Series: reseña de «Succession Ep. 3.7: Too Much Birthday», de Jesse Armstrong (HBO Max)

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El nuevo episodio de la serie transcurre en la fiesta de cumpleaños 40 de Kendall Roy y lidia con la cada vez más complicada relación entre los hermanos Roy.

Cada vez más crueles, cada vez más despiadados, cada vez más perdidos, sufrientes y alienados, los «chicos» Roy están volviendo a ser destruidos psicológicamente por su padre, como lo son en los títulos que abren cada uno de los episodios: cuatro niños tratando de complacer a un patriarca al que parece importarle poco y nada la vida de cada uno de ellos, especialmente cuando no combina con sus necesidades empresariales. El séptimo episodio de esta temporada de SUCCESSION, el centrado en el cumpleaños 40 de Kendall Roy, es un ejemplo perfecto de ese caos: enfrentados, resentidos y hasta violentos entre ellos, los Roy han sido secuestrados mentalmente otra vez por el maquiavélico Logan y, como los chicos que todavía son, se lanzan con todo entre ellos.

Shiv ha perdido en el episodio anterior la batalla por el candidato político y hoy lidia con la bronca y las consecuencias. Roman está exultante: sabe que pisó fuerte y ahora quiere demostrar que es el «nene de papá», el único útil en este caos. Connor cree que el uno por ciento de potenciales votantes que supuestamente tiene lo convierten en un candidato político válido y Kendall, el pobre Kendall, empieza a darse cuenta que su arriesgada movida no sirvió para nada: pierde amigos, pierde hermanos, pierde a su familia, pierde negocios, hace una fiesta bastante patética y su staff no lo soporta. De a poco, empieza a dar la sensación de que está por perder la cabeza. El episodio termina con él sentado frente a un balcón, a decenas de pisos de altura. Seguramente no fui el único que pensó que Ken tenía ganas de lanzarse en picada desde ahí.

En un episodio que transcurre casi en su totalidad en la delirante fiesta de sus 40 años, una en la que piensa cantar un tema de Billy Joel y alzarse crucificado por el aire, Kendall llega a considerar agarrar las sobras que su padre le tira a modo de siniestro regalo y retirarse. Son 2.000 millones de dólares después de todo y nada hace pensar que su takeover de la compañía vaya a funcionar. Roman ha convertido sus frases graciosas en unas cada vez más agresivas, como si hubiera sumado a su ingenio la «mala leche» del candidato político neonazi que apoyó y puso en las alturas en el anterior episodio. Y el intento de ver quién se queda con GoJo, la plataforma de streaming, parece estar encaminado a caer en las manos suyas también, pese a que Roman se trabe a la hora de mear adelante de otros hombres alfa con los que debe negociar.


Shiv se siente pasada por alto últimamente y parece darse cuenta que todos son capaces de llegar más lejos que ella en esta carrera por ser él o la heredera de Waystar RoyCo. Y se descarga como puede: bailando de manera desaforada, casi catártica. Ni Tom, a quien le dicen que es muy probable que no vaya a ir a la cárcel, puede disfrutar de haberse liberado de esa tensión y obsesión. Y su idea de festejo con Greg –el otro en similares circunstancias– es más agresivo de lo que debería ser. El tipo va igual a la fiesta con ganas de celebrar, pero no puede: malas drogas o alguna otra cosa sucede ahí. Greg es el único que termina la noche mejor de lo que la empezó: si bien recibe agresiones de casi todos (ya está casi acostumbrado), a su manera termina aprovechando casi sin querer el caos interno y consiguiendo una cita soñada.

Pero la gran debacle emocional es de Kendall, al que la fiesta le sale mal por donde se la mire: su ex esposa viene y le da a entender que todo le parece ridículo, les pierden los regalos que le hicieron sus hijos (doloroso momento personal), es humillado por el cheque de su padre, Roman le roba su «tech guy» Lukas Mattson (Alexander Skarsgard, interpretando a un cínico de aquellos) y cancela la mitad de las cosas que tenía planeadas hacer ahí. Y, si bien no lo sabe del todo, aparentemente su caso legal contra la empresa es más frágil de lo que él creía. Para el cierre del episodio da la sensación de que ya no tiene más ganas de seguir la pelea. El padre le fue torciendo el brazo, de a poco pero consistentemente, y no parece tener salida si insiste por ahí. Ni siquiera los hermanos le sirven como mínimo sostén. Al contrario, vinieron a su cumpleaños solo para hacer negocios a sus espaldas y, con eso, le clavan el cuchillo en la herida aún más profundo.

Es un episodio brutal y hasta físicamente violento, pero como siempre pasa con SUCCESSION es también muy divertido. El problema –el potencial riesgo de la serie a futuro– es que la gracia necesita algún mínimo de empatía. Y si bien uno entiende que son cuatro hermanos dañados al nacer por un padre que jamás les prestó atención o los tomó en serio, tampoco es que el trauma pueda justificar todos los maltratos que se lanzan entre sí. Son adultos y, en algún momento, tienen que ser capaces de responder por sus propios actos. Veremos si logran hacerlo. Hasta ahora, les ha sido imposible. El enemigo es fuerte, demasiado fuerte, y competir por su atención los está destruyendo ya no como familia (ese concepto aquí es apenas nominal y empresarial) sino individualmente. Los cuatro «chicos» Roy necesitan que algo o alguien los reencauce, los organice. Por ahora no se ve cómo. Quedan dos episodios para saber si se pueden redimir de las cosas horribles que vienen haciendo a lo largo de esta extraordinaria temporada de la serie sobre la más disfuncional de las familias de la televisión o si todavía hay pozos más profundos de crueldad a los que pueden caer.