Estrenos online: crítica de «Regreso a Seúl», de Davy Chou (HBO Max)
Este film francés se centra en una chica de origen coreano pero adoptada por padres franceses que vuelve a Seúl donde debe lidiar con sus problemas de identidad.
No es sencillo que Freddie, la protagonista de RETURN TO SEOUL, caiga simpática. Ni a los que la rodean ni a los espectadores. Agresiva, a veces descontrolada y cínica, es la clase de persona que parece funcionar en base a incomodar a los demás, algo que no siempre es recibido muy bien en un lugar como Corea del Sur donde ciertas normas parecen inmodificables y nadie se anima a dejarlas de lado. Es que Freddie (Park Ji-min), si bien es de ascendencia coreana, es una chica francesa de 25 años que pisa por primera vez el suelo de ese país. Puede parecerse a los demás, pero nada tiene que ver con ellos. Ni siquiera habla una sola palabra del idioma.
En la primera escena de este film francés que debutó en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes queda claro su lugar en este universo. Va a un bar con una chica y un amigo de ella a los que hace poco conoció, se emborracha, se pone a bailar y a reunir a todos los que están en distintas mesas de ese lugar, generando incomodidad en todos. Hasta que se apilan las botellas de soju, claro, y ahí hasta el más modoso de los coreanos puede duplicar a la francesa en intensidad.
Freddie está en Corea un poco por casualidad –todo en su vida parece ser así–, pero una vez allá la convencen para que trate de averiguar el origen de su familia, ya que la chica fue adoptada por una pareja francesa y no tiene idea quiénes son sus verdaderos padres. Va a una agencia de adopciones, pero tampoco parece demasiado interesada en saber la verdad. Más que ayudar a la mujer que trabaja ahí parece hacer lo posible para que no busque ni encuentre nada.
En la primera y más extensa parte de las cuatro en las que se divide la película de Chou, Freddie irá buscando a sus padres en compañía de su amiga y traductora Tena, algo que no parece fácil. Finalmente conoce a su padre biológico (Oh Kwang-Rok), con el que inicia una relación complicada ya que el hombre, alcohólico y excesivo, se acerca demasiado a una chica a la que le cuesta mucho recorrer ese camino de regreso a su supuesta identidad natal, tensiones que explican en parte su carácter muchas veces agresivo y antagónico.
La situación no termina del todo bien y pronto han pasado dos años, Freddie se ha convertido en una hipster de la noche de Seúl (pelo corto y peinado hacia atrás, labios pintados casi de negro, campera de cuero), emborrachándose en fiestas nocturnas y, sí, peleándose con quien se le cruce enfrente. Tiene una pareja local pero parece haber perdido la brújula personal aún más que al principio. Más allá de alguna sugerentes y bien filmadas escenas de baile, esta es la parte quizás más anodina de la película, una que intenta psicologizar los problemas de su protagonista de una forma obvia y subrayada.
Pero luego pasan cinco años y el tono cambia. No conviene adelantar mucho acerca de lo que pasa de ahí en adelante pero Freddie ya es una mujer distinta, más adulta (aunque no de la forma quizás esperable) y quizás hasta reflexiva, capaz de lidiar mejor con sus sentimientos respecto a su familia biológica. Y lo que sucederá de ahí en adelante la hará, finalmente, confrontarse de lleno con sus emociones, en la que seguramente es la mejor escena de esta extraña y particular película sobre la identidad.
Chou cambia estilos, idiomas y hasta modos de contar la historia de Freddie a lo largo de las excesivas dos horas que dura REGRESO A SEUL, pero lo que sostiene su marcha es la extraña inconsistencia de su personaje. Es cierto, es una chica por momentos irritante y hasta molesta, pero parte del atractivo de la película pasa porque el comportamiento de Freddie no sigue el arco narrativo tradicional de los dramas sobre la adopción, que van de la negación a la aceptación, pasando por la crisis. Acá todo eso está, sí, pero de un modo menos lineal.
La chica lidia con todas esas emociones mezcladas a lo largo de esos ocho o nueve años en los que se desarrolla la historia. En cada paso que da y ante cada cambio de vida, Freddie es la que fue, es otra y las dos al mismo tiempo, una transición hecha persona. La identidad no es algo que uno pueda cambiarse fácilmente como una prenda de ropa sino, quizás, una prenda que se pone encima de otra, de una que no quiere despegarse fácilmente del cuerpo.
Debe reconocerse que el director Davy Chow intenta filmar una historia no convencional pero eso no garantiza siempre buenos resultados.
Paradójicamente la película resulta bastante más interesante en la primera mitad al contar de manera más clásica el derrotero de Freddie (estupenda actuación de la joven Park Ji-min) que nació en Corea del Sur pero fue entregada en adopción a un matrimonio francés.
Freddie tiene todos los hábitos y la cultura occidental, se ha convertido en una francesa más pero el espectador se entera que producto de un problema climático en Japón decidirá pasar dos semanas en Seúl y allí le pica, a los 25 años de edad, el bichito de la curiosidad por saber quienes son sus padres genéticos y porqué la abandonaron.
En la primera hora con la ayuda de una joven coreana de la que se hace amiga intentará llegar a conocer mejor sus raíces pero sólo logra conocer a su padre en una experiencia decepcionante.
Hasta allí la película funciona muy bien mostrando las contradicciones de Freddie y las diferencias culturales entre vivir en Corea del Sur y vivir en Francia.
En la segunda hora la historia avanzará en el tiempo y Freddie seguirá viviendo en Corea del Sur pero la trama se centrará en su degradación moral y el deseo de conocer a su madre.
Este cambio de registro si bien es original no tiene tanta efectividad porque la película se estira más de la cuenta hasta llegar a un remate flojo de una historia que daba para más.
Lo mejor entonces está en la primera hora y en la actuación de su joven protagonista (6/10)