Series: reseña de «La edad dorada: Episodios 1-5», de Julian Fellowes (HBO)

Series: reseña de «La edad dorada: Episodios 1-5», de Julian Fellowes (HBO)

La nueva serie del creador de «Downton Abbey» es un drama de época que transcurre entre las familias ricas y poderosas en la cambiante Nueva York de 1880. Protagonizada por Carrie Coon, Christine Baranski, Cynthia Nixon y Louisa Jacobson, se estrena el 24 de enero por HBO.

Una suerte de versión estadounidense –más específicamente neoyorquina– de DOWNTON ABBEY, con sus historias de patrones y empleados, sus familias adineradas, sus relaciones complicadas y recelos, LA EDAD DORADA se apoya en el mismo sistema narrativo y expositivo de esa serie británica. No es casual, claro. Es la obra del mismo autor, Julian Fellowes, quien prácticamente patentó un formato serial para acercarse a estas historias de época, con un pie apoyado en la literatura y otro, si se quiere, en la estructura de las telenovelas. La suya es una manera elegante y refinada de contar historias cuyo espíritu es más popular (o populista) de lo que parece: las vidas de los ricos y aristócratas para el disfrute de, bueno, de los que pueden pagar HBO.

Placentera, poco exigente, fascinante en lo que tiene que ver con usos y costumbres (su dirección de arte, diseño de producción, escenografías y, fundamentalmente, su vestuario quizás sean más comentados y analizados que su trama) y llena de personajes –y actores– cuyo destino uno querrá inmediatamente conocer, THE GILDED AGE invita al espectador a una inmersión de lleno en el mundo de los viejos y nuevos ricos de la Nueva York de finales del siglo XIX, un universo y una época que ha tenido bastante menos representación en la pantalla que el oeste o el sur de los Estados Unidos. Films como LA EDAD DE LA INOCENCIA o THE HOUSE OF MIRTH, ambas adaptaciones de novelas de Edith Wharton, quizás puedan servir como referencia al mundo con el que se encontrarán aquí, uno que tiene muchas similitudes pero también importantes diferencias con el más reconocible de la Inglaterra de esos años.

La que funcionará como puerta de entrada a ese universo –sí, la chica nueva en el mundo de la alta sociedad neoyorquina– es Marian Brook (Louisa Jacobson, la hija menor de Meryl Streep), una joven mujer de Pennsylvania quien se queda sin dinero ni propiedades cuando su padre muere y el abogado familiar, Tom Raikes (Thomas Cocquerel), le informa que todo lo que creía tener se usará para pagar deudas. A Marian no le quedará otra que irse a vivir a lo de sus tías en plena Quinta Avenida neoyorquina, a la altura de la calle 61, centro neurálgico de la trama y ubicación que en ese entonces empezaba a ser ocupada por las familias de dinero de la ciudad.


Sus tías, que despreciaban a su padre pero la reciben muy bien a ella, son muy distintas entre sí. La viuda Agnes van Rhijn (Christine Baranski) es una mujer muy ácida y a la vez preocupada por el status social, mientras que su hermana Ada Brook (Cynthia Nixon, la Miranda de SEX AND THE CITY) es más amable, cariñosa y empática que la más brusca y dominante Agnes. Es que Marian llega a Nueva York con una «sorpresa»: la acompaña Peggy Scott (Denée Benton), una mujer afroamericana que la ayudó con dinero a la hora de viajar y cuya estancia circunstancial en la casa de las tías se transforma en algo permanente cuando, al descubrir que escribe muy bien, Agnes la contrata como secretaria personal. La tal Peggy, cuyos padres viven en un Brooklyn ya entonces muy distinto a Manhattan, aspira a conseguir trabajo como escritora y/o periodista, algo difícil de lograr para «una mujer de color» en esa época.

El otro gran eje de la historia pasa por la casa de enfrente a la de «las tías». Es una construcción inmensa y, para los standards aristocráticos de la época, bastante vulgar, propiedad de lo que ellos consideran los «nuevos ricos» de turno. Son los Russell, familia compuesta por George (Morgan Spector), un empresario que ha hecho una fortuna con los ferrocarriles, y su esposa Bertha (la siempre extraordinaria Carrie Coon), que desea desesperadamente ingresar en los círculos selectos de la ciudad, solo para ser rechazada una y otra vez por «las damas de la sociedad», entre las que se cuentan la tía Agnes y todas las mujeres de las familias tradicionales de Nueva York, las que llevan ya más de un siglo ahí. Los Russell tienen además dos hijos a los que quieren «casar bien», algo que será también bastante complicado de hacer y que tendrán que forzar, como cada cosa, con su aparentemente inagotable billetera.

Estos párrafos cubren apenas la punta del iceberg del mundo de LA EDAD DORADA. Además de ambas familias, Fellowes se dedica a explorar las vidas de los sirvientes de las dos casas, más de una docena de personajes que tienen sus propios conflictos (en los que la serie se mete episódicamente) y que interactúan no sin dificultades con los dueños. Y el universo se amplía con las otras familias importantes de la ciudad, todas ellas obsesionadas, al menos en un principio, con negarle a los Russell ese acceso social que tanto ansían, especialmente Bertha. En ese sentido, el tercer episodio será clave, ya que es el primero en ir a fondo respecto a la complicada interacción entre el poder, el status y el dinero, con consecuencias que repercutirán en los siguientes.

La serie tiene un elenco de excelentes actores, muchos de ellos reconocidos y premiados intérpretes teatrales (varios de ellos con amplia experiencia en musicales de Broadway) que claramente se divierten en estos roles que incluyen tanto diálogos maliciosos como estudiados silencios, vestuarios que son casi tan anchos como altos y que cambian a razón de varios por día, peinados imposibles y sombreros que desafían las leyes de la gravedad, y mucho pero mucho arqueo de cejas. Fellowes tiene la capacidad de hacerlos inmediatamente reconocibles, cada uno con su circunstancia, su objetivo y su peculiaridad. Y si bien ese sistema puede ser un tanto reduccionista –todos los personajes se definen por una característica o por un trauma que a veces es un tanto obvio– es casi la única manera de organizar este desmadre de personajes compitiendo por nuestra atención.

Son, de todas maneras, las citadas Coon, Baranski y Nixon las que se llevan los reflectores, ya que Jacobson –al menos por ahora– funciona como «la chica nueva», una que observa más que participa de la vida social y si rompe reglas lo hace desde el desconocimiento y la inocencia. Son ellas las que poseen la suficiente personalidad como para darles a sus personajes una complejidad que vaya más allá de sus ampulosos vestuarios, especialmente Coon que tiene que competir con unos vestidos imponentes que bien podrían ser arreglos de mesa. Y si bien es lógico que las miradas vayan de entrada hacia las ostentosas superficies, Fellowes sabe ir hilando en medio de tantos platos, cubiertos y decoración de interiores una historia social, económica y cultural, narrar un recambio generacional que iría alterando los usos y costumbres de la época. Poder transmitir esas tensiones hace que la experiencia sea, además de exótica y lujosa, enriquecedora.