Cannes 2022: crítica de «Plan 75», de Chie Hayakawa (Un Certain Regard)

Cannes 2022: crítica de «Plan 75», de Chie Hayakawa (Un Certain Regard)

por - cine, Críticas, Festivales
20 May, 2022 02:12 | Sin comentarios

Este drama japonés transcurre en un futuro cercano en el que el gobierno de ese país implementa un plan que ofrece a los mayores de 75 años hacerles una eutanasia voluntaria.

Adaptado –expandido, habría que decir– de un cortometraje del mismo título que el realizador hizo en 2018 como parte del proyecto TEN YEARS JAPAN, esta triste y melancólica película japonesa retrata a ese país en un futuro cercano en el que el gobierno ha implementado un programa muy controvertido para bajar el promedio de edad de su ciudadanía y evitar tener a un enorme grupo de ciudadanos «no útiles para la sociedad» gastando recursos.

¿De qué trata el asunto? De «invitar» a las personas mayores de 75 años a someterse a una eutanasia voluntaria. No se trata de un programa obligatorio y nadie está forzado a hacerlo, pero la publicidad (y algunos beneficios específicos del llamado Plan 75, como la película) se los vende casi como una panacea, como una solución a muchos de sus problemas y, especialmente, de los de sus familiares.

La película cuenta tres historias paralelas que, al menos en principio, no se relacionan entre sí. La principal –la mejor y más sentida de las tres– es la de una mujer de 78 años que no tiene ninguna intención de entrar en el plan. Ella sigue trabajando, viéndose con amigas y vive sola en una pequeña pero acogedora casa. Pero de a golpe empiezan a cambiar las cosas. Su casa será demolida, se quedará sin trabajo y los pocos familiares que tiene no le contestan siquiera el teléfono. Cuando intenta conseguir trabajo, no hay nada para ella. Y, finalmente, decide pisar las oficinas del plan en cuestión y sumarse a la propuesta.


Por otro lado la película sigue a un joven vendedor del Plan 75, un chico eficiente que se ha aprendido todo lo que tiene que decir y lo repite con la mecánica amabilidad de quién sabe de memoria los pasos a seguir y lo «delicado» de la situación. Pero de golpe se topa con un problema cuando uno de los que vienen a sumarse al programa es un tío suyo muy anciano, peleado con la familia y al que hace mucho tiempo no veía. Al principio sigue su rutina como si nada pasara pero luego se da cuenta que no le es tan sencillo.

La tercera historia –que termina quedando un poco de lado y hasta podría quitarse ya que la película ronda las dos horas– es la de una inmigrante filipina que necesita juntar dinero para traer de su país a su pequeña hija de cinco años que tiene problemas de salud. Ella empezará a trabajar también para el Plan, pero en un sector un tanto más oscuro y extraño, allá donde se juntan los objetos personales de aquellos que llegaron al final del programa en cuestión.

Con esa melancolía propia de algunos films de Hirokazu Koreeda (tiene algo de AFTER LIFE, aún sin su costado fantástico), PLAN 75 pone en juego de modo sutil un conflicto de la época: la necesidad de eliminar todo lo que no sea productivo o de ganancias. Para una cultura como la japonesa –muy respetuosa de sus mayores– es un desafío radical, pero da la impresión que la sociedad lo comparte en función de la crisis económica reinante. Si bien la película no pone el acento demasiado en su temática social, va quedando en evidencia que es un país para los jóvenes y productivos en donde los viejos se han vuelto una carga.

Por momentos la película bordea una sensibilidad similar a la de algunas películas de Ozu –esa idea de que los mayores deben sacrificarse para la felicidad de sus hijos, o la manera en la que muchos jóvenes no tienen tiempo para ocuparse de sus padres– pero narrativamente es un tanto más despareja. Los mejores momentos pasan por la historia de la señora mayor, especialmente toda una serie de secuencias en las que empieza a conectarse con una de las empleadas del plan de un modo que no es el recomendado por la empresa.

Viendo PLAN 75 se me hizo inevitable pensar en la primera etapa del COVID-19, cuando muchos «opinólogos» decían prácticamente que era preferible que murieran los ancianos que tuvieran que morir en lugar de hacer cualquier tipo de cuarentena que pusiera un freno a la economía. Decían que de algún modo era una especie de «ley de la vida» y que la presencia del virus no modificaba demasiado lo que de todos modos, tarde o temprano, iría a suceder. Me había olvidado de la furia que me causó entonces ese tipo de comentarios, pero observando las vivencias y las emociones de los personajes de este film japonés todo regresó de la manera más dolorosa.