Festivales: sobre la retrospectiva Danny Lyon (Play-Doc)

Festivales: sobre la retrospectiva Danny Lyon (Play-Doc)

por - cine, Críticas, Festivales
10 May, 2022 07:30 | Sin comentarios

La obra del fotógrafo y cineasta estadounidense fue parte de una retrospectiva en el festival español Play-Doc. Aquí, unos párrafos sobre sus notables documentales de observación.


Poco conocido en su faceta como cineasta en buena parte del mundo –o al menos para mí–, el sí reconocido fotógrafo estadounidense Danny Lyon ha dedicado buena parte de su carrera a retratar a los descastados, a personas fuera del sistema por algún motivo u otro. La mayoría de sus films –tiene largos, medios y cortometrajes– trabajan sobre los mexicanos radicados en el estado de Nueva México, describiendo sus actividades, sus vidas cotidianas, familiares, sus placeres y problemas, sus estadías en la cárcel, sus conflictos con las autoridades y también sus momentos de ocio, charla y esparcimiento.

Muchas de ellas no tienen un claro eje narrativo y bien podrían ser intercambiables entre sí, especialmente las tres que forman parte de la trilogía filmada en Bernalillo, Nuevo México, entre 1971 y 1985. Cada una, sí, posee una excusa o un disparador argumental que organiza las acciones pero se trata de films como experiencias vivenciales, con una cámara que se mete dentro de las comunidades de una manera que recuerda a la de Frederick Wiseman, aunque en este caso «admitiendo» su propia existencia dentro del relato, de la historia que cuenta, ya que incluye algunas conversaciones a cámara tipo entrevistas. O a Robert Frank, también fotógrafo, contemporáneo y amigo de Lyon con quien su cine claramente se conecta.

Restauradas hace pocos años con una calidad notable, películas de Lyon como LLANITO (1971), LITTLE BOY (1978) y WILLIE (1985) funcionan como retratos comunitarios, como reconocimiento de campo y de las cambiantes condiciones en esa parte del mundo. Sus personajes latinos, chicanos más precisamente –nacidos en América Latina pero ya instalados en Estados Unidos; la mayoría habla en inglés casi todo el tiempo– tienen que lidiar con la constante persecución o la sola presencia de «la migra», la ley y las autoridades. Y si bien más de uno ha cometido algunos delitos, la sensación que las películas dejan es que el ojo está puesto sobre ellos aunque no hagan nada.


Es curioso pero el primer corto que vi de Lyon, llamado SOC. SCI. 127 (1969), tiene poco que ver estéticamente con los demás (es un retrato de un peculiar tatuador de Texas), pero pareciera dejar planteado el tema de la trilogía, ya que el personaje en cuestión se larga con una brutal diatriba contra los «wetbacks», o espaldas mojadas, como llaman a los inmigrantes ilegales a Estados Unidos. Y sobre ellos se ocupa Lyon en la mayoría de sus películas posteriores, casi a modo de reivindicación.

Sus films tienen mucho de foto-reportaje en vivo: uno bien podría imaginar a Lyon capturando esas imágenes y a esos personajes para armar un libro fotográfico pero con otra libertad con los espacios y movimientos, menos estilizados. Si uno entra al sitio oficial de Bleak Beauty –la editorial que vende, ofrece y comercializa su obra– se topará con fotografías, algunos de los films, textos y otros materiales de Lyon relacionados mayormente con estos mismos temas. No sería del todo descabellado conectarlo con algunos de los films de Raúl Perrone (también fotógrafso), especialmente en la manera poética de acercarse a las vidas de jóvenes marginales.

Otra característica sorprendente de los films de Lyon, especialmente para la época, es la falta de una narración guía. No necesariamente en el sentido de la voz en off, sino en la manera en la que las escenas se continúan entre sí no siempre relacionadas en función de causas y consecuencias. No hay una historia que las una sino un universo, una forma de vida y unos personajes que en cierta medida pueden ser intercambiables, más allá de sus específicas historias. Se trata de documentales de corte observacional claramente adelantados a su tiempo en los que el todo se arma a partir de la suma de cada parte.

Hay momentos fuertes y emotivos, muchos ligados a situaciones complejas o carcelarias (especialmente en LITTLE BOY y WILLIE), pero gran parte del tiempo se va en observar un modo de vida que, quizás, no haya cambiado tanto desde entonces hasta ahora. Películas que se viven como una captura in situ, que empiezan en un momento cualquiera que podría ser intercambiable y, en general, así también terminan. En el medio pasan vidas, experiencias, una cultura, una raza, un conflicto político y económico que los apreta y limita, que les niega muchas veces esa idea del «sueño americano» con la que muchos de sus protagonistas cruzaron para terminar, en algunos casos, en las cárceles.

Si la trilogía tiene un ligero eje quizás esté dado por la suerte de Willie, casi un niño en la primera y un adulto encarcelado para la última. Pero no se trata de meterse específicamente en él ni usarlo como ejemplo ni metáfora de nada. Como muchas películas que vuelven sobre personajes y lugares muchos años después (esta trilogía tiene plazos de siete años entre cada rodaje, como aquella serie británica de Michael Apted iniciada con 7UP) lo que encontramos al regresar no siempre nos sorprende. Por más que desconozcamos los detalles y no sepamos lo que va a pasar con cada personaje, el mundo tal como funciona alrededor de todos ellos parece encaminarlos a un destino de encierro, de exclusión y de limitaciones. Las películas, al menos, logran darle voz, imagen y nombres a sus derroteros.