Estrenos online: crítica de «París, Distrito 13», de Jacques Audiard (MUBI)

Estrenos online: crítica de «París, Distrito 13», de Jacques Audiard (MUBI)

Esta comedia dramática en estilizado blanco y negro se centra en las idas y vueltas románticas y sexuales de un grupo de personas en un complejo habitacional parisino. Estrena MUBI el viernes 2 de septiembre.


Filmada en un contrastado blanco y negro y en una locación tan particular como es el complejo edilicio parisino conocido como «Les Olympiades», uno podría deducir que la nueva película de Jacques Audiard, el realizador de UN PROFETA, lo devolverá al territorio del realismo puro y duro de aquel film luego de unos cuántos experimentos estilísticos y genéricos. Pero no es eso lo que tiene en mente el realizador en PARIS, DISTRITO 13 –traducción del título internacional con el que se estrena acá a través de MUBI– sino algo más estilizado y físico, más parecido a una refinada novela romántica/erótica que a cualquier cosa ligada a la vida en los cambiantes barrios de los márgenes geográficos de la capital francesa.

Todo empieza a tener un poco más de sentido cuando uno se entera que la película está basada en una novela gráfica del estadounidense Adrian Tomine, que originalmente transcurre en ese país y que consiste en varias historias breves de las cuales Audiard –y su equipo de guionistas de lujo compuesto por Léa Mysius y Céline Sciamma– adapta algunas y las traslada de continente, a un lugar cuya precisa arquitectura y cercanía con una universidad apenas sirve de marco y, quizás, justificación para que determinados personajes se crucen entre sí.

Más cerca de SHORT CUTS –en la que Robert Altman adaptó cuentos cortos de Raymond Carver, clara influencia de Tomine– que de cualquier cosa que se parezca a la «nouvelle vague» (lo más francés que tiene la película es su franqueza sexual), PARIS, DISTRITO 13 arranca dando confusas señales de qué tipo de película pretende ser, pero pronto queda claro que el film poco y nada tendrá que ver con el realismo social, más allá de su «multiétnico» trío protagónico y algunos detalles contextuales.


En principio parece ser la historia de Emilie (Lucie Zhang), una joven francesa de ascendencia china que trabaja en un call-center y vive en un departamento que pertenece a su abuela en uno de esos enormes complejos habitacionales. Emilie quiere subalquilar un cuarto de esa casa y el primero el contestar ese aviso es Camille (Makita Samba), que no es una mujer –como Emilie suponía al ver el nombre– sino un profesor de escuela, afrodescendiente y que ella encuentra muy atractivo.

La chica primero duda si aceptarlo o no, pero tras unas cervezas y varias bromas, no solo lo toma como roommate sino que inicia con él una maratón sexual que parece seguir de largo durante un par de semanas en continuado. Hasta que él se cansa o algo así. O ella quiere algo que él no está dispuesto a darle. O los tiempos no cuajan. O a él le gusta otra o ella prefiere conectar con tipos más casualmente mediante aplicaciones. Lo cierto es que la convivencia se complica. Y todo parece indicar que la cosa no va a funcionar.

La película corta ahí a otra historia, una que empieza con una cam-girl haciendo su show online para sus clientes. Su nom de guerre es Amber Sweet (Jehnny Beth) y pronto nos daremos cuenta que es bastante famosa, al menos entre los estudiantes universitarios. La que no lo sabe es Nora (Noémie Merlant, de RETRATO DE UNA MUJER EN LLAMAS), que llega a París desde Bordeaux para retomar sus estudios en la Pantheon-Sorbonne, vecina a Olympiades. En una fiesta con compañeros de la facultad Nora se pone una peluca rubia que la hace lucir idéntica a la estrella porno en cuestión y todos sus compañeros se convencen que es la tal Amber Sweet y se burlan por lo bajo (y no tan por lo bajo) de ella.

Suponiendo que algo así pueda suceder en una universidad francesa (aquí se nota la transposición de país de la historia) y que nadie se toma nunca el trabajo de hacer zoom a alguna foto o video (las chicas son parecidas, pero tampoco tanto), a Nora se le hace la vida imposible allí y decide dejar «la fac». Pasado un mes, la chica terminará trabajando en una inmobiliaria de la zona en la que su jefe no será otro que el apuesto Camille. Y, a la vez, intentará conectarse con la verdadera Amber Sweet para compartirle, quizás, lo que le está pasando. O, yendo aún más lejos, su larga historia de problemas sexuales.

Todo esto derivará en una serie de cruces románticos, sudorosas escenas de sexo, tensiones cohabitacionales, problemas familiares y desencuentros varios en una película que parece una versión softcore de esas Comedias y Proverbios de Eric Rohmer que transcurrían en similares escenarios «modernos» de los suburbios parisinos. Lo curioso es que el distrito en cuestión –más allá de lo comentado anteriormente y, sí, de las «metáforas» de la modernidad y sus contradicciones– no tiene mucho que aportar aquí y cuesta entender el motivo por el que se eligió a la locación como título cuando prácticamente todo transcurre casi por completo en departamentos. Bah, en camas.

Una comedia dramática sobre las idas y vueltas del deseo y las dificultades del romance en tiempos de relaciones virtuales, PARIS, DISTRITO 13 tampoco ofrece personajes lo suficientemente complejos como para que la curiosidad o la tensión se sostengan por ese lado. Y los diálogos tampoco se caracterizan ni por un virtuosismo rohmeriano ni por una perspicacia más cercana a la de Woody Allen. Si bien en ciertos momentos la película pareciera encontrar su tono y su tempo (más que nada cuando Nora empieza a conectar con Camille), pronto vuelve a caer en su propia trampa, pero ya en una versión más complicada de descifrar, al menos en relación a los comportamientos de los personajes.

El estilizado blanco y negro nos da todo el tiempo la sensación de que estamos viendo una «elegante» película francesa de autor, pero si uno le saca esa capa de inane pretensión de prestigio, con lo que se queda es con un culebrón erótico no muy distinto al de películas mucho más convencionales. De hecho, si Audiard hubiese adoptado directamente ese tono un tanto más trash (pienso en el cine de Paul Verhoeven, por ejemplo), su película habría sido más fresca y divertida. Así, es un Wong Kar-wai para «valijeros«. O, como también decían en los años ’70 y ’80, «una peli erótica… pero con trama«.