Series: crítica de «Loot», de Alan Yang & Matt Hubbard (Apple TV+)

Series: crítica de «Loot», de Alan Yang & Matt Hubbard (Apple TV+)

Maya Rudolph interpreta a una multimillonaria que, tras su divorcio, decide reencauzar su vida encabezando una fundación que ayuda a gente necesitada. Pero el mundo real le queda mucho más lejos de lo que supone. Estreno de Apple TV+, con un episodio nuevo cada viernes.

Una combinación entre series del tipo THE OFFICE o PARKS AND RECREATION con un probado concepto de «pez fuera del agua» que a Apple TV+ le ha funcionado muy bien en TED LASSO, la nueva serie de Alan Yang (MASTER OF NONE) puede ser vista como una «comedia de oficina» de gran presupuesto, con un personaje como Molly Novak (Maya Rudolph) como la un poco desubicada, siempre torpe pero a la vez bienintencionada jefa, un poco a la manera de sus pares de las series citadas anteriormente. Solo que ella tiene una gran diferencia con los demás. Es multimillonaria.

Todo comienza cuando la mujer, que vive entre sus lujosas once casas, sus varias piscinas, barcos y helicópteros descubre que su marido, John Novak (Adam Scott, que estuvo en PARKS & REC y ahora protagoniza la extraordinaria SEVERANCE, también de Apple TV+), un inventor de códigos de programación vuelto gurú del mundo online, la engaña con una mujer mucho más joven que ella. Molly decide divorciarse y su parte de la fortuna ronda los 87 mil millones de dólares. Digamos que la mujer no tiene necesidad de trabajar ni nada parecido: los mejores chefs le cocinan su desayuno (David Chang trabaja en su casa), se codea con celebridades (hay varios cameos y menciones) y se pasa su primera etapa post-divorcio de fiesta en fiesta. Hasta que, bueno, se aburre.

Es así que un día la llaman de una fundación que ayuda a gente necesitada y sin hogar en Los Angeles, fundación de la que ella es dueña y que lleva su nombre, pero que ella ni siquiera sabía que existía. Como tantas cosas que la rodean, Molly irá descubriendo que controla muchos más negocios y tiene mucho más poder en el mundo real que el que supone. Uno que va más allá de los lujos, los yates, los comentarios en la prensa amarilla y las posibilidad de comprar lo que quiera y cuando quiera. Es así que la mujer se involucra, un poco para salir del mal momento emocional y la mala prensa por algunos desbandes, en esta ONG. Claro que no tiene idea qué debe hacer ahí y en su primera aparición pública les regala gift bags de marcas caras a gente sin hogar.


LOOT se irá centrando en los cambios, lentos, de Molly y en las relaciones que establece en la nueva oficina. Y los personajes allí serán bastante parecidos a los de otras «comedias de oficina». Manejada por la severa Sofía (Michaela Jaé Rodriguez), la Fundación Wells (por el apellido de soltera de Molly, que vuelve a usar) agrupa a una serie de personajes muy diversos que, de un día para el otro, tienen que convivir en su lugar de trabajo con esta diva que trata, la mayor parte de las veces sin suerte, de parecer y actuar como una persona normal preocupada por los problemas del mundo real.

Acompañada por su asistente personal Nicholas (Joel Kim Booster, de la reciente FIRE ISLAND), a quien claramente no le gusta nada estar en ese lugar con tanta gente «común», Molly empieza a relacionarse con Sofía, de la que aprende bastante respecto a los problemas reales de la gente. A la vez, la siempre ocupada y preocupada chica empieza a mostrar un cierto gusto por los lujos que le permite la relación con su nueva jefa. También trabaja allí un sobrino de Molly –uno que ella no recordaba su existencia siquiera–, llamado Howard (Ron Funches), un poco torpe pero tierno y obsesionado con Dragon Ball. Será él quien encuentre una conexión con el fastidiado Nicholas. En tanto Arthur (Nat Faxon), el tímido contador de la compañía, se irá acercando a ella primero desde la fascinación por tener a una celebridad cerca pero luego quizás con otras intenciones.

LOOT se maneja en el conflicto que existen entre los millones, las torpezas públicas de Molly y los desastres que hacen sus compañías y la necesidad de su fundación de lucir seria y ocupada por la vida real de la gente con dificultades. Quizás lo mejor de esta serie que todavía no parece encontrar del todo su tono –tiene momentos divertidos pero otros completamente olvidables– tiene que ver con la ambigüedad que los trabajadores sociales, los medios supuestamente serios y hasta los políticos y autoridades tienen con personajes como Molly. Dicho de otro modo: profesan odiar a este tipo de gente pero les fascina estar cerca suyo y, gracias a eso, la prensa que la mujer genera puede ser aprovechada a favor de «una buena causa».

Por ahora, sin embargo, eso es lo de menos. Yang está más preocupado por armar las relaciones en la empresa y por divertirse a expensas de los faux pas de Molly. Solo algunas de sus entrevistas (como la que tiene en esta serie de YouTube) son hilarantes por la enormidad de su desubicación y falta de tacto. De a poco, sin embargo, algo más cálido empieza a activarse aquí, incluyéndola principalmente a ella. Y si bien la serie sigue luchando con su tono y tratando de encontrar un punto justo para sus personajes, da la sensación de que con el correr de sus episodios lo va logrando. Si tiene la oportunidad de continuar una segunda temporada, probablemente encuentre ahí su verdadero ritmo. Muchas series similares (incluida la clásica THE OFFICE) tardaron eso en encontrar su punto justo. Tal vez es difícil que ese milagro se repita aquí, pero las puertas están abiertas.