Series: reseña de «Succession Ep. 3.4: Lion in the Meadow», de Jesse Armstrong (HBO Max)

Series: reseña de «Succession Ep. 3.4: Lion in the Meadow», de Jesse Armstrong (HBO Max)

El cuarto episodio de la serie de HBO pone en perspectiva los límites de la empatía en relación a algunos comportamientos y acciones de la familia Roy.


En una muy festejada escena del cuarto episodio de SUCCESSION, Siobhan Roy se mete en la reunión editorial de ATN, el canal de noticias que maneja su familia. Su misión es la de decirle al encargado del canal que quieren empezar a atacar al presidente de los Estados Unidos con el objetivo de hacerle suspender o bajar el perfil de la investigación que la Justicia está llevando a cabo contra su compañía. El jefe del canal se niega a hacerlo ya que existe, formalmente al menos, la idea de que el área de noticias es independiente en esas decisiones editoriales, un concepto ya convertido en mito en el que, en ciertas democracias occidentales, muchos siguen creyendo. Shiv insiste y le dice con todos los «fucks» posibles que se eviten la discusión y que lo haga ahora porque igualmente terminará cumpliendo con la misión si desea seguir trabajando ahí.

Más allá de que se pueda celebrar desde un costado de empoderamiento femenino (es probablemente placentero ver como ella la tapa la boca y lo maneja como el títere que el tipo finalmente es), lo que Shiv pide es a todas luces terrible y rompe con todas las reglas periodísticas que, se supone, deben existir. Básicamente, es un jefe diciéndole a su empleado que haga algo que no es del todo legal (o, al menos, éticamente correcto) o que piense en buscarse otro trabajo. Y cuando él dice que puede irse y denunciarlos, ella le responde que no le importa, que están más allá de eso. Obviamente: el segmento contra el presidente se hará y será un tema importante en los próximos episodios, especialmente del sexto en adelante.

Es así como funciona la empatía en la ficción, por si alguno tenía alguna duda. Shiv es un personaje querible, al que hemos visto luchar por ser tomada en cuenta por su padre tras años de rechazar ser parte de la compañía. Como Michael Corleone, que termina metiéndose en el negocio familiar cuando su propio padre es atacado en EL PADRINO, Shiv sale de las sombras para jugarse su reputación y su imagen cuando Logan Roy enferma y ella descubre que quizás su futuro pase por tomar su lugar. Y en esa escena nos ponemos en su lugar cuando la lógica de cualquier persona civilizada debería ser la opuesta: ¿no sería más sensato defender la independencia periodística del editor en lugar de apoyar el bullying de su jefe, por más que sea una mujer? Imaginen esa misma situación en un medio local (empresario/dueño forzando al jefe de redacción a operar contra el presidente para defender intereses de la compañía) y se darán cuenta que es así. Lo vemos en los diarios todos los días.


El «milagro» de SUCCESSION, el mismo que hizo geniales a series como SOPRANOS, BREAKING BAD, THE WIRE y centenares de series y películas (las de la mafia de Scorsese son un buen ejemplo, además de EL PADRINO, de Coppola) es ponernos a empatizar con personajes que en cualquier otra circunstancia de la vida real serían despreciables. No se trata de un patriarca horrendo y sus hijos inocentes. Podemos entender que muchas veces lo tóxico y traumático de esa relación los lleva a actuar cómo actúan, pero muchas de las cosas que hacen son terribles. Kendall es un misógino, pésimo padre, el feminista más falso posible y hasta, convengamos, mató a un empleado y lo dejó «tirado por ahí». La empresa tiene un historial de abusos sexuales y hasta crímenes que casi todos conocían. Shiv está entrando en la misma lógica corporativa, ya que sus hermanos le cuentan cosas de la compañía y ella no decide romper con el código de silencio ni nada parecido, más bien todo lo contrario. Connor aprovecha los beneficios a su modo y Roman es menos inocente y chistoso de lo que parece (recuerden esto al ver el sexto episodio). Pero la construcción de la serie es tan perfecta que uno se pone del lado de los «criminales» aún a costa de lo que dicta la sensatez.

Uno podría seguir nombrando horrores de los Roy y sin embargo la serie nos llevará a ponernos, por lo general, de su lado. Hasta de Logan, pese a ser el que está más cerca del lugar clásico del villano. Manejan un medio a todas luces inspirado en Fox, de derecha cada vez más extrema (Armstrong no muestra mucho lo que se dice en ATN porque seguramente nos haría dudar de nuestro cariño por algunos de ellos), manipulan a políticos, ocultan evidencias de crímenes y ni siquiera se trata de gente que comete ese tipo de actos maliciosos por necesidad: son billonarios desde que nacieron y podrían evitarlo o tratar de corregir ese camino (Ken quiere hacerlo pero su interés real es otro), pero siguen ahí. Si uno lo piensa, el que más justificada tiene su actitud «patotera» es Logan, quien creó la compañía desde abajo. Sus hijos son, convengamos, unos ricachones creídos que serían insoportables en el mundo real.

Esa es la magia (aunque, en algún lugar, también el peligro) de SUCCESSION, la incómoda genialidad de aquella construcción que dice que «todo el mundo tiene sus razones» para hacer lo que hace, en la ficción y también en la vida real. De la misma manera que toleramos (o en algunos casos hasta festejamos) un golpe artero de un jugador o una errada decisión de un árbitro de fútbol cuando es a favor de nuestro equipo, nos hemos vuelto casi parte de la familia Roy y estamos dispuestos, parece, a seguirlos a cualquier extremo. Lo más probable es que sea un camino bastante peligroso y plagado de zonas oscurísimas. Y es ahí donde los creadores de esta extraordinaria serie nos enfrentarán, de lleno, a los posibles límites de nuestra capacidad de empatizar con sus personajes.