Aniversarios: 25 años de «Pizza, birra, faso», de Bruno Stagnaro e Israel Adrián Caetano

Aniversarios: 25 años de «Pizza, birra, faso», de Bruno Stagnaro e Israel Adrián Caetano

A 25 años de su estreno, una revisión de “Pizza, birra, faso”, el notable film de Stagnaro y Caetano que significó una renovación para el cine argentino.

“Pizza, birra, faso” me parece una de las más grandes obras de la cinematografía mundial y está hecha por dos jóvenes” (Leonardo Favio, 1999)

Lo primero que se siente es la urgencia. La cámara se mueve, inestable, captando más sensaciones que lugares concretos. Los coches y los colectivos pasan por el centro de Buenos Aires sin detenerse, tocando bocina una y otra vez, conduciendo una caótica sinfonía urbana. La radio policial se mezcla con gente que anuncia, vende algo o simplemente grita en medio de la calle, con los chicos pasan por el medio de la 9 de Julio pidiendo plata a los autos que pasan y con los limpiavidrios que hacían lo suyo entonces como lo siguen haciendo ahora. La cámara se detiene en un taxi que lleva a un pasajero al aeropuerto. Dos pibes entran en el coche y lo asaltan, pistola en mano. Bienvenidos a “Pizza, birra, faso”. Bienvenidos al Nuevo Cine Argentino.

Son un poco más de dos minutos, entrelazados con los títulos de la película, los que definen una estética y abren las puertas a la aparición de otro tipo de cine, uno que no se hacía en la Argentina en mucho tiempo. La ópera prima conjunta de Bruno Stagnaro e Israel Adrían Caetano transmitía una sensación de realismo callejero y de urgencia social inusual, con ecos de las escenas iniciales de la lejana “Apenas un delincuente”, filmada en algunas de las mismas locaciones casi medio siglo antes, pero aquí sin espacio alguno para la reflexión o el comentario poético. El caos urbano es el idioma que manejan los directores y los protagonistas. Y lo mejor será meter de cabeza a los espectadores en la misma lógica: la de la supervivencia del día a día.

Son los años ‘90 del segundo gobierno menemista (la película se filmó entre 1996 y 1997), el dólar está uno a uno con el peso pero la desesperación y la necesidad se sienten a cada momento. Córdoba (Héctor Anglada) y Pablo (Jorge Sesán) se pasan el día en la calle y su mundo se resume en las tres palabras que dan título a la película, título que tiene la misma contundencia, lógica y urgencia que lo que vemos y escuchamos en la película. El deseo y la necesidad se limitan a esas tres cosas (la película bien podría haberse titulado “Comer, beber, fumar”) y se llega a ellas robándole a pasajeros en taxis, en un restaurante, en una cola de gente que busca trabajo, a un tipo que trabaja en la calle o en un boliche de cumbia. No siempre sale bien –casi nunca sale bien– y en el mejor de los casos solo les alcanza para unas porciones de pizza de parado.


Córdoba está con su novia Sandra, embarazada, y Pablo tiene asma, que lo agarra en los momentos menos indicados. Hay dos amigos más, Megabón y Frula, de esos que es mejor perderlos que encontrarlos. Y los cinco están ahí, al borde del Obelisco, mirando cómo el supuesto milagro económico de los ‘90 les pasa por los costados mientras se debaten si la plata les alcanza para ir a Banchero, “los inventores de la fugazza con queso”, o si nos les queda otra que ir a Ugi’s, que es más barata. En un momento saltarán la verja y entrarán a esa “especie de pene que capta todas las ondas porongóticas que cirulan por la ciudad” (sic), subirán por las escaleras hasta las ventanillas que están allá, bien arriba, y se darán cuenta que de ahí tampoco se ve demasiado bien nada.

Como delincuentes, convengamos, son un desastre. Ninguno de los robos que cometen a lo largo de los menos de 80 minutos que dura la película sale del todo bien, por errores propios o ajenos, por tener que lidiar con “jefes” o socios que los engañan o por sus propias limitaciones en el rubro. Córdoba sí tiene un objetivo, un deseo: dejar de lado todo ese mundo para irse con su novia y su futuro hijo a Uruguay. Pablo parece más preocupado por hacer un trabajo más grande y hacerlo mejor, preferentemente sin que un ataque de asma lo liquide en medio del asunto. Los desafíos, en contexto, parecen menores, pero en ellos se les va la vida. Son eso. Están ahí. Ese es el principio y el final de todo.

