Cannes 2022: crítica de «Triangle of Sadness», de Ruben Östlund (Competencia)

Cannes 2022: crítica de «Triangle of Sadness», de Ruben Östlund (Competencia)

por - cine, Críticas, Festivales
21 May, 2022 10:09 | 1 comentario

Flojísima sátira del director sueco de «The Square» centrada en un grupo de ricos y famosos que se toma el más caótico crucero de lujo imaginable. En la Competencia Internacional.


Qué se hace con una película como TRIANGLE OF SADNESS? ¿Qué se puede escribir de semejante despropósito de 150 interminables minutos? Uno podría empezar y terminar la crítica con lo mismo que escribe en un tuit y simplificarlo todo de esa manera: es una pesadilla. Y listo. ¿Tiene sentido ir más allá? ¿Explicar los motivos? Tengo la impresión que todos lo saben ya. Y si leen este sitio de vez en cuando imaginan los reparos que puedo llegar a tener.

Pero lo nuevo del director de THE SQUARE es peor que mis propios temores. Siempre me ha parecido un director más pendiente de la provocación «ético/moral» que otra cosa, pero a la vez le reconocía un talento narrativo para meter al espectador de lleno en esas tramas que se dedican a juzgar, misantrópicamente, los comportamientos de sus personajes y, por ende, de la raza humana en su totalidad. Dos ejemplos claros: PLAY y FORCE MAJEURE, películas que aún con sus problemas son contundentes.

Su nueva película es una colección de sketches que podrían ser usados y hasta sobrantes de programas tipo SNL (Saturday Night Live), dos horas y media de bromas pesadas sobre las ridículas y vergonzantes actividades de un grupo de ricos y famosos que se meten en problemas. Dividida en episodios, arranca como una película que parece tener como tema el mundo de los influencers y modelos, centrándose en una pareja (él modelo, ella también pero además muy popular en Instagram) que vive de canjes y fotos sponsoreadas pero tienen una tensa relación entre sí. Una larga discusión que tienen sobre el dinero es, acaso, la mejor escena de toda la película.


Todo derivará en un crucero de lujo al que la pareja irá gratis y en compañía de verdaderos ricachones y de empleados solícitos que esperan sacar provecho del cambio chico de los oligarcas, entre los que se cuentan fabricantes de armas, empresarios tecnológicos y millonarios rusos, por citar los casos más evidentes. Ahí la narración se hará más coral y se dedicará a mostrar las miserias de cada uno de ellos, que culminarán de modo apoteósico y brutal en una gran cena que se ofrece en medio de una brutal tormenta y que terminará de la peor manera posible.

De allí en adelante la cosa seguirá empeorando y estirándose, mientras Ostlund no hará más que cansinos sketchs supuestamente graciosos sobre lo crueles que son los millonarios y lo igual o peor que pueden ser los que están abajo si, a partir de las circunstancias, se ven con cierto poder en las manos. Nadie se salva en esta versión trash de una película que tranquilamente en Argentina podría firmar la dupla Cohn-Duprat: llena de chistes bobos, caracterizaciones evidentes y burlas que no causarían demasiado gracia ni contadas de modo oral.

Hay dos o tres situaciones graciosas, algunos apuntes simpáticos y/o brutales (Woody Harrelson se luce como el alcohólico capitán y el personaje del oligarca ruso es divertido), pero lo demás es un sketch eterno, decadente y degradante que, en su intento de mostrar la vacuidad de la cultura contemporánea (tanto en sus formatos «old money» como en los nuevos de tecnócratas e influencers), no hace más que refritar chistes malos y de repetirlos una y otra vez hasta hacer sentir a los espectadores como si estuvieran secuestrados durante semanas con esa gente horrible y desagradable.

Esta sátira banal, redundante y filmada a las apuradas (muchas escenas parecen improvisadas, personajes vienen y van, hay problemas serios de continuidad, malos encuadres y así) hace parecer a sus anteriores películas como obras maestras del cine. Tampoco lo eran, convengamos, pero Ostlund demuestra que después de un gran éxito (THE SQUARE ganó la Palma de Oro) lo que viene después suele parecerse casi siempre a una caída libre.