Series: reseña de «El hombre que cayó a la Tierra: Episodios 1-4», de Alex Kurtzmann y Jenny Lumet (Paramount+)

Series: reseña de «El hombre que cayó a la Tierra: Episodios 1-4», de Alex Kurtzmann y Jenny Lumet (Paramount+)

Combinación de secuela y remake de la novela de Walter Tevis que fue llevada al cine por Nicolas Roeg en 1976 con David Bowie como protagonista, esta serie de ciencia ficción cuenta las desventuras de un alienígena que llega a la Tierra para salvar a su planeta. Con Chiwetel Eijofor y Naomie Harris. Estrena Paramount+ el domingo 24 de abril.


Más allá de la premisa inicial y algunos claros y específicos homenajes, parecen pocas las conexiones entre esta versión en formato miniserie de la novela de 1963 de Walter Tevis, el autor de THE HUSTLER y la recientemente estrenada GAMBITO DE DAMA y la célebre adaptación que hizo Nicolas Roeg en 1976, protagonizada nada menos que por David Bowie. Es cierto que sería prácticamente imposible intentar replicar la extravagante y ambiciosa versión del director de PERFORMANCE ya que, convengamos, es un tipo de película (o serie) que ya nadie hace, al menos en el circuito comercial, pero la radicalidad del cambio estético entre una y otra habla también de lo mucho que ha cambiado la cultura audiovisual.

Así como esa película –un drama psicosexual sobre un «alienígena» que llegaba a la Tierra con la intención de salvar a su planeta y terminaba enredándose en los vicios y pecados de la vida aquí– le hacía muy difícil al espectador orientarse en torno a su lógica narrativa y hasta parecía moverse impulsada por extraños caprichos, la versión serial del guionista de TRANSFORMERS, las nuevas versiones de STAR TREK y la ya canónica serie FRINGE –asociado aquí nuevamente con la hija de Sidney Lumet, que además de actriz escribió los guiones de RACHEL GETTING MARRIED y de varios productos del universo STAR TREK–, procede de una forma más lineal y estructurada.

Es que en realidad, la serie funciona como una suerte de secuela de lo que se contaba allí. El film narraba el fracaso de la misión de un tal Thomas Jerome Newton (Bowie), que terminaba siendo «atrapado» en el caos terrenal, mientras que aquí la historia se retoma 45 años después (los que pasaron desde aquel film) para contar la historia de otro alienígena que viene a terminar la misión que su antecesor dejó sin concluir. Pero al ser su recorrido tan similar, en más de un sentido la serie funciona a la vez secuela y remake, ya que se organiza en torno a un arco dramático bastante parecido.


El punto de partida de la película era el arribo de un alienígena con una misión un tanto compleja que implicaba primero llenarse de dinero a partir de patentar en la Tierra inventos que ya existen en su más tecnológico planeta para luego encontrar la manera de salvar a su gente que está atravesando una catástrofe, digamos, ambiental. Aquí lo que el protagonista hace es llegar al planeta a buscar una de esas patentes que Newton (aquí interpretado por Bill Nighy, ya verán cómo) dejó atrás de un modo enigmático e ilegible.

La serie arranca con una escena que transcurre en algún punto en el futuro que muestra al protagonista (que se hace llamar Faraday) ya consagrado y famoso en el mundo tecnológico, una especie de Steve Jobs «afroextraterrestre». Y de ahí en adelante lo que el guión hace es seguir sus pasos desde que apenas pisa el planeta, en medio del desierto de Nuevo México, como una suerte de Terminator enviado del futuro que no entiende demasiado cómo funcionan las cosas a su alrededor.

Usando el nombre de una policía que lo detuvo, «Faraday» (Chiwetel Eijofor) tiene la capacidad de aprender rápidamente cómo funciona casi todo (los idiomas, especialmente) aunque tiene claros problemas para entender los códigos del comportamiento humano. Su misión implica buscar a una mujer que debería poder ayudarlo a lograr su objetivo, uno que tiene que ver con esa patente tecnológica que permitiría desarrollar una tecnología de fusión cuántica que, por lo que se dice y se muestra aquí, revolucionaría el mundo en todos los sentidos posibles.

