Series: reseña de «La casa del dragón – Temporada 1/Episodio 1», de Miguel Sapochnik y Ryan Condal (HBO)

Series: reseña de «La casa del dragón – Temporada 1/Episodio 1», de Miguel Sapochnik y Ryan Condal (HBO)

Un inicio sobrio, lleno de intrigas palaciegas y una cruenta tragedia, da inicio a otro episodio de la saga basada en las novelas de George R.R. Martin que transcurre dos siglos antes de los hechos de «Game of Thrones». Por HBO y HBO Max.

Una suerte de reencuentro familiar –más con lugares y apellidos que con personas concretas–, este primer episodio de LA CASA DEL DRAGON resuena positivamente al apelar al corazón de la saga, como son las intrigas palaciegas y el drama familiar, más que a la confusa y belicosa espectacularidad con la que terminó JUEGO DE TRONOS. Si bien es evidente que las cosas marcharán hacia allí ya que el primer episodio concluyó casi con una velada declaración de guerra –y con dragones por ambos lados–, hubo algo de elegante gracia en la idea de retomar la serie de un modo más cercano a lo que era aquella en un principio: un complicado y tortuoso universo de intereses enfrentados, de tragedias personales, de familiares convertidos en rivales y de tensiones que se adivinan en un rostro o una mirada. Claro, los dragones están ahí, haciendo su espectáculo volador o funcionando como una suerte de crematorio express, pero por ahora podemos contentarnos con un drama de cámara, de decisiones controvertidas y tragedias que llegarán a Westeros mucho más rápido que el invierno.

Cada uno podía elegir, allá en los años de Daenerys, Cersei y compañía, cuál era su GAME OF THRONES preferido, si el impactante y bélico de la espectacularidad visual y los efectos especiales o el tortuoso, enredado pero humanamente reconocible de los conflictos intra e interfamiliares. Cuando las dos cosas coincidían o se conjugaban de un modo creíble, la serie tenía momentos perfectos e inolvidables. En otros podía perderse en el rompecabezas de relaciones o en la espectacularidad hueca, puro efecto e impacto. HOUSE OF DRAGONS parece empezar entendiendo esto, comprendiendo que el impacto que producen los dragones no es más que una extensión metafórica de los conflictos humanos. Y mientras esa perspectiva no se pierda (o no se pierda del todo) estamos en manos competentes.

Con el hijo de argentinos Sapochnik (sí, el primo de Martín Caparrós) al comando –o al co-comando– de esta nueva saga, la confianza está depositada en lo más alto, ya que sus episodios de JUEGO DE TRONOS están entre los mejores de esa serie. Pero este que da inicia a LA CASA DEL DRAGON poco tiene que ver con el impacto de aquellos. SPOILERS DE ACA EN ADELANTE. Transcurre aproximadamente 200 años antes de los sucesos de aquella y comienza –como lo hacía aquella serie también– con un perfil un tanto más bajo. Aquí son los Targaryen los que controlan Westeros, con el Rey Viserys (Paddy Considine) al comando de las acciones, un aparentemente sereno y cauto monarca que sigue manteniendo la paz de su predecesor, Jaehaerys Targaryen, que gobernó durante décadas de aparente calma.


El problema que se le presenta a Viserys es que no tiene un hijo varón para que lo suceda. Y toda su esperanza está depositada en el embarazo de su sufrida esposa, que ya ha perdido varios. Tienen solo una hija, la Princesa Rhaenyra (Milly Alcock), y nadie allí la imagina como su sucesora. Al contrario, todos ven a Daemon (Matt Smith, con pelo largo y luciendo como una versión madura del futbolista Erling Haaland) como su sucesor, aunque el tipo –que está a cargo de la Guardia de la Ciudad– tiene más pasta de violento y fascistoide guerrero que de mesurado rey. O, claro, al bebé que está por venir.

Pero, bueno, pasan cosas. La Reina Aemma Arryn (Sian Brooke) muere en el brutal parto y su bebé apenas sobrevive unos segundos. Y a Viserys no le queda otra que decidirse entre su hermano y su hija. Acá entra a jugar fuerte su concejo, que incluye a Lord Corlys Velaryon (Steve Toussaint), al propio Daemon y a la «mano del Rey», Otto Hightower (Rhys Ifans), muy influyente allí. Otto tiene, además, una hija llamada Alicent (Emily Carey), que es muy amiga de Rhaenyra, pero a la que su padre lleva a ir estableciendo una relación con el dolorido rey (por ahora, digamos, amistosa, de solidaridad en el duelo) que promete futuros conflictos. Y la que sigue observando todo viendo cuándo y cómo participar es Rhaenys (Eve Best), hermana de Viserys, quien fue pasada por alto cuando su padre, Jaehaerys, se decidió por su hijo varón.

A la vez, para calmar a los sedientos de acción, hay un torneo violento con enfrentamientos brutales entre caballeros y vemos a Daemon y a su gente funcionar como «vigilantes» de la ciudad matando a criminales, cortando el brazo de ladrones y otras clásicos hábitos de los que nunca oyeron nombrar la clásica frase «tendrás un juicio justo». Además, en una ahora cuestionable (por el propio rey) orgía, los muchachos de la Guardia Ciudadana, cual policía descontrolada, tienen su festín con varias mujeres de la zona, filmada con mucho más «cuidado» que las originales y criticadas de GoT.

Si de algo peca de forma evidente LA CASA DEL DRAGON es de presentar algunos de sus temas de manera muy directa, repitiendo una y otra vez en distintas circunstancias las dificultades que produce la idea de que una mujer sea reina, tenga poder y no se contente con ser una fiel esposa y tener un hijo tras otro como solía ser la costumbre. Es más que claro al ver los personajes y la manera en la que se despliega la trama que ese será un tema central, por lo que poner el concepto en boca de varios personajes es desconfiar de la inteligencia de los espectadores, que a esta altura saben darse cuenta solos que un fuerte eje de la serie pasará por ahí.

Pero es entendible, en cierto modo, que un episodio de presentación peque de explicativo y didáctico, especialmente tomando en cuenta el complicado historial de la saga de George R.R. Martin con todas sus casas, rivalidades, familias y conflictos. Es un inicio relativamente sobrio (tomando en cuenta el contexto) y bastante promisorio de una serie que, como se sabe, puede desbarrancar, convertirse en un furor con el correr de los años o las dos cosas juntas. Y lo que sí es seguro, es que ya desde las escenografías, los vestuarios, la música y el universo de intrigas palaciegas que propone, el espectador de JUEGO DE TRONOS se sentirá como en su casa. Con más dragones, sí, pero con las traiciones y los puñales por la espalda que hacen el mismo daño de siempre.