Festival de San Sebastián 2022: crítica de «Suro», de Mikel Gurrea (Competencia)

Festival de San Sebastián 2022: crítica de «Suro», de Mikel Gurrea (Competencia)

por - cine, Críticas, Festivales
20 Sep, 2022 06:38 | Sin comentarios

Una pareja recién casada se muda a una casa de campo en Cataluña y, una vez allí, se ve en problemas para lidiar con las complicaciones de la vida rural que se le presentan.

Las contradicciones del progresismo es, quizás, el tema central de SURO, una mezcla de drama matrimonial y thriller social realizado en Cataluña por parte de un realizador de origen donostiarra. Es un film que problematiza la relación que existe entre una burguesía que, en los papeles y discursos, se pretende «de izquierdas» pero que, cuando se ve metida en situaciones potencialmente complicadas, dejan en evidencia que una cosa son las palabras y otra los hechos.

Los protagonistas de SURO son Helena (Vicky Luengo) e Iván (Pol López), que se han casado y han tomado la decisión de irse a vivir a una masía en el Alto Ampurdán, en el noreste de Cataluña, restaurando el gran caserón de una tía de Helena, que ella ha heredado. Allí piensan tener y criar a su hijo (ella está embarazada), alejados de las presiones y el caos urbano. Y si bien hay amenazas y peligros naturales (la sequía y los potenciales incendios forestales), al principio todo parece ideal y soñado: el paisaje, la tranquilidad y hasta el burro que vino incluido en la herencia.

Pero los problemas no tardan en aparecer y complicar la relación entre la pareja y la de cada uno de ellos con el mundo con el que ahora les toca lidiar. Es que en la finca que poseen se puede ganar buen dinero mediante la extracción del corcho de los alcornoques, un proceso manual y tradicional que se hace en la zona hace siglos. La pareja recibe «una oferta que no puede rechazar» de parte de un «emprendedor» local, que les asegura un rédito de 20 mil euros y él se ocupa de todo el asunto, incluyendo salarios y demás. Los nuevos dueños de la finca dudan de la propuesta pero terminan aceptando y poco después cae un grupo de gente a trabajar en el lugar.


Iván, un poco tratando de mostrar alguna antigua idea de «hombría» o quizás para controlar a los que trabajan, se suma al grupo que pela los árboles en cuestión cuidadosamente con unas hachas y apilan la corteza con la que se hace el corcho. Pero pronto nota que el grupo de trabajo que está en la finca incluye, además de algunos trabajadores españoles, a varios inmigrantes sin permiso de trabajo que están «en negro». Y a la pareja la situación la pone un tanto incómoda ya que temen que eso pueda traerle problemas a ellos.

De allí en adelante, Helena e Iván empezarán a tener diferencias acerca de cómo lidiar con lo que va pasando en la «saca», algo que se acrecentará cuando el eje del conflicto pase por el más joven de los inmigrantes marroquíes, que es inexperto y un tanto más desafiante que sus compañeros. Los problemas con los distintos grupos de trabajadores, además de las diferentes ideas que cada uno de ellos tiene acerca de cómo reformar la casona, van intensificando el conflicto hasta que en un momento estarán casi todos enfrentados entre sí. Y si a eso se le suma los potenciales problemas climáticos es claro que en SURO todo parece estar a punto de explotar.

La película toca claramente un nervio de la época, ligado a un retorno al campo y a lo natural (temática persistente en el cine español de este año, empezando por la también catalana ALCARRÀS) pero en este caso uno hecho por parte de una burguesía urbana que vive con cierta culpa o pudor el hecho de que, en el fondo, son versiones modernas de los viejos terratenientes. Quizás no lo vean así o no lo quieran admitir, pero parejas como las que componen Helena e Iván son precisamente eso: patrones disfrazados de «compañeros», progres de diseño, que tienen una relación con el mundo real más intelectual que otra cosa.

SURO es una película inteligente en su visión del problema pero a la que se le complica el armado cuando su guión necesita conflicto e intensidad. Es que, para lograrlos, Gurrea por momentos mueve las piezas del tablero de un modo muy arbitrario y contradictorio: las posiciones de Iván y Helena respecto a qué hacer ante determinadas situaciones parece cambiar de un momento a otro, los problemas se apilan de un modo un tanto caprichoso y la lógica se tira por la borda en pos de la potencia dramática. Y eso, sumado a una extensión de casi dos horas, daña un poco lo que durante un buen rato venía siendo una notable construcción de los personajes y de sus contradicciones.

De todos modos, los problemas de su segunda hora no arruinan del todo lo que es una muy perceptiva mirada a los conflictos y decisiones de una generación que debe lidiar con un mundo –el rural, con sus problemas específicos– que solo conoce como idea, como meta de realización personal, incluyendo una interesante mirada sobre los roles de género arquetípicos que entran en cuestión aquí también. La pandemia puede haber generado una enorme movida de «retorno a lo natural», pero el cambio es bastante más complejo que uno de dirección postal. A estos personajes, al menos, la realidad los hace enfrentarse, cara a cara, con sus propias limitaciones.