Series: crítica con spoilers de «El juego del calamar», de Hwang Dong-hyuk (Netflix)

Series: crítica con spoilers de «El juego del calamar», de Hwang Dong-hyuk (Netflix)

Esta adictiva y a la vez simplista alegoría social y económica se centra en un grupo de personas con problemas que aceptan participar en una brutal competencia por dinero. En Netflix. CONTIENE SPOILERS.


Es bastante evidente, de entrada, que EL JUEGO DEL CALAMAR está pensada como una suerte de parábola social, una especie de «Capitalismo: The Game». En su perverso y adictivo sistema en el que millonarios aburridos someten a personas desesperadas (por deudas, fracasos personales o dificultades varias, en su mayoría no especificadas) a eliminarse entre sí con una literal montaña de dinero como premio por su «trabajo», la lógica del juego replica eso que los libros llamarían capitalismo salvaje. No hay mucha sutileza en su estructura (vamos, hay una pila de billetes colgando literalmente sobre sus cabezas como si fuera el premio de una piñata), que ya es clásica en varios manga y se ha visto bastante en el cine desde los tiempos de EL JUEGO MAS PELIGROSO, de 1932, y todas sus derivadas en forma de cacería humana: ¿Cuánto tarda un hombre en volverse contra los demás para sobrevivir? ¿Hasta dónde llega nuestra capacidad de ser solidarios si de eso depende nuestra vida? ¿Somos los humanos una versión apenas más «sofisticada» de los animales?

El audiovisual asiático tiene una especialidad predilección por este tipo de historias, seguramente debido a que ciertas cuestiones ligadas al ascenso y/o descenso social son vistas de una manera mucho más terminal en términos culturales en esos países. No es casual que muchas películas con este tipo de formato (como BATTLE ROYALE o AS THE GODS WILL son dos ejemplares ya clásicos) vengan de Japón, por ejemplo. El fracaso económico y la vergüenza que eso conlleva y la cada vez más promocionada idea del éxito como objetivo principal, sino único, en la vida, aparecen como temas constantes en el cine asiático. Supongo que los que comparaban a una película como PARASITOS con esta serie lo hacían por este motivo: la idea del enfrentamiento entre los que tienen y los que no tienen, una guerra de clases dramatizada. Pero no es privativo de la película de Bong Joon-ho: casi no hay película coreana que no tenga ese eje entre los principales.

El atractivo de la serie –que, aparentemente, está entre las más populares de la historia de Netflix, aunque esto es bastante incomprobable y tranquilamente podría construirse como «profecía autocumplida»– pasa menos por ir viendo una masacre tras otra donde los personajes son eliminados brutalmente que por conectarse con ellos, con los que les pasa. En ese sentido, la serie no ofrece demasiados elementos de los que agarrarse: es bastante evidente de entrada que Seong Gi-hun (Lee Jung-jae), el protagonista, llegará hasta el final –o ganará– y que casi no hay otro personaje delineado con complejidad suficiente como para oponérsele. Son «casos» definidos con trazos gruesos, bastante básicos, tanto los competidores como los encargados del juego, inclusive el policía que entra a investigar. De todos modos, uno sigue viendo, intentando adivinar si todo esto lleva a alguna revelación un tanto más contundente.


El otro atractivo podría pasar por entender saber quiénes están detrás de todo esto. En ese sentido, la serie ofrece una sorpresa sobre el final que seguramente muy pocos verán venir pero que, en definitiva, es muy poco lo que altera el producto. Se trata, como imaginamos de entrada, de billonarios con mucho dinero y pocos escrúpulos, tipos aburridos con mucho tiempo en sus manos. Perversos y crueles, personas que solo parecen obtener placer a partir del sufrimiento de los otros. El grupo de VIPs que aparece en un momento es la manifestación más obvia y fallida de esa idea. Y ni siquiera la idea de que sus rostros estén escondidos tras máscaras funciona del todo bien. Como muchos elementos visuales y de diseño de EL JUEGO DEL CALAMAR (los colores, las vestimentas, las figuras geométricas), se trata de cosas que intrigan por las connotaciones que generan pero que no conducen verdaderamente a ningún lado interesante.

