Festivales: sobre «Rio Doce», «Mirador» y el naturalismo en el cine brasileño (Olhar de Cinema)

Festivales: sobre «Rio Doce», «Mirador» y el naturalismo en el cine brasileño (Olhar de Cinema)

A partir del visionado de tres films brasileños en el festival de Curitiba («Rio Doce», «Mirador» y «A Matéria Noturna») van algunas reflexiones sobre el naturalismo en el cine de ese país.


Revisando comentarios en Letterboxd respecto a algunas películas brasileñas de Olhar de Cinema –el festival de cine de Curitiba– me topé con uno que me llamó la atención. De hecho, es el disparador de la existencia de esta nota. Antes de leerlo pensaba hacer una clásica reseña festivalera de cada estreno brasileño visto durante el evento (o bastante antes, en algunos casos), pero verlo me recordó un viejo debate interno que tengo respecto a algunos desarrollos estéticos del cine de ese país. El comentario decía más o menos así: «El naturalismo está matando al cine brasileño«. El autor de ese comentario –alguien llamado Sérgio Alpendre, a quien no conozco– se refería a RIO DOCE, película de Fellipe Fernandes que se presenta en la competencia del festival. Yendo a su crítica, se puede leer (traduzco del portugués): «Creo que lo que se ha agotado es ese naturalismo como fuerza única de una película, o al menos como un motor, como si todo el drama precisara desarrollarse dentro o a partir él«.

Me resultó curioso el comentario porque, en la década y algo que llevo viendo consistentemente decenas de películas brasileñas al año como programador de festivales, podría asegurar que la cinematografía menos «naturalista» en todo el continente es, claramente, la brasileña. De hecho, siempre me pareció la más lejana a cualquier sesgo realista: es la más performativa (una colega comentaba que no hay película brasileña que no tenga algún tipo de performance, musical, teatral, de danza o todo eso combinado; y es bastante cierto), la que más habita los territorios del fantástico, del ensueño, de lo irreal y lo improbable, lo mágico y lo místico/religioso dentro o no del cine de género.

Si hay algo que el cine brasileño no parece ser –y esto no es una crítica sino una lectura posible– es realista, naturalista, de la manera en la que lo fue (y en buena medida lo sigue siendo) buena parte del cine argentino de fines de los ’90 en adelante, modelo/formato que luego se trasladó a gran parte del cine latinoamericano y que le dio cierto éxito y popularidad en festivales internacionales. El cine brasileño –especialmente el independiente, no hablo aquí de las grandes producciones con apoyo televisivo– siempre pareció mantenerse afuera de esas modas: idiosincrático, personal, más conectado a sus propias tradiciones cinematográficas nacionales que a los estilos festivaleros al uso.


Esa lógica, esa poética particular y a veces hasta peculiar del cine brasileño, genera una curiosa situación. Cuando las películas funcionan, pueden ser geniales, sorprendentes, inusuales, inconfundibles. Al no estar tan atadas a esa «zona de confort» del cine latinoamericano que es el «realismo socialmente comprometido» se vuelven pequeños ovnis cinematográficos, como puede ser el caso del cine de Adirley Queiros. Cuando no funcionan, no tienen piso, ya que muchas de ellas no se apoyan en un sistema narrativo ni en una estructura clásica que las sostenga, que les de una contención. Y pueden caer a los subsuelos más profundos de la inconsistencia, como si estuvieran usando el cine como un envase para canalizar otro tipo de expresiones artísticas, como las performativas antes citadas.

Es por eso que me sorprendió esa lectura contra el naturalismo en el cine brasileño. Es cierto que existe, pero uno jamás diría que es un detalle saliente de ese cine, como sí lo es en el rioplatense o como empezó a serlo en el colombiano y el mexicano en la última década. Sin juzgar sus valores (de hecho son dos películas que me gustan), ver films como AMPARO o NOCHE DE FUEGO es saber que uno ha entrado en un sistema de realismo social que ya es un clásico en festivales. Eso no sucede tanto cuando uno ve cine brasileño. Hay excepciones –como las películas de André Novais Oliveira (TEMPORADA) o Affonso Uchoa (ARABIA), con sus matices y particularidades–, pero en general es un cine que tiende a apostar a «más» y no tanto a «menos», que propone experiencias que jamás podría pensar como naturalistas. Más bien al contrario, casi todo es desnaturalización, exceso, hasta ampulosidad. Realmente hay que «suspender la incredulidad» en gran parte de la producción de cine brasileño indie. Dependiendo del film en sí, puede ser una experiencia fascinante o demoledora.