Es así que el inteligente pero torpe extranjero (la serie todo el tiempo juega con la idea de los paralelos entre «alienígenas», inmigrantes y personas de color) encuentra a Justin Falls (la británica Naomie Harris, de SKYFALL y MOONLIGHT, entre muchas otras), una científica que experimentó en el pasado con esa fusión pero, por problemas que se irán revelando de a poco, decidió abandonar su carrera y dedicarse a cuidar a su hija y a su padre enfermo (Clarke Peters, de THE WIRE) en un paraje alejado de todo y de todos.

A la fuerza, Faraday termina haciéndola parte de su aventura, que implica una larga serie de procesos demasiado complicados de explicar acá y que van transformando a la serie en una especie de saga de espionaje industrial. Eso, que en la película estaba mostrado de un modo un tanto más anárquico y caótico (Newton también debió lidiar con eso en los ’70), acá transforma a la historia en un thriller sobre millonarios poderosos que se disputan un invento que puede cambiar el mundo.

Allí aparecerá un agente de la CIA (Jimmi Simpson) que lo busca, una familia poderosa integrada por dos millonarios hermanos que se detestan (Rob Delaney y Sonya Cassidy) que pueden ayudar o impedir que «Faraday» logre lo que busca y las decenas de personajes que el hombre y su forzosa acompañante se cruzan en sus recorridos, que empiezan siendo locales en auto y pronto se vuelven aéreos e internacionales. En los cuatro episodios enviados a la prensa, EL HOMBRE QUE CAYO A LA TIERRA va abandonando de a poco el polvoriento Nuevo México y las confusiones y desencuentros del recién llegado al planeta para entrar en un registro muy distinto.

Lo que también es muy diferente es la manera en la que Eijofor construye a su personaje. Si bien son, supuestamente, del mismo planeta, a diferencia del enigmático pero siempre distante y refinado David Bowie, el actor de 12 AÑOS DE ESCLAVITUD encarna al protagonista como una especia de freak intenso, desaforado, incapaz de controlar sus acciones y gesticulando permanentemente, casi lo opuesto al reservado músico, que daba extraterrestre (y británico) sin demasiado esfuerzo. Ese tono le otorga a la serie algo que la película casi no tenía: humor. Hay muchos momentos aquí que coquetean con la comedia propia de la situación «pez fuera del agua», con Eijofor siendo incapaz de entender el funcionamiento de las mínimas interacciones sociales, algo raro en función de su abundante inteligencia.

Esta versión (o secuela o remake o recuela) le agrega un punto importante a la trama, uno ligado al cambio climático. Ahora no solo es el planeta de Newton y Faraday el que corre peligro de extinción sino también la Tierra. Y el invento en cuestión puede ser útil no solo para ellos sino también para nosotros. Kurtzman dirigió los primeros cuatro episodios de una manera mucho más convencional y narrativa en comparación a los excesos del peculiar Roeg. De todos modos, la serie no termina de ser del todo convencional. Hay algo igualmente pasado de rosca en su tono, en los personajes que aparecen en el camino y hasta en la lógica de los pasos que los protagonistas siguen. Esa extrañeza, al menos, sigue siendo una parte fundamental de la experiencia.

Es una serie complicada THE MAN WHO FELL TO EARTH. Tiene ideas atractivas y momentos brillantes, pero para el tercer y cuarto episodio parece entrar en un terreno un tanto más pantanoso, tanto tonal como dramáticamente. De todos modos, es tan cambiante la trama y las situaciones en la que se ven involucrados Faraday y Justin que es imposible saber para dónde los llevará la historia. De hecho, ya para esos capítulos la relación entre ellos empieza a ser más compleja e interesante que al principio, que se bastaba en una mezcla de fastidio y algo muy parecido al secuestro.

Así como los humanos terminaban por arruinarle la vida a un extraterrestre con buenas intenciones en el film de 1976, da la impresión que la serie procederá por el camino opuesto, uno más cercano a una visión si se quiere «spielberguiana» del mundo. Quizás el torpe y bienintencionado extranjero sea ahora capaz de cambiar las mentes en la Tierra y hacerlos darse cuenta de que, más allá de las evidentes diferencias, todos atravesamos el mismo problema, el de darnos cuenta que nos estamos quedando sin un lugar para vivir.