Cannes 2022: crítica de «Metronom», de Alexandru Belc (Un Certain Regard)

Cannes 2022: crítica de «Metronom», de Alexandru Belc (Un Certain Regard)

por - cine, Críticas, Festivales
25 May, 2022 08:13 | Sin comentarios

Este muy buen drama rumano transcurre en 1972 y se centra en dos adolescentes que planean pasar un último día juntos antes de que él se vaya a vivir fuera del país. Pero las cosas se complican…


Metronom era el nombre de un programa de la radio rumana que se emitió durante 1965 y 1969. Conducido por Cornel Chiriac, era el show más escuchado entre los jóvenes del país, el que pasaba rock y jazz en tiempos de censuras y restricciones. Pero a partir de la invasión soviética a Checoslovaquia, en el año 1968, las cosas se volvieron más difíciles para Chiriac, a quien empezaron a censurar y a perseguir de manera aún más fuerte que antes, por lo que terminó huyendo del país y haciendo el programa desde Alemania a través de la mítica Radio Free Europe.

El film que lleva el título del programa no es una biografía del periodista, conductor y músico –imagino que se podría hacer también un muy buen film sobre él, quien fue asesinado en circunstancias misteriosas en 1975– sino que utiliza su emisión para plasmar de manera muy realista y humana cómo era vivir en la Rumania de Ceaușescu allá por 1972, especialmente entre los jóvenes de escuelas secundarias y universidades.

METRONOM transcurre durante un par de jornadas de octubre en las que Rumania juega la final de la Copa Davis contra los Estados Unidos, con Illie Nastase y Ion Tiriac como sus representantes. Pero mientras muchos adultos están pendientes de los partidos, los jóvenes están en otra cosa. Especialmente Ana, de 17 años, y su novio Sorin, cuya familia ha conseguido permiso para salir del país y todo parece indicar que pasarán sus últimos días juntos.


El amable aunque melancólico tono «coming of age» empezará a enredarse, primero, cuando a Ana su madre no la deje ir a una reunión que organiza una de sus amigas y en la que estará su novio. Pero la chica se termina escapando del hogar –con la anuencia de su padre– y va de todos modos. En la fiesta, que se extiende durante casi media hora en el film, los compañeros conversan, cantan y bailan casi siempre con «Metronom» de fondo, que suele pasar clásicos de rock de esa época, de The Doors a Janis Joplin pasando por el rumano Mircea Florian. Cuando lo escuchan hablar a Chiriac, los chicos hacen un enorme silencio y luego discuten sobre discos favoritos y bailan. Nada fuera de lo normal. Casi inocente, hasta se podría decir.

Pero es Rumania, 1972. Y las cosas no son tan sencillas allí. Es así que tras una serie de giros que mejor no adelantar aparecen las fuerzas de seguridad a detener el evento. Y allí, METRONOM se transforma en una película rumana más parecida a las de los últimos años, una en la que la burocracia, el papeleo, las amenazas de los oficiales, la delación, la corrupción latente y las discusiones lingüísticas se hacen presentes y transforman esa aparentemente amable experiencia grupal en algo bastante más traumático.

En el medio de todo eso, además, está en juego la relación entre Ana y Sorín, cuya esperada despedida pasa a ser más turbia y compleja que lo esperado. Solo basta decir que el investigador principal lo interpreta Vlad Ivanov –famoso por sus roles de villano en casi todas las películas en las que aparece– para que se den cuenta que salir de ese enredo no será nada sencillo. Y así como la fiesta ocupa un tercio del relato, los interrogatorios y discusiones posteriores se extienden otro tanto, en esa especie de fascinante ejercicio dialéctico al que nos tienen acostumbradas muchas películas rumanas.

Pero METRONOM propone algo ligeramente diferente y ya verán en qué sentido. Es que más allá de ser, como muchas otras, una película sobre las dificultades de vivir en una sociedad controlada por un gobierno totalitario que espía a sus ciudadanos e invita a que ellos se espíen entre sí, el film de Belc nunca deja de lado la mirada adolescente que tienen sus protagonistas, su inocencia y su capacidad de entenderse y, llegado el caso, de ser solidarios entre sí. O todo lo contrario…

Dicho de otro modo, aún con sus vueltas sociopolíticas la película nunca deja del todo de ser un relato de iniciación, un coming of age que tiene cosas similares a todos los demás, aunque se vuelva diferente en función de las circunstancias específicas del caso. Y es, además, un homenaje a Chiriac, a Florian y a todos aquellos que combatieron, cada uno a su manera y con sus limitaciones, al régimen de Ceaușescu.