Viennale 2022: crítica de «Women Talking», de Sarah Polley

Viennale 2022: crítica de «Women Talking», de Sarah Polley

por - cine, Críticas, Festivales
22 Oct, 2022 04:44 | 1 comentario

Un grupo de mujeres de una colonia religiosa se reúne para decidir qué actitud tomar cuando descubren que unos hombres de su propia comunidad han violado a muchas de ellas. Con Rooney Mara, Claire Foy y Jessie Buckley.

El afterschool special es un concepto muy arraigado en la cultura norteamericana, caracterizado por películas educativas pensadas para un público escolar, adolescente, en las que se trata de enseñarles algunas importantes lecciones sobre la vida, lecciones que van cambiando con el correr de las épocas. Viendo WOMEN TALKING no podía evitar la sensación de estar viendo una versión modernizada y arthouse de ese mismo tipo de programas, una película pensada de un modo didáctico, educativo, correcto desde un punto de vista político pero prácticamente nulo desde casi todos los demás. El film de Sarah Polley es el «afterschool special» de la era del #MeToo. Está pensado como una lección sobre casi todos los temas que rodean este momento del zeitgeist cultural del mundo.

Pero también puede ser visto como parte de otra tradición, la del teatro «políticamente comprometido» de los años ’30 o ’40, con obras armadas y estructuradas como alegorías para representar algún tema importante de algún momento histórico. En WOMEN TALKING hay una serie de personajes que representan distintas ideas, generaciones y actitudes en un lugar puramente simbólico (una «colonia») en el que tienen que lidiar con la violencia masculina brutal que ha sido ejercida sobre ellas durante años. El hecho concreto es terrible, pero Polley lo usa como excusa para concientizar sobre algo que, a esta altura, casi todo el mundo que vea esta película ya tomó claramente conciencia.

En una comunidad religiosa que parece menonita o similar –a primera vista todo parece transcurrir hace siglos o décadas pero pronto veremos que no es tan así– sucede un raro fenómeno que los hombres del lugar califican de místico, fantástico. Durante varios años mujeres de, literalmente, todas las edades, amanecen ensangrentadas, golpeadas, violadas y violentadas. No parece haber explicación y ellos dicen que se trata de Satán, de algún tipo de fantasma o criatura mítica. Pero rápidamente –en la película, no en la historia basada en un hecho real que sucedió en Bolivia– las mujeres descubren que son un grupo de hombres de la comunidad los que violan a las chicas, drogándolas con tranquilizantes para animales y luego escapando sin ser vistos o denunciados.


Rápida y didácticamente Polley muestra que a las enojadas mujeres de la colonia les dan tres opciones para responder a esta agresión. Una es callarse la boca, no decir nada y dejar todo como está. Otra es quedarse y presentar batalla, luchar contra una comunidad machista en la que las mujeres ni siquiera tienen permitido aprender a leer y a escribir. Y la tercera es irse de allí todas, aún cuando eso les cueste –según la religión que profesan– la entrada al paraíso. Las mujeres votan y, enseguida, la primera opción pierde. Pero las otras dos empatan en votos. Y deben juntarse ocho mujeres en un cobertizo a debatir, analizar y discutir qué es lo que deben hacer. Como dirían en aquella canción de The Clash: ¿deben quedarse o irse?

Y allí se dispone una suerte de pieza teatral que, por más pequeños desvíos visuales (hacia personajes que están afuera de la «asamblea» o a anécdotas o imágenes del pasado), se presenta con un formato claramente armado para ser llevado a un escenario con «un gran elenco» de importantes actrices. Aquí las que representan los distintos puntos de vista son tres. La principal es Ona (Rooney Mara), cuya idea es quedarse y tratar de convencer a los hombres de cambiar su manera de tratar a las mujeres. Está por ser madre, tiene cierto interés romántico por August (Ben Whishaw) –quien acompaña a las mujeres en el salón para tomar nota de lo dicho ya que ellas no saben escribir– y posee una sonrisa beatífica que no se le termina de borrar por más historias de terror que se cuenten.

Más intensas son Mariche (Jessie Buckley) y Salomé (Claire Foy). La primera quiere irse a toda costa, cansada de lidiar con los hombres de la comunidad y con lo que le han hecho a ella y a su familia. Y la segunda, igual o más enojada, prefiere quedarse y hacer crecer la tensión, si hace falta, de manera violenta. Judith Ivey encarna a Agata y Sheila McCarthy a Greta, dos mujeres más grandes y madres de las tres protagonistas, que tratan de combinar sabiduría y algunas banales anécdotas para dar a conocer sus ideas y experiencias. Y pasará también Frances McDormand, pero lo suyo es casi un acto de severa presencia.

Polley transforma un planteo provocativo y complejo en una suerte de «reunión de consorcio» un tanto agotadora en la que ni siquiera hay una sólida coherencia interna. Los personajes cambian todas de punto de vista (que lo haga una vaya y pase, pero acá son todas), todas explican y se explican con términos que claramente no son propios y hay hasta una serie de inclusiones de personajes que están ahí para dejar en claro que la película también tiene tiempo para ocuparse de personas con sexualidades diferentes y hasta del prototípico «hombre bueno» que deja en evidencia que, bueno, no todos son iguales algo que, literalmente, un personaje dice en voz alta.

La novela de Miriam Toews se publicó en 2018 en plena aparición del #MeToo y fue un impacto, un fuerte llamado de atención. Cuatro años después, la película no solo llega un poco tarde a impartir lecciones básicas sobre un tema sobre el que todxs ya aprendimos bastante sino que lo hace con los recursos más pedestres imaginables y sin imaginación alguna. Es corrección política en su versión más rancia, menos imaginativa, sin una mínima creatividad puesta en generar algo más que lo que se adivina desde un principio. Quizás la única decisión fuerte y lograda de la película sea la de, directamente, no mostrar ni por un segundo a los hombres de la comunidad y mucho menos las atrocidades que cometieron.

Las sólidas actuaciones (Foy, Buckley y Mara son excelentes actrices) hacen que ciertos textos ampulosos u obvios sean tolerables, pero mientras uno los escucha se da cuenta que esta misma conversación, en manos de actrices y una directora menos talentosas, podría ser intragable. Obvia, reiterativa, visualmente chata y con momentos «oscarizables» cada cinco minutos (cuando la cámara se acerca despacio a un rostro ya podemos advertir que se viene otro clip apto para ceremonia de premios con música ad hoc), WOMEN TALKING es tan básica desde lo cinematográfico que uno ni siquiera logra tomársela del todo en serio. Y escuchar risas incómodas en una película sobre un tema tan grave es una pésima señal.

El problema de gran parte de las críticas llamativamente positivas y celebratorias que recibió la película es que parecen estar escritas desde el temor a no ser visto como un «aliado» o desde la simple coincidencia ideológica. Pero el cine –y también el teatro, al que esto se le parece más– es más que estar de acuerdo con lo que se plantea o con lo que dicen los personajes. Y todo eso, acá, no está, se lo llevó puesto el peso de la lección a impartir. WOMEN TALKING peca de tediosa y repetitiva cuando podría haber sido intensa y provocativa. Una pena.