Cannes 2022: crítica de «R.M.N.», de Cristian Mungiu (Competencia)

Cannes 2022: crítica de «R.M.N.», de Cristian Mungiu (Competencia)

por - cine, Críticas, Festivales
22 May, 2022 04:05 | Sin comentarios

La nueva película del realizador de «4 meses, 3 semanas y 2 días» se centra en el racismo y la xenofobia que explotan en un pequeño pueblo rumano.

El racismo, la xenofobia, los problemas con la inmigración y las diferencias económicas (y culturales) entre los distintos países de Europa son los temas principales de R.M.N., el ambicioso y crítico estudio sobre la vida en un pueblo rumano que se va volviendo cada vez más intolerante dirigido por el realizador de 4 MESES, 3 SEMANAS Y 2 DIAS. Es una historia potente y abarcadora (acaso, demasiado abarcadora) que lidia con una serie de asuntos urgentes, fundamentalmente el crecimiento de un espíritu anti-inmigratorio en comunidades pequeñas de ese país.

Lo curioso del pueblo –que es el verdadero protagonista del film y al que nunca se nombra– es que se trata de un «crisol» étnico en el que parecen convivir con cierta armonía personas de ascendencia rumana, húngara, algunos alemanes y hasta europeos de otros países (eso sí, antes lidiaron con similares sentimientos contra los «gitanos»). Muchos de sus habitantes trabajan afuera, especialmente en Alemania. Entre ellos, el protagonista Matthias (Marin Grigore), un hombre tosco y duro que regresa a Rumania tras golpear a un jefe de la fábrica alemana en la que trabajaba y huir del lugar.

El regreso de Matthias es uno de los varios ejes narrativos de R.M.N. En paralelo, su pequeño hijo Rudi (Mark Blenyesi) vio algo en el bosque que cruza para ir al colegio y no habla desde entonces, shockeado por lo que le pasó. Y el padre de Matthias está enfermo, con problemas neurológicos. Por último, en la que parece una subtrama secundaria pero finalmente será la central del film, en una pujante panificadora local están necesitando tres trabajadores con sueldo mínimo pero ninguno de los locales acepta el puesto, ya que les pagan mucho mejor yéndose a otros países. Y toman a tres inmigrantes de Sri Lanka, que llegan especialmente para eso.


El regreso de Matthias no es del todo bienvenido. Su casi ex esposa Ana (Macrina Bârlădeanu) lo hace dormir en un sofá, se pelea con él por las distintas maneras con las que lidian con el problema del hijo (el tipo cree que «se tiene que hacer hombre» y perder el miedo mientras que la madre lo acompaña al colegio y lo consiente más) y el hombre empieza a buscar a Csilla (Judith State), una chica más sofisticada que vive en el pueblo (de origen húngaro) y que se ha divorciado recientemente. Parece haber un pasado entre ellos y da la impresión que rápidamente retomarán al menos la parte sexual de la relación.

Csilla, de hecho, terminará siendo la protagonista principal en los cambiantes giros de la trama. Ella es la principal promotora de la contratación de los jóvenes de Sri Lanka (la dueña de la empresa los quiere ahí pero más por una cuestión de subsidios y conveniencia económica que por otra cosa) y la persona más cosmopolita del lugar: habla al menos cuatro idiomas, escucha y toca música clásica (el tema de «In the Mood for Love» es clave en la banda sonora), tiene una gran relación con los recientes inmigrantes y se la ve siempre con su copa de vino tinto en mano, señal un tanto obvia de que se trata de una persona «sofisticada».

La trama suma más personajes y hasta animales (hay un francés que está ahí para contar los osos que habitan los boscosos alrededores) pero va haciendo foco en el rechazo del pueblo en aceptar a los nuevos trabajadores de la fábrica, volviendo a R.M.N. en una película sobre el racismo y la xenofobia. En repetitivos encuentros locales (en la iglesia o en un centro cultural en el que hay una larga asamblea), los habitantes del pueblo dejan ver su odio y desprecio por estos recién llegados, a quienes encima empiezan a maltratar.

La película tiene temas, tramas, personajes y escenas de sobra, recargando quizás demasiado las tintas en lo que quiere decir, utilizando algunas metáforas burdas y otras no tanto para hacer esa pintura sobre un pueblo que va mostrando su costado cada vez más reaccionario y brutal. Los disparadores (el misterio de lo que vio el niño) van quedando de lado o se transforman en obvios símbolos de lo que propone Mungiu. Lo mismo pasa con el título, derivado de «resonancia magnética», que es algo que el padre de Matthias se hace y que funciona como metáfora de este enfermo muestrario humano que presenta la película. Podían haber puesto «radiografía» como título y listo.

Durante la primera mitad o un poco más, R.M.N. es muy sólida y crece constantemente en intensidad. Sus diversos misterios y problemas se acumulan de un modo inteligente y si bien su protagonista es bastante impresentable, el espectador pasa a identificarse rápidamente con Csilla. Pero va decayendo en su largo tercer acto, en el que todo se hace más obvio y reiterativo. Pero dentro de una competencia hasta ahora bastante pobre se trata de una película valiosa, que refleja muchos de los inconvenientes existentes en la Europa del Este (bah, en toda Europa), dejando en claro que falta muchísimo para que exista algo así como una armonía entre varias etnias, nacionalidades y, sobre todo, economías.

Los personajes pueden hablar dos, tres o hasta cuatro idiomas (los subtítulos acá los marcan con distintos colores), pero en el fondo queda en claro que solo piensan en uno y que no tienen pudor en expresarlo de las maneras más racistas y brutales posibles. Es además evidente, al verlos sacar su costado más primitivo, que el problema que parecen tener con los osos salvajes que rodean al pueblo quizás sea exactamente al revés.