Festival de San Sebastián 2022: crítica de «Dos estaciones», de Juan Pablo González (Horizontes Latinos)

Festival de San Sebastián 2022: crítica de «Dos estaciones», de Juan Pablo González (Horizontes Latinos)

por - cine, Críticas, Festivales
08 Sep, 2022 10:05 | Sin comentarios

Este premiado film mexicano describe, a partir de la relación entre la dueña de una destilería y una nueva empleada, la complicada situación de la industria del tequila en México.

Una destilería de tequila en el estado de Jalisco, México, es el centro de la trama de DOS ESTACIONES, una película mexicana que toma como punto de partida ese ámbito para hablar de los cambios económicos y culturales en esa región, tomando esa industria como ejemplo de una transición de lo artesanal/familiar a lo industrial y global. Pero si bien su director viene del mundo de los documentales (su anterior película, CABALLERANGO, de 2018, es precisamente eso), su nueva película, ya premiada en diversos festivales desde su estreno en Sundance a principios de este año, elige el camino de la ficción para contar su historia.

Es que DOS ESTACIONES logra acercarse a ese mundo no de una manera didáctica o informativa sino a través de sus personajes, de la relación que se establece entre ellos y cómo eso se relaciona con el mundo en el que viven. Teresa Sánchez interpreta a María, la dueña de la destilería en cuestión, una empresa familiar que creció hasta volverse importante pero que hoy atraviesa una fuerte crisis económica que la obliga a reducir personal y a tratar de encontrar la forma de sobrevivir frente a la competencia. María es una mujer seria, severa, quizás tímida y de pocas palabras, que no se ha casado ni tiene hijos. En apariencia, la producción de tequila es su vida y no tiene tiempo para nada más. Pero quizás haya más asuntos circulando alrededor de eso.

En una reunión familiar se encuentra con Rafaela (Rafaela Fuentes), una mujer más joven a la que han despedido de otra fábrica y que está buscando trabajar. María le dice que le encantaría contar con ella, pero que no tiene presupuesto para contratarla. Necesitada de trabajo, Rafaela acepta un salario menor, casa y comida, convirtiéndose así en la administradora del lugar, tratando de ayudar en su recuperación. Pero es claro, al menos para María, que hay otros elementos en juego allí, unos que González maneja con inusual sutileza.


DOS ESTACIONES narrará la relación entre estas dos mujeres y el resto de los esforzados trabajadores de la empresa mientras tratan de mantener la compañía a flote, con recortes salariales, problemas de producción (la amenaza de hongos, sin ir más lejos) y la competencia de grandes empresas multinacionales que se han posicionado en el lugar con muchos más recursos. Es en las descripciones de estas relaciones –que incluyen otros personajes, que abren el panorama aún más hacia una mirada LGBT-friendly de este universo– y en la manera un tanto lírica en la que González muestra los escenarios que rodean a la fábrica donde la película encuentra su pulso, su ritmo y sus pudorosas emociones.

El drama personal –la mezcla de intensidad e incomodidad– que atraviesa María en su vida íntima es uno de los ejes que se desarrollan a lo largo de la película, otorgándole un novedoso punto de vista para una industria por lo general dominada por hombres. Es claro su interés por Rafaela, pero le cuesta mucho expresarlo y en general prefiere reprimirlo. El otro, de un modo comparable con la película española ALCARRAS, es el testimonio de un modo de trabajo, de producción y de un sistema familiar extendido por generaciones que va camino a desaparecer ante el peso y la lógica productiva del mercado.