Series: crítica de «Euphoria: Temporada 2», de Sam Levinson (HBO Max)

Series: crítica de «Euphoria: Temporada 2», de Sam Levinson (HBO Max)

La segunda temporada de este despareja serie sobre adolescentes problemáticos mantiene muchas de las claves de la primera pero se pierde en sus propios excesos. Con Zendaya, Hunter Schafer y Jacob Elordi. Estreno del domingo 9 de enero por HBO y HBO Max.

A mitad de camino entre una telenovela que se cree más cool de lo que realmente es y un estudio psicológico de personajes pasados de todo, EUPHORIA continúa en su segunda temporada con los mismos problemas (muchos) y logros (unos pocos) de la primera, con la diferencia que aquí ya no sorprenden ni shockean sino que, por momentos, agotan. Un show cuyos personajes viven en un punto culminante permanente, en el que las cosas no evolucionan ni crecen sino que están siempre a punto de explotar y una serie con una estética asumidamente excesiva en la que nadie parece parar un segundo para respirar, este extravagante monstruo creado por Sam Levinson funciona con una torpeza por momentos tan grande y redudante que, cuando ofrece algunos momentos, situaciones y actuaciones inteligentes, parecen sacados de otra serie, una que se esconde por debajo de toda la pompa operística que la consume minuto a minuto.

Un show cruel, burdo y humillante que algunas veces es sutil y perceptivo, EUPHORIA pasa de generar momentos emotivos a otros que dan vergüenza ajena, de convencer con la pintura de algunas relaciones a ofrecer escenas en las que uno no puede evitar reírse de lo que está viendo. Y eso, a veces, sucede en el mismo episodio con diferencia de apenas unos minutos. NOTA: NO HAY SPOILERS CONCRETOS PERO SI PREFIEREN NO TENER DATO ALGUNO DE LA TEMPORADA, PUEDEN SALTAR DE ACA AL PARRAFO FINAL. Promediando la segunda temporada, su protagonista, Rue (Zendaya, de lo mejor de la serie), tiene un quiebre emocional cuando se descubre que ha vuelto a consumir drogas. Hay una escena al principio de ese episodio que quizás sea la mejor de toda la serie: puro desgarro emocional, un vendaval de idas, vueltas, agresiones y reproches que quizás le permitan a Zendaya llevarse otro Emmy. El problema es que esa misma situación, diez minutos después, ya viró hacia un absurdo relato de acción y aventuras sin ninguna lógica que echa por la borda todo lo logrado hasta ese momento. Y así funciona casi todo acá.

La segunda temporada, aún más que la primera, parece subdividirse en dos grupos diferentes. Por un lado –y claramente lo mejor que tiene EUPHORIA para ofrecer– está la relación entre Rue y Jules (Hunter Schafer), la chica trans con la que tuvo una historia que no cerró del todo bien al final de la primera temporada. La relación entre ellas puede ser tortuosa y complicada pero parece basarse en una atracción o codependencia bastante concreta y palpable: es claro que se buscan y necesitan pero que también se expulsan mutuamente. A la dupla se sumará un tercero en discordia, Elliot (interpretado por el músico Dominic Fike, que hizo este excelente cover de una canción de Paul McCartney), que complicará aún más la relación entre ambas.


Lamentablemente, este eje será tapado, engullido casi (en algún momento Jules y Elliot parecen haberse pedido vacaciones de la serie por agotamiento mental) tanto por el propio drama personal de Rue, que Levinson siempre transforma en una especie de coro gospel de dos horas ininterrumpidas, como por la absurda telenovela de la noche que protagoniza el otro triángulo sobre el que pivotea la temporada: el del insoportable Nate (Jacob Elordi haciendo un personaje tan excesivamente maquiavélico que bien podría ser el villano de la nueva serie de Marvel), la insoportable Maddy (Alexa Demie) y Cassie (Sydney Sweeney), quien en esta temporada está más insoportable no solo que ellos dos sino que todos los elencos de todas las series de HBO juntas. La chica –hoy consagrada en películas y a series como THE WHITE LOTUS— está puesta como una especie de pieza decorativa y descontrolada a la que usan para darle gas a la historia cuando a nadie se le ocurre nada más interesante para proponer. La idea es algo así: ante la duda, pongamos a Sweeney en pelotas y con eso mantenemos la atención de la gente unos episodios más.

