro que hay dos espacios paralelos en los que sucede la acción. Por un lado, existe un universo de ficción dentro de la ficción –una especie de WESTWORLD o de EL SHOW DE TRUMAN, pero donde todos saben que son parte del juego– manejado por Antoine (Guillaume Canet), un cineasta que trabaja para una compañía que «cumple sueños» de gente con dinero que quiere vivir unos días en algún lugar y momento específico de la historia, sea con Hitler, con María Antonieta o alguno más personal. Para eso, los productores investigan el mundo deseado por el cliente, lo reconstruyen lo mejor posible, contratan actores, ensayan los diálogos y las situaciones (lo mejor que pueden, no siempre es perfecto) y durante algunas horas o días (dependiendo el presupuesto), entretienen a los habitualmente adinerados «soñadores».


En paralelo a esa historia, pero conectado por lazos personales y profesionales con Antoine, conocemos a Victor (Daniel Auteuil) y a Marianne (Fanny Ardant), una pareja que ronda los 70 y que no se lleva nada bien. Ella es una psicóloga que quiere estar al día permanentemente, muy conectada con aplicaciones, teléfonos, plataformas y otras características del mundo moderno en las que participa el hijo de ambos, Maxime (Michaël Cohen), que está haciendo una serie para ser exhibida vía streaming. El es todo lo contrario: un dibujante quejoso y retirado que no quiere saber nada con lo virtual, lo digital, no soporta el GPS ni los celulares y vive con nostalgia «la época en la que la gente se miraba a los ojos».

Sin saber que sus padres se están separando –Marianne tiene como amante a un paciente que encima es amigo de Víctor, algo que hasta parece comprensible considerando lo pesado que es su marido– Maxime le regala a su padre un ticket para ser parte de esta ficción, eligiendo adonde quiere ir. «A la prehistoria, cuando tenía sexo con mi mujer», dice bromeando. Lo que elige no es tan exótico pero sí tiene que ver con la misma premisa: su deseo es transportarse al día de mayo de 1974 en el que conoció a Marianne en un café de Lyon (café cuyo nombre da título al film) y se enamoró de ella. Y la producción se pondrá las pilas para organizar ese mundo tal cual Víctor lo recuerda, ayudados también por los dibujos que él ha hecho de esa época.

El inesperado inconveniente que surge ahí es que Antoine no tiene mejor idea que pedirle a Margot (la excelente Doria Tillier), su pareja con la que está en plena crisis, que «haga» de la joven Marianne. Es así que cuando la acción comienza (acá no hay trucos de tiempo ni pases mágicos, todos son conscientes que juegan un juego aunque igual pueden involucrarse más de lo calculado), un Víctor lookeado como en esa época se topa con esta bella y chispeante joven que es casi la encarnación de su mujer entonces. No tanto por su aspecto en sí, sino por la mezcla de carisma, encanto y actitud. Y ahí, bueno, la cosa se empieza a enredar.

Se trata de un juego que trabaja también sobre el propio cine, sobre la manera en la que nos involucramos (y nos enamoramos u odiamos) con personajes de ficción aún sabiendo que no son reales. Aquella «suspensión de incredulidad» funciona muy bien aquí, ya que en cierto punto casi ninguno de los personajes sabe muy bien si lo que ven y lo que sienten es real o no. Y si bien en su tercer acto la trama se enreda un poco más de lo necesario, LA BELLE EPOQUE funciona muy bien como nostálgica comedia de rematrimonio, aunque no de la manera clásica. Para Victor, el viaje en el tiempo aparece como posibilidad de recordar los mejores momentos de su vida (personal y con Marianne), pero las cosas que eso provoca en él no son necesariamente las calculadas.


Hay otros temas que circulan de modo secundario en la película y que tienen que ver con la tecnología, con los cambios culturales (todos fuman en los ’70, leen diarios y tienen otros hábitos que para los actores de hoy que tienen que interpretarlos resultan un tanto raros) y hasta con el cine. «Excelente, parece una película de Lelouch», dice Antoine cuando lo convence el tono en el que su elenco y su equipo técnico resolvió una situación ficcional. Es que LA BELLE EPOQUE va cortando todo el tiempo desde la experiencia de Víctor al detrás de cámaras para ir de allí a la vida de Marianne, que desconoce que su marido está en ese juego ya que prefiere pasar el tiempo con su nuevo amante.

Con diálogos filosos («no me mate, soy actriz», dirá una de las participantes de estos juegos ante una violenta y quizás inesperada situación en ese mundo ficcional), algunas bromas políticas de corte localista y otras ironías sobre algunos hábitos absurdos del mundo contemporáneo («leí en el blog de Gwyneth Paltrow que hay que hacerse un enema de café para limpiar el colon», dirá un empresario y lo peor es que eso existe), LA BELLE EPOQUE sostiene muy bien su encanto y gracia durante casi dos horas. Hay dos elementos extra que ayudan. Uno, la banda sonora compuesta por relativamente oscuros éxitos pop de los ’60 y ’70 de artistas como The Monkees, Fontella Bass, Dionne Warwick, Bobby Goldsboro o el impecable clásico «Baby come Back«, de Player (si bien en este caso le pifiaron con el año… es de 1977), mientras que el otro tiene que ver con el elenco.

Ya sabemos que Auteuil es un actor no solo talentoso sino con recursos para moverse entre el drama más denso y la comedia pura y dura (su filmografía está repleta de clásicos de todos los estilos, de CACHE a EL PLACARD) y logra transmitir muy bien la fascinación que ese regreso a la juventud provoca en su personaje. Pero es Ardant la que se roba la película teniendo un personaje con menor tiempo y desarrollo que el de su pareja. Hay una escena suya, sobre el final, que le agrega a LA BELLE EPOQUE una mayor profundidad, dándole una carga emocional superior a la que tenía hasta entonces. En solo dos minutos, la enorme actriz de clásicos de Truffaut, Resnais, Scola y sí, también Lelouch, transforma lo que hasta ahí era una simpática y nostálgica comedia en una conmovedora reflexión sobre el paso del tiempo y las segundas oportunidades en la vida.