BAFICI 2022: crítica de «Pequeña flor», de Santiago Mitre

BAFICI 2022: crítica de «Pequeña flor», de Santiago Mitre

Adaptada de la novela homónima de Iosi Havilio, el nuevo film del director de «El estudiante» es una comedia negra acerca de las desventuras de un dibujante rosarino que vive en Francia. Con Daniel Hendler, Vimala Pons y Melvil Poupaud. Apertura del BAFICI.

La ficción, la fantasía y la aventura pueden ser condimentos para darle un mayor atractivo a una vida que aparenta ser tediosa. Eso es lo que parece atravesar José (Daniel Hendler), un dibujante rosarino que se fue a vivir a Francia –más precisamente a la gris Clermont-Ferrand– y que se acaba de quedar sin trabajo tras rediseñar el logo de una empresa de neumáticos. Con su mujer francesa (Vimala Pons) acaban de tener un bebé que les ocupa –bah, le ocupa a ella– todo su tiempo. Pero al quedarse él sin trabajo la mecánica familiar cambia. Pese al fastidio de José, ella saldrá a trabajar y será él quien deba ocuparse de la criatura, algo para lo que no parece estar capacitado.

Durante la primera mitad de PEQUEÑA FLOR, adaptada de modo bastante libre por Mitre y Mariano Llinás a partir de la novela homónima de Iosi Havilio, la película seguirá a José en un recorrido que de a poco se irá volviendo más y más enigmático. Una voz en off bastante autoconsciente y autorreferente de un personaje omnisciente al que todavía no conocemos (clásicos del estilo Llinás) nos advierte que el asunto entrará a tomar ribetes fantásticos. Y pronto entenderemos a qué se refiere.

La voz es de un vecino de la pareja (interpretado por Melvil Poupaud) al que José visita para pedirle una pala. Este excéntrico y económicamente acomodado personaje prueba ser un bastante pesado y peculiar fanático del jazz que irrita al fastidiado José. A tal punto que, en un arranque de rabia, el tipo termina clavándole la bendita pala en el cuello, matándolo en el acto. De un momento a otro, la rutinaria vida de padre con bebé de José pasa a transformarse en una trama de suspenso.


Pero las cosas no suceden como José imagina. En el primero (o el segundo) de los varios giros dramáticos que tiene esta película de inspiración lúdica –y un concepto a lo César Aira del devenir narrativo–, el crimen no tiene las consecuencias esperadas. Suponiendo que es un SPOILER decir lo que pasa, no lo adelantaremos. Pero convengamos que es algo raro y que mete a José en una zona a la que solo podríamos interpretar como «fantástica».

Promediando el film la historia da otro vuelco narrativo nuevo con la aparición de un curioso «terapeuta» interpretado por Sergi López y allí la película vuelve a girar hacia otro espacio, otra zona, bastante separada de la anterior. Y más giros se irán dando de allí hasta el final, retomando la idea de que, en el fondo, PEQUEÑA FLOR tiene mucho de clásica comedia de rematrimonio, poniendo a una pareja en problemas a sobrellevar una serie de conflictos y contratiempos que los alejará y que, quizás, pueda reunirlos, en el amor o en el espanto. Como dirían en aquel clásico de Robert Bresson, «recorriendo los caminos más extraños para llegar hasta ti».

Poco, igual, tiene que ver esta comedia negra con la rigurosa PICKPOCKET. El director de LA PATOTA y EL ESTUDIANTE se inspira más bien en las ideas narrativas más lúdicas y llenas de desvíos de películas de la Nouvelle Vague (viejos films de Truffaut y Rivette parecen asomarse aquí) mezclando ese registro con el «fantástico rioplatense». La película está llena de pequeñas bromas respecto a los problemas, clichés y confusiones que atraviesa un argentino en Francia (algunos chistes simpáticos, otros un tanto banales) que, si bien no son centrales a la trama, abren el juego a una serie de confusiones e identidades falsas que aparecerán luego en el relato.

El libro de Havilio está escrito como un solo párrafo de principio a fin, sin puntos aparte. Y la película parece tener un devenir similar, como un texto que avanza en base a la siguiente ocurrencia. Es, como sucede en muchos guiones en los que figura Llinás (ver sino la reciente LAS ROJAS pero también varios episodios de LA FLOR o la propia LA CORDILLERA, de Mitre), un mecanismo de ficción con valor propio, que no se organiza tanto en función de causas y consecuencias, que no intenta psicoanalizar a los personajes ni poner en primer plano sus motivaciones, sino que procede como goce, problema, ocurrencia, misterio y, quizás, alguna solución. O una nueva y extraña forma de conectar rutina y aventura.

Otro eje importante en la película –al menos narrativamente– es el jazz. El título «Pequeña flor» viene del nombre de un clásico tema compuesto por Sidney Bechet que el ¿asesinado? vecino de José escucha obsesivamente en muchas versiones distintas. Y de una manera acaso metafórica, el jazz puede usarse para entender la manera en la que avanza la trama de la película. PEQUEÑA FLOR, como el solo de un músico de jazz, es un continuo narrativo que avanza un poco de ese modo, llevado por la inspiración, el talento y a veces el capricho. La película franco-argentina es, fundamentalmente, una simpática combinación de esas tres cosas.