Cannes 2022: crítica de «Un varón», de Fabián Hernández (Quincena de Realizadores)

Cannes 2022: crítica de «Un varón», de Fabián Hernández (Quincena de Realizadores)

por - cine, Críticas, Festivales
24 May, 2022 06:30 | Sin comentarios

Esta opera prima colombiana es un tenso y emotivo retrato de un chico que vive en un internado juvenil y siente la presión de sus pares de continuar con una vida criminal que él desea abandonar.


Pocas veces un rostro expresó tanto como el de Carlos (Dylan Felipe Ramírez Espitia), el protagonista excluyente de UN VARON. De rasgos delicados, casi femeninos, pero con un look y una postura masculinas aprendidas por las experiencias en la calle y la necesidad de «hacerse valer» en un mundo donde las apariencias son lo principal, Carlos anda por los barrios duros de Bogotá con la tensión y la angustia visible en cada poro. Cree ser grande, juega el papel y se convence que lo es, pero apenas está en soledad, este chico que aparenta unos 14 años vuelve a ser un niño con temores, asustado, que trata de esconder las lágrimas y el dolor.

UN VARON es una película acerca de la presión social de ser un tipo duro, «con criterio» (dirían en el intrincado y por momentos elegante slang del barrio, plagado de términos impublicables), que sepa manejarse en la vida. En el internado en el que pasa la mayor parte de su tiempo y en el que lo rodean tipos más grandes, duros y con más calle que él, anda con la cadencia adecuada, viste la ropa precisa y se quiere cortar el pelo «bien percho, como un hombre».

Es que es así como Carlos ve a todos los demás y lo que siente que tiene que hacer para mimetizarse con ellos, ser aceptado en el mundo en el que vive. De todos modos, en las secciones (¿pseudo?) documentales que aparecen de vez en cuando en la película, nos damos cuenta que esos «matones» de armas tomar que lo rodean también han tenido que crear personajes para que la calle no se los lleve puestos. No lo dicen, pero algunos tienen familias, bebés que cuidar y miedos que necesitan ocultar para sobrevivir.


En una zona empobrecida y complicada de las afueras de Bogotá como es el barrio San Bernardo, que está en proceso de demolición y supuesta renovación urbana, Carlos va y viene del centro juvenil a esas calles que parecen haber sido casi destruidas por un bombardeo. Y lo que sucede a lo largo de UN VARON es una especie de cuento navideño («la Navidad de los pobres», diría la canción) a través del cual el chico tiene que afrontar una serie de desafíos y temores dentro de ese mandato social de convertirse en un hombre.

Su madre está en la cárcel y su hermana, a la que no le queda otra opción que prostituirse para sobrevivir, está rodeada de un grupo un tanto denso al que Carlos parece ni poder acercarse sin meterse en líos. Su plan es tratar de pasar la Navidad con ella y llamar o visitar a su madre, pero no le es sencillo. En el medio tendrá su celebración con sus compañeros del internado (un momento emotivo, fuerte, una descarga de adrenalina a través del canto y la danza de este ya clásico reggaeton) y una salida a la ciudad con compañeros que, también, lo desafían a «actuar como un hombre» con las chicas cuando en el fondo Carlos solo quiere estar con su familia.

En un momento –entre conversaciones casuales, desafíos, peleas, cortes de pelo y momentos íntimos en los que Carlos revela sus vulnerabilidades y hasta algunas fantasías–, el chico se mete en un problema que lo fuerza a tomar una decisión: una agresión que, según los códigos de la calle, no puede pasar desapercibida y merece una respuesta. Y uno sabe que dar ese paso, de algún modo, es avanzar en un camino del que muy difícilmente se vuelva.

UN VARON no es una película de demasiadas peripecias sino un retrato en primera persona de un chico sensible obligado por las circunstancias a «hacerse macho». Y todo lo que la película tiene para analizar de su mundo y su conflicto pasa por su rostro con la emoción a flor de piel, esa mirada que es penetrante pero también miedosa, la de alguien que todo el tiempo está actuando un papel que no se cree del todo.

Hay una escena –que involucra una llamada telefónica– que resume casi todo el film y que debería valerle algún premio a este notable actor no profesional. En una esquina desangelada y solitaria del barrio (la película tiene una fotografía extraordinaria pero jamás glamoriza el mundo que retrata), Carlos parece descargar allí toda la presión que lleva encima y que esta película intensa, emotiva, desgarradora y de enorme corazón pone en primer plano.

Es inevitable pensar, viéndola, en clásicos relatos como CRONICA DE UN NIÑO SOLO, de Leonardo Favio, que lidiaba también con los problemas de un chico en un internado juvenil. O, más acá en el tiempo, en películas como LAS MIL Y UNA, de Clarisa Navas, que tensionaba asumidos roles de género y ponía en primer plano las presiones sociales existentes en un barrio popular de Corrientes. Y hay muchas otras películas –latinoamericanas, europeas, hasta norteamericanas de ghetto— en las que, más que la violencia en sí, el tema central es la presión de los pares y del propio sistema para perpetuarla, ahí donde la vulnerabilidad es casi una mala palabra y la infancia algo que hay que dejar rápidamente de lado para ser un varón.