Estrenada en cines el 15 de enero de 1998, “Pizza, birra, fasose convirtió en algo parecido a un fenómeno cultural y generacional. Su paso por el Festival de Mar del Plata, dos meses antes, había causado un fuerte impacto y ese entusiasmo se transmitió y se contagió cuando la película llegó a las salas. Fue un inesperado éxito comercial (una película independiente, hecha y actuada por desconocidos, sin el apoyo de ningún canal de TV ni productora grande) y también de crítica, haciéndonos creer a muchos que algo estaba pasando en el cine nacional, algo que se había empezado a esbozar en la serie de cortos que integraban la película “Historias breves” (1995), que contaba con Stagnaro y Caetano como dos de sus directores, en ese caso por separado. Pronto vendrían “Mundo grúa”, de Pablo Trapero; “Silvia Prieto”, de Martín Rejtman; “Picado fino”, de Esteban Sapir; “La Ciénaga”, de Lucrecia Martel; “La libertad”, de Lisandro Alonso y varias otras películas que habilitarían a pensar en un recambio generacional, en algo parecido a un movimiento que se terminó conociendo como Nuevo Cine Argentino porque a nadie se le ocurrió nada más original para ponerle.

El impacto de la película puede haberse diluído un poco por el paso del tiempo, por la velocidad de las imitaciones (el propio Stagnaro recurrió a un modelo similar para retratar a los cuatro amigos de la serie “Okupas”) y porque la realidad misma ha transformado a este retrato de una amistad en medio de la áspera vida callejera en algo casi inocente. Pero su frescura cinematográfica sigue estando allí, persiste y permanece, su espíritu de descubrir la calle mientras se la filma es contagioso. Es una película que nunca se toma demasiado seriamente a sí misma (su final será trágico y violento pero no busca ser épico) ni se carga encima la pesada mochila de tener que decir algo respecto a la época en la que transcurre. Esa realidad está en cada uno de los fotogramas. Se nota en la desesperación de sus personajes, en las pequeñas injusticias y traiciones cotidianas, en la falta de solidaridad que empaña todos los intercambios sociales y personales (los protagonistas no están exentos ya que no tienen problemas en robarles a tipos igual o más necesitados que ellos) y en la imposibilidad de visualizar en el horizonte algo parecido a un futuro.

La inmediatez de la película sigue impactando. Viéndola hoy –no está, lamentablemente, disponible en ninguna plataforma de streaming y, si no la tienen en algún formato físico, solo queda verla en las muy malas copias que están subidas a YouTube– uno puede darse cuenta que poco después esas mismas calles se transformarán en un campo de batalla entre manifestantes y policías, que “la crisis causaría nuevas muertes” y que eso que llaman tejido social seguiría deshaciéndose por años y años, sin freno aparente. Es una foto de la época y, como su título lo indica, solo muestra lo que vemos, lo concreto, lo que está ahí. El resto pasa por la mirada y la lectura de cada espectador.

Hace pocos meses, en una encuesta que se hizo para elegir las mejores películas de la historia del cine argentino, “Pizza, birra, fasoquedó octava, justo adelante de “Silvia Prieto” y “Nueve reinas” (una película que se nutrió también de la misma urgencia urbana de fin de siglo) y sólo por detrás de “La Ciénaga”, indiscutida número uno, entre las películas de esa época. No es exagerado pensar, a 25 años de su estreno, que “Pizza…” marcó un antes y un después en la historia del cine nacional. En las carreras de sus directores, claramente. Caetano dirigiría luego películas inolvidables como “Bolivia”, “Un oso rojo” y “Crónica de una fuga”; Stagnaro se dedicaría a las series de TV, con la ya mítica “Okupas” y “Un gallo para Esculapio” mientras seguimos esperando su versión de El eternauta”, y muchos de los que trabajaron en el equipo técnico de la película hoy son consagrados en sus rubros. 

Pero, más que nada, se nota en el cambio de paradigma que implicó. La película demostró que no era necesario ser parte de una supuesta industria ni avanzar en sus escalafones para llegar a ser un buen director, dio pie al crecimiento exponencial de las escuelas de cine en la Argentina, reconectó (al menos por un tiempo) a una generación con un cine nacional que no sentía como propio y renovó a una cinematografía local que parecía tiesa, moribunda, anquilosada en lenguajes y prácticas en desuso, alejadas de la realidad. La “felicidad” no iba a durar mucho (nunca dura) y la industria argentina volvería a incorporar varias de sus malas prácticas, pero durante el breve tiempo en el que se libró esa batalla cultural y generacional creímos que un futuro mejor era posible. Como en la película, acá también nos quedamos en la orilla.


Nota publicada originalmente en La Agenda de Buenos Aires