Series: crítica de «Sospechosos», de Rob Williams (Apple TV+)

Series: crítica de «Sospechosos», de Rob Williams (Apple TV+)

Esta serie británico-estadounidense adapta una producción israelí centrada en un grupo de personas acusadas de un secuestro que no cometieron. ¿O sí? Con Noah Emmerich, Uma Thurman, Elizabeth Henstridge y Georgina Campbell. Estreno: 4/2 por Apple TV+.


Un muy buen primer episodio –o hasta dos– no asegura una buena serie. Algo así pasa con SOSPECHOSOS (SUSPICION), adaptada de la serie israelí FALSE FLAG a escenarios británicos y estadounidenses. Su punto de partida es extraordinario y genera un montón de puertas para explorar. Pero pronto lo que esas puertas abren prueba no ser tan interesante como parecía. Y eso hace que el interés vaya decayendo de a poco. De hecho, cuánto más cerca se está de solucionar el entuerto, menos interesa saber qué pasó y quiénes son los responsables.

La primera escena presenta un secuestro que está siendo realizado en un hotel neoyorquino. Un joven entra en el pasillo de un hotel y las cámaras de seguridad muestran cómo un grupo de personas con enormes máscaras lo atrapan, lo duermen, lo meten en una valija y se lo llevan. El secuestro se vuelve viral ya que, aparentemente, los propios secuestradores hacen circular el video. Y como en las redes sociales nada se toma demasiado en serio y cada uno crea su propia realidad –uno de los temas interesantes que maneja la serie–, todo el mundo cree que es una broma, de esas que generan memes, burlas y similares. De hecho, para muchos todo el secuestro no es más que un video gracioso y no un hecho real. Pero lo es. Y el secuestrado no es otro que Leo (Gerran Howell), el hijo de una influyente personalidad empresarial y política estadounidense (Uma Thurman).

El segundo acierto de la serie es que, a la par del acontecimiento, vamos viendo las vidas cotidianas de tres británicos: una profesora universitaria (Elizabeth Henstridge), una inversionista (Georgina Campbell) y un experto en ciberseguridad (Kuna Nayyar), cada uno con sus problemas familiares y económicos que nada parecen tener que ver con el caso. Pero los tres –cuatro, en realidad, ya que al final se suma Sean Tilson (Elyes Gabel), cuya vida previa casi no vimos– son aprehendidos por la policía británica, por motivos desconocidos, y llevados a un interrogatorio individual que hacen las autoridades que investigan el caso. De parte de los ingleses está la oficial Vanessa Okoye (Angel Coulby) y, por los estadounidenses, el agente del FBI Scott Anderson (Noah Emmerich, haciendo otro hombre de la ley como el que interpretó en THE AMERICANS). Ahí uno se entera que los cuatro estaban en ese hotel cuando el secuestro tuvo lugar, pero no consiguen sacarles nada más. De hecho, ninguno parece tener absolutamente nada que ver con el crimen.


En paralelo, las autoridades británicas buscan también a un tal Sean Tilson (Elyes Gabel), un entrenadísimo espía que se les escapa de las manos todo el tiempo ya que está más cerca de ser un personaje de la saga James Bond que de este tipo de relato. A partir de esa aparición, SUSPICION empieza a hacer ruido, ya que la plausibilidad y misterio del primer episodio empieza a dar más y más lugar a escenas de acción que son más propias de otro tipo de thriller, uno más espectacular pero mucho menos realista. Y a partir de eso, la sensación «hitchcockiana» de seguir las vidas de personajes sospechados por un crimen que no cometieron (o quizás sí, ya que por un buen rato no sabremos si son o se hacen, si están diciendo la verdad o mintiendo) empieza a perder peso. Y la serie su lógica.

Esto es solo el principio de una serie de ocho episodios que de a poco se irá transformando en una saga de espionaje internacional, con persecuciones, asesinatos, viajes improbables de un lado al otro del océano y una serie de asuntos en los que se conectan la lucha contra las corporaciones, el abuso policial, el cambio climático, los secretos de Estado, el racismo y casi todos los temas del momento en una mezcla un tanto recargada de trama y descuidada de realización. Quizás lo mejor, en términos visuales y creativos, esté ligado a que buena parte de las persecuciones se realizan mediante las cámaras urbanas de vigilancia conocidas como CCTV, que observan a los sospechosos y saben lo que hacen en cualquier espacio abierto.

Presentada como una serie que protagoniza Uma Thurman, SOSPECHOSOS la tiene en realidad más en un rol de estrella invitada. De hecho, durante la mitad o más de la trama es muy poco lo que aparece. Recién sobre el final su personaje registra de un modo más decisivo. Es que esta ejecutiva poderosa cuyo hijo fue secuestrado pasa rápidamente de ser la víctima de la situación a una potencial victimaria ya que surge todo un movimiento online llamado «Tell the Truth» –generado por los propios secuestradores– que pone en evidencia que la mujer guarda peligrosos secretos que pueden explicar qué es lo que está sucediendo. Entre los apuntes valiosos de la serie está su mirada crítica a los secretos que manejan las corporaciones, los arreglos políticos que priorizan a costa de otras necesidades más urgentes y la manipulación online de la opinión pública. Pero ni siquiera ahí la serie logra transmitir los temas de una manera efectiva.

Como pasa con muchas series, la necesidad de completar ocho episodios de 45 minutos cada uno hace que, en el medio, la trama vaya tomando desvíos innecesarios, pocos de ellos interesantes y así el interés vaya decayendo. A la vez, ninguno de los miembros del grupo protagónico de los «acusados» es lo suficientemente carismático como para que uno se identifique con ellos y con lo que están atravesando. En ese sentido se trata de una serie sin eje y ni siquiera la mecánica y los choques culturales entre los dos detectives ayuda a darle cierta gracia a la historia. El único punto de interés que sobrevive hasta el final pasará por saber, finalmente, si los «injustamente sospechados» tuvieron o no que ver con el secuestro. Si eso les importa y preocupa, llegarán hasta el final con lo justo. Si no, dejarán esta convencional y fallida serie bastante antes.