Estrenos online: crítica de «Rubia», de Andrew Dominik (Netflix)

Estrenos online: crítica de «Rubia», de Andrew Dominik (Netflix)

Esta muy personal y ambiciosa biografía de Marilyn Monroe cuenta la historia de una chica atormentada escondida detrás del mítico personaje. Con Ana de Armas, Bobby Cannavale y Adrien Brody. Estreno: 28 de septiembre en Netflix.


Hay biografías cinematográficas que se hacen de afuera hacia adentro, que se apoyan en grandes eventos en la vida de una persona y buscan contarlos desde alguna perspectiva singular. Otros eligen un camino totalmente inverso, dejando por completo esos «grandes éxitos» y focalizando su atención en un hecho determinado que puede ser relevante a la hora de entender al personaje en cuestión. BLONDE opera desde los dos ángulos a la vez: no abandona del todo los hechos clave pero se cuenta desde adentro del personaje como si todo lo que se observa fuera una alucinación, una pesadilla, la película de una vida.

Pese a basarse en un libro célebre de Joyce Carol Oates que se ha tomado muchas libertades con la historia real de Marilyn Monroe, RUBIA se vivencia como una autobiografía, una inmersión psicológica en la vida de una torturada estrella de cine que nunca parece dimensionar muy bien lo que le está sucediendo, que lo vive como un juego extraño en el que todos tratan de usarla y manipularla. Visto desde esa perspectiva, es un mundo monstruoso en el que no se salva nadie: Hollywood como una película de terror y Marilyn como la pequeña Dorothy metida en la versión más fantasmal y grotesca de Oz. 

BLONDE no apuesta por el realismo. Está contada como una larga sesión de terapia psicoanalítica desde el punto de vista de una niña dañada (por su madre enferma, su padre abandónico) que va atravesando etapas del más tenebroso de los juegos de rol: un Hollywood más parecido al del MULHOLLAND DRIVE, de David Lynch, que al de la historia oficial. No es una fábrica de sueños sino una de pesadillas. Es Norma Jeane haciendo de Marilyn, interpretando a un papel dentro de otro y tratando, sin suerte, de volver a ser ella misma, de ser considerada como algo más que una rubia sexy y tonta pero sin poder lograrlo. En algún punto de sus casi 170 minutos la película se enredará demasiado en sus aspectos más brutales y, como una sesión de terapia que se extendió más de la cuenta, uno se sentirá abrumado ante tanta angustia acumulada y necesitará un respiro. Quizás, ver una comedia con Marilyn Monroe…


RUBIA comienza con la infancia de Norma Jeane, una serie de experiencias propias del cine de terror más brutal: una niña a merced de una madre psicológicamente destrozada (Julianne Nicholson) que las vive poniendo a ambas en riesgo de muerte, especialmente a la impresionable pequeña. Hay un padre ausente (un actor famoso, en apariencia, pero quizás solo sea un invento o alucinación de la madre) que moviliza a la ya adolescente Norma, que vivió gran parte de esa etapa en un orfanato, a irse a probar suerte en Hollywood.

Pero Norma enseguida se dará cuenta –en esa etapa previa a la fama– que la industria del cine tiene mucho de antro prostibulario, que detrás de los flashes existe una jungla de abusadores a la caza de jóvenes inocentes con sueños de fama, incluyendo jefes de estudios que no se nombran pero que se conocen. Estos «padrinos» de los futuros Harvey Weinstein del mundo le van marcando el territorio a esta chica desesperada por una figura paterna y de autoridad, lo que la hará caer en las peores manos posibles.

Dominik saltará de allí a la etapa más conocida de la actriz, a principios de los años ’50, en la que su conflicto pasará por empezar a ser tratada seriamente en su profesión. En cada sesión de casting, cada ensayo, uno verá no solo el talento natural de la chica sino lo poco que parece importarles a los ejecutivos, productores y hasta directores que la observan, quienes tras una larga escena de desgarro emocional de la chica solo comentarán, lascivamente, su aspecto al verla salir del lugar. Norma sabe esto, claro, y en algún momento empieza a jugar ese juego, sin más posibilidades que caer en esa trampa y aprovechar algunos de los beneficios. Es la única opción posible, parece, asumirse como Marilyn ante los flashes.

Dominik le dará un amplio espacio a su vida sexual, al curioso triángulo que arma con dos hijos de famosas celebridades (los de Charles Chaplin y Edward G. Robinson) y a tres de sus relaciones más conocidas. La de Joe DiMaggio (Bobby Cannavale), la leyenda del béisbol; el autor teatral Arthur Miller (Adrien Brody) y el presidente John F. Kennedy, acaso la más perturbadora y desagradable de las tres. Con las anteriores, en realidad, el choque siempre pasaba por la diferencia entre la Marilyn pública y la niña asustada que en el fondo era Norma Jeane, algo con lo que sus maridos jamás pudieron lidiar. La famosa escena de la falda al viento de Marilyn explica muy bien el fenómeno y la distancia entre el mito y la realidad.

La decadencia psicológica de la chica tomará una buena hora de película y ahí Dominik entrará ya en un territorio un tanto grotesco, al borde de lo patético. De los consumos de drogas y maltratos varios pasando por la gráfica manera de mostrar sus fallidos o accidentalmente terminados embarazos, el realizador de KILLING ME SOFTLY no sabrá bien cómo cerrar sin ampulosidad lo que supo construir en sus primeras dos horas de película. Es que se trata de un director de esos a los que le gusta hacerse notar, escuchar el sonido de su propia voz y en algún momento se enreda en la interminable decadencia de la, a esa altura, icónico personaje.

Dominik pasa del color al blanco y negro, cambia formatos, combina estilos y mueve la cámara como si estuviera adentro de la atracción más terrorífica de un parque de diversiones. Es un cineasta inquieto, creativo, con muchas ideas visuales que quiere a toda costa evitar el cliché. Lo logra, es cierto, aunque no todas sus elecciones sean las adecuadas y algunas muy poco felices. Pero en esta calesita del horror, en esta fábula de Caperucita Roja frente a docenas de lobos feroces, las palmas se las lleva Ana de Armas, la verdadera revelación de esta singular, ambiciosa y por momentos notable película. La actriz realiza una interpretación en carne viva, al borde de la implosión, de la desintegración, del desgarro. La chica parece poseída por el espíritu de Norma Jeane. No es una imitación sino una encarnación en el sentido más religioso de esa bendita palabra.