Series: crítica de «Lakers: tiempo de ganar – Temporada 1», de Max Borenstein y Jim Hecht (HBO Max)

Series: crítica de «Lakers: tiempo de ganar – Temporada 1», de Max Borenstein y Jim Hecht (HBO Max)

La primera temporada de la serie dedicada al equipo de Los Angeles Lakers concluyó con el final del campeonato de la NBA 1979/1980, dándole un gran cierre a esta creativa ficción basada en hechos reales.


Enredada en una serie de controversias ligadas a los verdaderos protagonistas de los hechos, quienes no parecen demasiado entusiasmados con la manera en la que se los muestra aquí, culminó la primera temporada de WINNING TIME, la serie de HBO dedicada a recuperar la década en la que Los Angeles Lakers se convirtieron en el mejor equipo de básquetbol del mundo y cambiaron la historia de la NBA, comenzando la etapa de éxito que continúa hasta la actualidad.

Las «quejas» de los protagonistas tienen más que ver en realidad con cuestiones de la vida privada o de «vestuario», más que del juego en sí, ya que la serie producida por Adam McKay se toma bastantes libertades a la hora de mostrar los hábitos personales de los jugadores, técnicos y ejecutivos. Si son o no verdad es otro tema, pero es evidente que a ninguno de ellos les gusta verse retratados consumiendo drogas, en orgías, mostrando sus pésimos modales, caprichos o situaciones de ese tipo. Difícil saber cuánto hay de cierto o de exageración en todo esto, pero el enojo de los jugadores y de algunos dirigentes era previsible, casi parte de la promoción del show.

TIEMPO DE GANAR ha hecho otras modificaciones ligadas a la lógica de los partidos, algunos resultados, tensiones internas cambiadas o exageradas, pero siempre dentro de la perspectiva dramática que una serie necesita. Es evidente que un resultado 104-103 es más tenso que un 108-103 y que una disputa o pelea que tuvo lugar en un partido aparezca en otro porque funciona mejor en términos narrativos. No se supone que la serie sea un documental. De entrada queda claro que la búsqueda es otra. Entre leyenda y realidad, como dice la frase, acá se imprime la leyenda.


La serie, que parecía avanzar muy paso a paso al principio, adelantó rápidamente casi toda la temporada basquetbolística apoyándose en una serie de ejes conflictivos: el accidente de Jack McKinney (un excelente Tracy Letts) que llevó a Paul Westhead (Jason Segel) de técnico y a Pat Riley (Adrien Brody) de asistente; los problemas internos en el equipo entre Kareem Abdul-Jabbar (Solomon Hughes), «Magic» Johnson (Quincy Isaiah) y Spencer Haywood, que en la vida real sí planeó matar a Westhead; los conflictos económicos y familiares del dueño del club, el Dr. Jerry Buss (John C. Reilly), su hija Jeanie (Hadley Robinson) y su madre Jessie (Sally Field), cuya frágil salud fue el punto clave del episodio 9 y repercutirá en el décimo.

El último episodio está dedicado, previsiblemente, a las finales de la NBA que los Lakers jugaron contra los 76ers de Filadelfia (los Boston Celtics de Larry Bird no llegaron a la final, pero la serie no abandona esa rivalidad jamás). El racconto de los hechos arranca en el quinto partido, estando 2-2 tras los anteriores, y en el momento exacto en el que todo cambió o pudo haber cambiado: la lesión en el tobillo de Kareem. Los que no conocen la historia podrán verla o googlearla y no la spoilearé por aquí, pero más allá de algunos cambios específicos (y un emotivo flashback insertado en el medio), se la cuenta de una manera bastante similar a cómo sucedió, incluyendo algunas controversias respecto a quién fue el MVP de esa final.

De todos los episodios es el que más se muestra al deporte en sí, fuera de breves momentos o entrenamientos, ya que el eje es el sexto partido. Y en ese sentido la serie hace casi milagros para generar un facsimil bastante digno de un partido de básquetbol de esa época. Es claro que el montaje, la sucia fotografía en 16mm (o video, todo el tiempo se va cambiando) y específicos ángulos de cámara sirven para disfrazar bastante bien la situación, pero hay que admitir que muchos de los actores de la serie pueden «disimular» bastante bien que saben jugar.

Más allá de eso, esta muy buena serie logró crear una galería de extraños y extravagantes personajes, empezando por el «colorido» Buss, una de esas criaturas más grandes que la vida que demuestran que la realidad muchas veces le gana a la ficción. Isaiah como Magic es también una revelación, sacando a la perfección la mezcla de simpatía y competitividad del jugador. Y el resto del elenco de notables actores –empezando por Sally Field y los ya nombrados Brody, Segel y Letts, pero incluyendo también a Julianne Nicholson, Gaby Hoffmann y Jason Clarke, entre otros– le aporta a la serie un grado de credibilidad que logra que aceptemos sus excesos de puesta en escena.

De todos modos, los que vieron apenas unos episodios y se sintieron abrumados por esos excesos (hablar a cámara, datos en pantalla, cambios de stock fotográfico, ángulos rarísimos y cortes imprevistos y más) y quizás se cansaron de ese estilo tan McKay, deberían saber que de a poco van desapareciendo o bajando en cantidad. Sí, están hasta en la escena final, pero ya incorporados como parte del dispositivo creativo de la serie.

Pero lo principal es que WINNING TIME gana en emoción. Más allá de todos los dispositivos narrativos y la parafernalia de vestuario, escenografía y arte, para el final uno ha conectado con sus protagonistas, por más conflictivos que cada uno a su manera sea, y disfruta de sus hazañas y sufre con sus inconvenientes. Y esa es la muestra clara de que la propuesta funciona. La realidad pudo haber sido un poco distinta, pero la esencia del drama pasa por lograr conmovernos con esos mismos elementos, aún ligeramente alterados. No es un programa de periodismo deportivo ni un documental histórico. Es una muy convincente, atractiva y divertida serie de ficción basada en hechos muy reales.