Los problemas paterno y materno-filiales se siguen acumulando, el estilo es cada vez más rimbombante (aunque al menos ahora es ya tan «meta» que Levinson hasta juega con su propia construcción de «casa de muñecas») y mi impresión es que, cada vez que hay algo potencialmente bueno sucediendo o por suceder, sus creadores prefieren abandonarlo o dejarlo en un segundo plano, tapado por el escándalo de la semana. Personajes como Lexi (Maude Apatow), el tierno dealer Fezco (Angus Cloud) y su virulento hermanito Ash (Javon Walton, bastante más crecido aunque en la ficción no ha pasado el tiempo) son quizás de lo mejor de EUPHORIA junto a Ali (Colman Domingo) y a Gia (Storm Reid), la hermana menor de Rue, pero si bien tienen un poco más de peso que en la primera temporada, igualmente se los muestra con cuentagotas, quizás porque son un poco menos caóticos y crueles que la mayoría de los otros. Sí, hasta los hermanos traficantes –que en esta temporada participan en una serie de situaciones violentas– parecen sensibles y cariñosos si se los pone al lado de la mayor parte de los horrendos personajes de la serie. Si no son capaces de hacerles cosas horribles a otros (ahí radica, digamos, la diferencia entre la rara dupla de Kat e Ethan, por ejemplo), no merecen que les prestemos demasiada atención.

Todo el resto de las cosas «escandalosas» que hicieron famosa a EUPHORIA en su primera temporada están un poco más asordinadas, ya que Levinson parece haber superado un poco la necesidad de llamar la atención con una larga cadena de planos, actos, perversiones, traumas y esas escenas «controvertidas» que piden a gritos ser comentadas en redes sociales. Las sigue habiendo, claro, pero ya han pasado a formar parte del vocabulario habitual de la serie, una de las maneras en las que intenta expresar su idea básica de que «todo está podrido» en los suburbios estadounidenses y que salvo la música, los teléfonos y la aparición de internet poco ha cambiado desde los tiempos de BELLEZA AMERICANA. De hecho, la larga presentación del pasado de uno de los personajes (de esos narrados por Rue que son un recurso habitual de la serie) muestra cómo, varias décadas atrás, las cosas en East Highland eran bastante similares a la actualidad.

Mi sensación, tras ver siete de los ocho episodios de la temporada (los que fueron adelantados a la prensa), es que no hay forma de resolver el problema que es EUPHORIA, que no tiene mucho sentido aferrarse a esos buenos momentos, situaciones y personajes que la serie tiene porque Levinson ya dejó bien en claro que su interés pasa por otro lado: por los excesos de la puesta en escena, la épica seducción de lo supuestamente transgresor, la grandilocuencia en modo fuego de artificio inacabable. Los que vieron los dos episodios especiales que se hicieron entre las temporadas y sintieron que la cosa podría irse para ese lado más confesional –que tiene sus problemas, igual, pero a la vez es más rico en matices y en profundidad de exploración de personajes– se darán cuenta ahora que fueron excepciones pandémicas, que por ahí no pasa la cosa y que nunca pasará.

Es que Levinson necesita de ese tono TRAINSPOTTING filmado por Darren Aronofsky después de consumirse todo un botiquín de medicamentos, vive de esas bombas de estruendo constantes, de la crueldad a repetición, de la necesidad de poner un arma en juego (o a Sweeney en pelotas) cuando no sabe bien qué hacer o que los personajes corran peligro de muerte por la cosa más nimia y trivial del universo. Y si bien es cierto que EUPHORIA está contada desde el punto de vista de adolescentes que viven de modo trágico y tremendo algunas situaciones que los adultos podemos considerar como menores, Levinson no parece tener clara esa diferencia y hace una serie demasiado adulta para los adolescentes y demasiado adolescente para los adultos. Y a veces da la sensación que eso mismo siente la propia Rue, que parece mirar al resto del mundo en el que vive con cara de «¿qué mierda estoy haciendo yo acá?», como si todos los demás fueran un poco idiotas. Y, en algún punto, tendría razón. La serie le queda demasiado chica a su personaje.



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