RIO DOCE, de Fellipe Fernandes y MIRADOR, de Bruno Costa, sí responden a características más naturalistas. El primero –bah, los dos– casi podría ser parte del «nuevo cine argentino»: una película calma, en tono bajo, donde nadie parece estar actuando más que de sí mismo y en la que el drama –que lo hay y es bastante importante, casi de telenovela si uno lo filmaría de ese modo– se va colando en medio de conversaciones en bares, reuniones familiares y caminatas por Rio Doce, en Olinda, Pernambuco. El segundo apuesta aún más a un formato clásico, la historia de un boxeador con problemas personales que debe superar ciertos conflictos para poder salir adelante con su vida y con lo que queda de su familia. Ambas películas son, fundamentalmente, sobre padres e hijas, sobre cómo dos hombres–en estos casos, jóvenes negros– deben recalibrar y repensar sus vidas en función de de obligaciones familiares que al principio se les presentan como problemas, incordios, asuntos a sacarse de encima.

Son dos películas nobles, justas, discretas, sutilmente emotivas, que no apuestan a ser memorables a partir de grandes gestos o situaciones de alto impacto sino que lo suyo es ir conectando al espectador con un drama personal que resulta identificable, accesible, bastante más universal que gran parte del cine brasileño que se ve usualmente pero sin por eso perder identidad local. ¿Son «naturalistas»? Sí, lo son. ¿Es un problema que lo sean? ¿Se pierde algo de la experiencia de sus personajes y de sus conflictos por el hecho de serlo? No, creo que no. Uno podría criticar detalles y elecciones, pero son dos films que transmiten lo que intentan transmitir. RIO DOCE, de una forma más tentativa y, si se quiere, sutilmente estilizada (tiene fotografía del reconocido Pedro Sotero). MIRADOR a partir de un guión un tanto más estructurado, hasta clásico.

Lo curioso de la queja que da inicio a este texto es que uno podría entenderla viniendo de un crítico argentino hablando de nuestro propio cine. Aquí sí se ha abusado del realismo, del naturalismo, de reflejar «un momento en la vida de…» en el que los conflictos son subterráneos y la sensación que se tiene al verlos a veces se pasa de observacional, no del todo comprometida, hasta abúlica. De hecho, las nuevas generaciones se alejan cada vez más de ese sistema (solo basta ver ESQUI, también en el festival, que resignifica ese realismo y lo vuelve, curiosamente, más «brasileño» en su forma expresiva de ser político) y empiezan a apostar, con mayor o menor suerte, a partir de acercamientos a formatos más propios del cine de género y del cine experimental o de ensayo.

Una de las intrigas que siempre tuve respecto al cine brasileño fue su diferencia con la música que se hace en ese país. Simplificando una historia mucho más compleja ya que no soy un especialista en el tema, uno podría decir que buena parte de los movimientos musicales más relevantes de Brasil –la samba clásica, el bossa nova, ciertas expresiones (no todas) del MPB y hasta del hip hop— tienen una cercanía con el minimalismo, con algo subterráneo, que se cuela musicalmente de forma discreta, pequeña, por lo bajo. Gente que canta bajito, casi susurra, voces melodiosas raramente impostadas sino más bien sinuosas, sutiles, de subsuelo. No sé si llamarlo o no naturalismo, pero lo cierto es que utilizan similares mecanismos y requieren que el oyente/espectador vaya hacia ellos, no se imponen sobre él, no lo abruman.


