Series: reseña de «Tokyo Vice: Episodios 1-3», de J. T. Rogers (HBO Max)

Series: reseña de «Tokyo Vice: Episodios 1-3», de J. T. Rogers (HBO Max)

La serie de HBO Max protagonizada por Ansel Elgort, Ken Watanabe y Rachel Zeller se centra en un joven estadounidense radicado en Japón que se mete en problemas al investigar en el mundo de las mafias locales. El primer episodio fue dirigido por Michael Mann.


No hay crimen en Tokio», le dice un policía bastante corruptible a un joven periodista estadounidense radicado en Japón que acaba de empezar a trabajar en un popular diario de la capital. El tal Jake Adelstein (Ansel Elgort) ha logrado un puesto difícil para un gaijin (extranjero) en ese país, pero el hombre habla y escribe muy bien en japonés y ha estudiado lo suficiente como para pasar el examen de ingreso al diario en cuestión siendo el único no local entre cientos de aspirantes. Lo que no tiene es calle, olfato. No conoce los códigos del universo policial ni los de la prensa y mucho menos los de la yakuza, la mafia local. Y cuando el policía le dice que no hay crímenes lo que le quiere decir, básicamente, es que no se meta demasiado.

Pero para bien o para mal Jake es uno de esos estadounidenses que creen en la justicia o vieron demasiadas películas y, aunque tanto en el diario como en la fuerza policial le digan que no investigue y que copie y repita los informes oficiales tal como salen redactados, el tipo querrá husmear como un detective, saber qué se maneja por debajo de las evidentes mentiras que su propio periódico publica repitiendo los manipulados reportes policiales. Y lo conseguirá. Metiéndose en problemas, claro.

TOKYO VICE, creada para la televisión por el autor de la premiada obra teatral OSLO, se inspira en las memorias publicadas en 2009 por el verdadero Adelstein y, salvo por una escena inicial que sucede unos años después, el grueso de los tres primeros episodios transcurre en 1999. Estamos ante un territorio que será familiar para todos los que ven películas de acción, suspenso y policiales japoneses: el cine de yakuzas. Con la particularidad de que este tiene un toque diferente ya que combina ese universo con la mirada de «pez fuera del agua» de Adelstein y de algunos otros extranjeros que tratan de sobrevivir en el peligroso mundo de las mafias y la noche de Tokyo.


El proyecto se hizo famoso, además, por marcar el regreso a la dirección de Michael Mann, el realizador de FUEGO CONTRA FUEGO que vuelve a las pantallas por primera vez desde BLACKHAT, su película de 2015, y tras la desafortunada experiencia de la promisoria serie de 2012, LUCK. El «toque Mann», el que lo caracteriza desde su paso al digital, se hace evidente en el primer episodio, el único de los tres primeros que dirigió. Los lentes, ángulos y movimientos de cámara, montaje nervioso, composiciones de cuadro inusuales y oscura iluminación son características de un estilo personal que el director de los otros dos episodios (Josef Kubota Wladyka) no intentó siquiera imitar. Si bien la serie continúa su trama y su lógica de manera muy eficiente, después del episodio de Mann se vuelve formalmente más convencional.

Con un manejo en apariencia bastante fluido del japonés, el discutido Elgort (BABY DRIVER, AMOR SIN BARRERAS) es un protagonista claramente cercano al espíritu de los antihéroes de Mann: hiperactivo, intenso, usualmente elegante y muy proactivo. Su curiosidad por saber las reglas y los códigos policíacos es lo que lo va llevando a contactar a varios de ellos, empezando por el tramposo Jin Miyamoto (Hideaki Itō) para luego recaer en el más serio y honesto detective Hiroto Katagiri (el ya legendario Ken Watanabe), que se transforma en algo así como su «guía» en los bajos mundos de la mafia japonesa y de la policía que mira para otro lado. Y el que le explica que los extraños «suicidios» que se vienen acumulando quizás tengan que ver con una guerra entre bandos.

En paralelo –y metiéndose en otro mundo que Mann ha utilizado mucho–, Jake se enreda en la vida de Samantha (Rachel Keller), otra estadounidense que trabaja como una suerte de «escort», más chica de compañía y suerte de anfitriona de un bar nocturno que alguien que se dedica a la prostitución. El problema es que hay otro hombre obsesionado por la misma mujer: un tal Sato (Shô Kasamatsu), un joven, intenso y nervioso miembro de una de las mafias que operan en la ciudad. Y tarde o temprano habrá allí un potencial conflicto.

La otra gran protagonista de la serie es Tokyo. Bella, violenta, acelerada, iluminada con esos neones tan amados por Mann y su gente, se la observa como una ciudad en la que todo puede suceder, desde hacerse millonario en secreto a desaparecer furtivamente sin que nadie recuerde tu existencia. Y dentro de la ciudad, TOKYO VICE se mete con muchos de los códigos culturales y de funcionamiento: el chauvinismo y el desprecio hacia los extranjeros, el sometimiento de las mujeres (Rinko Kikuchi encarna a la maltratada y maltratadora editora de Jake en el diario) y, en especial, en los antiguos rituales y tradiciones ceremoniales del yakuza, todo un clásico del cine japonés de género.

TOKYO VICE es una serie ágil y nerviosa, siempre dentro de una trama que parece bastante predecible, con los enfrentamientos y potenciales guerras y traiciones esperables. Pero cuando se sabe jugar bien con los recursos clásicos de un subgénero popular y efectivo como es este, ser fiel a esas tradiciones no es algo despreciable ni está mal. No toda la serie tomará los riesgos de puesta en escena que toma el director de COLATERAL en el primer episodio, pero aún sin eso es una experiencia más que atractiva y prometedora.