Series: crítica de «No me gusta conducir», de Borja Cobeaga (HBO Max)

Series: crítica de «No me gusta conducir», de Borja Cobeaga (HBO Max)

Esta comedia española de seis episodios se centra en un profesor universitario que, promediando los 40, decide aprender a manejar. Con Juan Diego Botto, Leonor Watling, Lucía Caraballo y David Lorente. Estreno de HBO Max.

Una serie tan efectiva como corta, tan simpática como amable, aunque con un núcleo bastante oscuro por detrás, NO ME GUSTA CONDUCIR es una comedia cuyo punto de partida está en su título y de allí parte para que vayamos conociendo más a sus protagonistas y al mundo en el que viven. Juan Diego Botto es «Lopetegui» (lo llaman todos por el apellido, el mismo del director técnico ahora del Wolverhampton, otro que tuvo problemas a la hora de «conducir»), un profesor universitario seco, egocéntrico, un tanto pedante y bastante poco amable, de esos a los que no les gusta relacionarse con nadie y a quien casi todo lo irrita y/o molesta. En medio de un proceso de divorcio (Leonor Watling encarna a su ex), Lopetegui decide anotarse en una escuela de manejo para aprender a conducir. ¿Los motivos? Se irán descifrando con el correr de los episodios.

A lo largo de sus breves y compactos episodios lo veremos hacer, un poco con miedo y a regañadientes, el curso en cuestión. En el medio, además de su separación, tiene que lidiar con un profesor de manejo (un excelente David Lorente) llamado Lorenzo que es todo lo contrario a él: parlanchín, amable, lleno de salidas curiosas y chistes malos que terminan resultando graciosos. Los primeros episodios se centrarán en las dificultades de Lopetegui para aprender, los fastidios de su peculiar «educador» (sic) con sus decisiones, y la aparición insistente en la vida de ambos de Yolanda (Lucía Caraballo), una de las mejores alumnas de Lopetegui en la universidad, una chica que casualmente está haciendo el mismo curso de manejo con el mismo profesor.

El planteo se irá complicando a partir del tercer episodio, con la aparición de otros personajes, situaciones y locaciones en las que el relato empieza a enredarse (y a oscurecerse) un tanto innecesariamente. Está hecho, se notará luego, de manera tal de llegar a un final de temporada que le permita a Lopetegui tomar algunas decisiones, no necesariamente con respecto al uso del freno de mano, sino respecto a su vida y a esos aspectos un tanto desagradables de su personalidad con los que también debe lidiar. Carlos Areces y Javier Cámara aportan lo suyo en los últimos episodios para que la serie acceda hacia ese un tanto más emotivo desenlace.


Más allá de algunos momentos de comedia más ampulosa y fuera de tono, que parecen pertenecer a otra serie (un altercado con taxistas, una serie de problemas en un viaje a Cuenca), NO ME GUSTA CONDUCIR funciona muy bien, especialmente cuando se concentra en las relaciones entre los cuatro protagonistas principales. Las escenas de Botto con Watling, que no son muchas, transmiten claramente la sensación de estar viendo a dos personas que fueron pareja mucho tiempo y que hoy, pese a sus dificultades, siguen conectados y pendientes uno del otro, lo quieran aceptar o no.

Hay, obviamente, traumas infantiles y familiares que el realizador de PAGAFANTAS y EL NEGOCIADOR maneja a veces con humor (a Lopetegui lo perturban imágenes de un programa de TV que veía en la infancia centrado en accidentes automovilísticos, escenas que reaparecen en los momentos menos indicados) y otras de un modo más emotivo (hay una historia ligada a su padre que se va revelando con el correr de los episodios), pero en todo momento lo que la serie transmite, al poner al protagonista en la situación de tener que aprender a conducir promediando los 40, es la idea de las segundas oportunidades, la de meter un cambio en un momento justo de su vida y pegar un volantazo antes de que sea demasiado tarde.