A la vez, viendo cine de ese país mi sensación es que muy raramente aparecen modelos similares. Las películas tienden a ser trágicas, bigger than life, expresivas, multicolores, desbordadas, melodramáticas, con actuaciones ampulosas (cualquiera sea la tradición de la que vienen, teatral o televisiva), emotivas y, sí, performáticas. Invaden al espectador, lo atacan, le tiran con todo lo que tienen a mano. A veces funcionan muy bien. En muchos otros casos, no tanto. RIO DOCE y MIRADOR –cuyo punto en común, además, quizás sea el de tener protagonistas nordestinos– se acercan más a la otra búsqueda, tratan de meterse por debajo de la piel del espectador. No lo acechan ni lo llaman, no lo buscan ni necesariamente lo convocan. Lo llevan a meterse en ellas, a poner de sí, a encontrarse «a mitad de camino». A buscar las metáforas y no a recibirlas por la cabeza como si se tratara de algún deporte de lanzamiento olímpico.

Sí, el de estas películas es un naturalismo de bajo perfil y no son films claramente comprometidos desde lo político, al menos no de forma evidente, como también pasaba con el Nuevo Cine Argentino en la época del neoliberalismo que se extendió hasta la crisis del 2001. Entiendo que eso, especialmente en el políticamente delirante Brasil actual, puede dejar un cierto gusto a poco. La situación que se vive allí parece ameritar algún tipo de compromiso más directo, invita a tomar partido, a poner ideas fuertes sobre la mesa.

Pero no siempre la solución a ese eterno problema pasa por la virulencia del gesto o por la declamación militante. De hecho, buena parte del cine latinoamericano, de los años ’60 a esta parte, se ha visto limitado por no saber encontrar recursos formales apropiados y convincentes para trabajar ideas políticas. Cuando eso se logra hacer (vuelvo a BRANCO SAI, PRETO FICA, a SIETE AÑOS EN MAYO, a LAS BUENAS MANERAS o hasta la propia BACURAU, con todas sus diferencias), el cine brasileño produce estructuras que habilitan a traficar ideas políticas dentro de sistemas narrativos creativos y no convencionales. Pero el gesto político solo –la toma de posición per se, no importa lo noble que sea la causa– no da validez ni sostiene los productos cinematográficos que se generan para transmitirlos.

¿A qué quiero llegar con esto? No lo sé, en realidad. Es parte de mi búsqueda ya larga por entender ciertos códigos de funcionamiento del cine brasileño y analizar porqué suele ser tan compleja su inclusión en los grandes festivales internacionales, más allá de algún nicho en Rotterdam y similares. Tiendo a pensar que son esos códigos tan propios de gran parte de sus películas –no tan aplicables a las ideas europeas de «lo latinoamericano»– los que usualmente dificultan y enredan la mirada del programador de festivales. He tenido cientos de conversaciones y hasta peleas al respecto y doy fe que eso sucede. Así y todo, siempre festejé su carácter idiosincrático, su manera de no ceñirse a esos «compromisos del mercado de festivales».

Ahora bien, cuando algunas películas –como las citadas en esta crítica y, en cierto modo, también A MATÉRIA NOTURNA, de Bernard Lasso, un film que cabalga entre el naturalismo y algo de corte ligeramente más fantástico– sí se acercan más a esos formatos, me cuesta entender porqué se les oponen, qué es lo tan problemático que ven en ellas. No se trata de películas «hechas para festivales»: no son films que regalan crueldad gratuitamente para la comodidad del espectador europeo, no optan por la pornomiseria ni están filmadas de un modo «turístico», no son producciones de la Fox que se llevan la Concha de Oro en San Sebastián para luego ser olvidadas por completo. Son películas que se acercan a ese naturalismo de manera orgánica, natural, entiendo que genuina. Que se acercan a las personas, a sus problemas, y que no lo hacen desde una mirada que se impone por encima de ellos sino que los narran como pares, mirando a sus personajes de frente y tratando de traducir sus conflictos de una manera discreta, de bajo perfil. Son películas cuya estilización (que las tienen) no se hace notar a los gritos sino que está ahí para quien quiera tomarla. No sé si es realismo o naturalismo televisivo, sinceramente. Sé que son tres de las mejores películas brasileñas que vi en 2021.