¿Por qué se sigue viendo entonces? ¿Por qué resulta medianamente adictiva? Se me ocurren dos respuestas posibles. La más sencilla es una que tiene que ver con cualquier estructura tipo competencia: uno quiere ver quiénes llegan hasta el final y cómo termina la cosa. Aquí se agrega el hecho de que no sabemos cómo será cada etapa, cada juego y de qué manera los jugadores se deberán mover para superarla. El hecho de que sean juegos infantiles los que están conectados con estos resultados brutales lo hace más, si se quiere, impactante. Nadie piensa que un juego de «bolitas» (o «canicas») terminará con uno de los participantes acribillado. Pero es más inercia que otra cosa la que nos conduce, la que nos lleva a seguir adelante.

La otra respuesta quizás sea más política o hasta filosófica. Como decía al principio, se trata de un juego en el que gente con poder y dinero pone a otros que no lo tienen a competir entre sí (a matarse, directa o indirectamente) para poder convertirse en uno de ellos. Y EL JUEGO DEL CALAMAR enfrenta, si se quiere, dos ideas políticas: una más ligada al «sálvese quien pueda» –cuyo representante más evidente es Cho Sang-woo (Park Hae-soo), el amigo de la infancia del protagonista, un promisorio empresario que ha engañado y quebrado a sus clientes– y la otra, la más «humanista y solidaria», personificada en Seong Gi-hun, personaje que ya estando adentro del juego descubre su interés por el género humano. Es un cambio brusco –el primer episodio lo presenta como un tipo bastante despreciable– pero es el que la serie necesita para confrontar posiciones, hasta ideologías.

Una vez terminado ese juego y con Gi-hun de nuevo en la calle, el sistema vuelve a repetirse en esa breve competencia que tiene sobre el final con Il Nam (Oh Yeong-su), el sorprendente dueño de todo ese macabro circo. En esa disputa sobre si ayudarán a un homeless que se muere de frío en la calle, EL JUEGO DEL CALAMAR parece querer convertirse en una historia navideña, de esperanza en el género humano por sobre todas sus miserias. Pero hacia el final, posiblemente capitalizando la posibilidad de que haya una segunda temporada, la serie vuelve sobre sí misma, casi arrepintiéndose de su propuesta, haciendo volver a Gi-hun sobre sus pasos, en plan venganza o justicia, algo que aún no sabemos.

¿Qué significa EL JUEGO DEL CALAMAR? Nada, realmente. O bien, lo que uno quiere que signifique. Es una serie que tiene varias ideas dispersas y que las pone en juego sin pensar demasiado cómo continuarlas o profundizarlas, que propone una cosa y luego se contradice, que habilita tramas que parecen relevantes (la de la investigación policial con una fuerte conexión personal o el tema del tráfico de órganos, por ejemplo) pero luego las resuelve a las apuradas, como si la historia en sí fuera más que nada superar etapas y marcarlas como cumplidas. De hecho, da la impresión que los guionistas también estaban tratando de llegar con vida al final de la temporada.

Al menos, a diferencia de otras series o películas más crueles en su forma de presentar a los personajes (esta es cruel, fundamentalmente, en la forma en la que los elimina), aquí Hwang Dong-hyuk no busca convencernos de que no hay salvación ni redención posible –ni que todos terminaremos replicando el mismo sistema salvaje que los dueños del juego proponen–sino que por lo menos hay alternativas, posibilidades, distintas formas de ver el mundo, de actuar en él y de relacionarse con los demás. Nunca es demasiado claro ni convincente –la contradicción es, casi, su propuesta–, pero al menos es una marca que la distingue dentro de este tipo de relatos de alto impacto que son moda tanto en plataformas como en festivales de cine. El juego de «todos contra todos» seguirá adelante y seguramente muchos seguirán ingresando en su perversa mecánica, pero por lo menos quedan algunas personas dispuestas a ofrecer algún tipo de resistencia. Tanto en el cine como en la vida.