Cannes 2022: crítica de «Continental Drift (South)», de Lionel Baier (Quincena de Realizadores)

Cannes 2022: crítica de «Continental Drift (South)», de Lionel Baier (Quincena de Realizadores)

por - cine, Críticas, Festivales
22 May, 2022 09:36 | Sin comentarios

Esta comedia dramática suiza se centra en los problemas migratorios de Europa a partir de la relación entre una madre funcionaria y un hijo militante que tienen posiciones opuestas en ese y en muchos otros temas.

Entre la comedia y el drama, entre lo personal y lo político, la película del realizador suizo es una mirada sobre los conflictos de la Europa contemporánea especialmente centrado en la inmigración. Todo arranca casi como una comedia pura y dura, narrando los preparativos para la llegada de Emmanuel Macron y Angela Merkel –los respectivos mandatarios de Francia y Alemania en la época en la que transcurre el film, a principios de 2020– a visitar un centro de refugiados en Catania, Sicilia, donde arriban por barco muchos africanos –si es que no perecen en el intento– y se quedan ahí esperando un asilo que tarda en llegar.

Pero la situación está narrada en tono humorístico. Nathalie Adler (la experimentada Isabelle Carré) trabaja como funcionaria de la Unión Europea y es una de las encargadas de organizar la misión de reconocimiento de uno de esos centros. Allí también está su colega alemana Ute (Ursina Lardi, la actriz suiza de LA CINTA BLANCA y THE GIRL AND THE SPIDER), con la que Nathalie tiene o tuvo una relación que parece ir más allá de lo profesional. Ellas les muestran el lugar a los representantes de los mandatarios que llegarán en breve.

Pero la presencia más curiosa allí es la de Albert (el canadiense Théodore Pellerin, rostro memorable de películas como GENESIS y MY SALINGER YEAR, entre otras), el hijo díscolo de Nathalie, que también está allí pero como rebelde miembro de una ONG y está dispuesto a rechazar y manifestarse contra la visita «protocolar» de mandatarios a los que, dice, les gusta lucir humanitarios y sacarse fotos en eventos pero hacen poco y nada por mejorar las cosas. Especialmente de los inmigrantes.


Y todo parece indicar que tiene razón. Los asistentes de los presidentes hacen lo posible por preparar sus visitas de una manera exagerada, forzada, casi ridícula, prefiriendo que el lugar se vea peor de lo que realmente está así cuando se lo exhiba, tiempo después, en la situación que ya actualmente tiene, Macron y Merkel puedan presumir de haber mejorados las cosas. Eso y todo un absurdo juego entre protocolar y turístico que los rodea (alrededor del campo hay gente que saca fotos a los inmigrantes como si estuvieran en un parque de atracciones o un zoológico humano) da a entender que todo es un sucio juego político, por más que Nathalie se empeñe en tratar de demostrar que lo que ella hace va en serio.

Pero la película se enfocará más en otro eje: en la relación entre madre e hijo, cortada seriamente cuando ella dejó de verlo nueve años atrás («no a los nueve años», como se ocupa de aclarar) y que hoy está en un momento muy difícil. Su hijo veinteañero la agrede y combate todo el tiempo, y la acusa de haberlo ignorado siempre. Las razones y la evolución de la situación se irán analizando con el correr de una película que, sin abandonar del todo los apuntes y el tono cómico, se va volviendo más seria y política con el correr de los minutos.

Se trata de un efectivo film, aunque un tanto lleno de tangentes personales curiosas (hay un viaje de madre e hijo a Gibellina, un pueblo siciliano destruido por un terremoto que parece homenajear a UN VIAJE A ITALIA, de Roberto Rossellini, que no llega a ser lo relevante que pretende) que pone el acento en encontrar puntos en común entre madre e hijo, que también son los que separan a sus respectivas generaciones: los que tienen el poder y no lo usan frente a los que quieren usarlo y no lo tienen.

Para el cierre la película depara una curiosa «sorpresa» con la aparición del coronavirus complicando la situación cuando los involucrados parecen haber empezado a encontrar ciertos acuerdos, al menos en algunos terrenos. De algún modo, «la deriva continental» de la que habla el título del film no parece tener un final claro o un freno. Se puede intentar resolver un problema pero otro nuevo aparecerá. Y habrá que seguir buscando soluciones. Así en la política como en la vida.