Re-estrenos: crítica de «Matrix», de Lana y Lilly Wachowski

Re-estrenos: crítica de «Matrix», de Lana y Lilly Wachowski

por - cine, Clásicos, Críticas, Estrenos
03 Jun, 2024 04:40 | 1 comentario

A cumplirse 25 años de su estreno nacional, vuelve a las salas de cine el clásico film de ciencia ficción protagonizado por Keanu Reeves. En Argentina, desde el 6 de junio.

Estrenada hace 25 años, Matrix quizás sea la película más sobreinterpretada de la historia del cine. Es que, convengamos, su trama da para todo. Tanto desde sus planteos temáticos como desde su forma, este film de acción creado y dirigido por las hermanas Wachowski puede ser llevado a todo tipo de análisis y reflexiones, muchas veces desde puntos de vista completamente opuestos. Según quién lo vea y por dónde lo encare, Matrix puede ser una reflexión política, económica, filosófica, tecnológica, religiosa o de género, entre las muchas formas posibles de encarar las implicancias de su trama y sus tópicos principales. Desde lo puramente cinematográfico, además, se trata de una película que bebe de distintas tradiciones del cine de acción, incorporando además novedades técnicas que fueron las que en su momento causaron mayor impacto. Más allá de cómo se la encare y lo que produzca en cada espectador, lo que nadie puede negar es que ha tenido mucho de profética.

Estrenada en 1999, cuando internet no ocupaba el inmenso lugar que hoy ocupa en la vida de las personas, Matrix proponía una relación entre la vida real y la virtual bastante similar a la que existe en la actualidad. La historia de Neo, un hacker que va descubriendo que el mundo tal como lo conoce(mos) es una simulación virtual generada por una Inteligencia Artificial desde un futuro en el que los seres humanos funcionan como generadores de energía, refleja en más de un sentido preocupaciones muy contemporáneas, muchas de las cuales existían en el momento en el que se pensó la película pero también de otras que aparecieron luego. En ese sentido, es un texto que cierra el siglo XX e inaugura el XXI, un espacio en el que se cruzan problemáticas filosóficas casi eternas –la película es, casi más que cualquier otra cosa, una relectura de la alegoría de la caverna de Platón– con angustias propias de la actualidad ligadas a la vida virtual, al crecimiento de la Inteligencia Artificial y a la destrucción del planeta a partir del cambio climático, por citar tan solo algunos de los temas a los que se abre.

Protagonizada por Keanu Reeves, Laurence Fishburne, Carrie Anne-Moss y Hugo Weaving, la primera película de la saga Matrix –la única relevante de las cuatro que se han hecho hasta hoy– propone, en un principio, una dicotomía que se ha vuelto central a la vida contemporánea y que puede extrapolarse a distintas situaciones. En un momento clave de la película, Neo (Reeves) debe elegir, ante una propuesta de Morfeo (Fishburne), el líder de la rebelión, si ingerir una píldora azul o una roja. La primera le permite seguir viviendo en la ignorancia respecto a lo que en realidad está sucediendo –seguir su vida normal en esa negación que es “la Matrix”– mientras que la segunda lo saca de esa simulación y le permite “ver las cosas como realmente son”. Al aceptar tomar la píldora roja, a Neo se le revela el mundo tal como es y, en una especie de simbólico parto, toma conciencia de lo que está sucediendo y su rol en esa realidad. De ahí en más, la película se centrará en su educación para convertirse en el líder de esa rebelión contra las máquinas que lo controlan todo. Es que, sobra decirlo, el tipo es el Elegido. 

Si bien la película de las Wachowski propone un enfrentamiento entre los poderosos –un ente acá inasible representado, en el mundo real, por unas criaturas mecánicos voladores con tentáculos llamados “centinelas” y por trajeados “agentes” en la Matrix– y aquellos a los que se les revela la naturaleza real de su subyugación –algo que le permite ser leída desde diferentes claves ideológicas, de la religiosa a la marxista, pasando por todo el campo intermedio–, lo que ha perdurado de un modo aún más fuerte es una confrontación que la película no explota del todo, la que existe entre aquellos que deciden tomar la píldora que les revela esa verdad y los que se mantienen, por ignorancia o preferencia, dentro de la simulación. Esa grieta –que en la Argentina actual podría ser extrapolada a esa hoy discutida idea de “no la ven”– es la que ha tenido una relevancia política clave en lo que va del siglo XXI.

De hecho, el concepto de la “píldora roja” pasó a convertirse en una bandera de los movimientos de la “nueva derecha”, tanto en los Estados Unidos como en el resto del mundo, en relación también con el crecimiento constante, internet mediante, de las teorías conspirativas y de aquellos que las sostienen. Es que, en un sentido fundamental, Matrix puede leerse como una gran teoría conspirativa, una que parte de un formato muy caro a la ciencia ficción (algunas novelas de Philip Dick o William Gibson) y a las películas contemporáneas (The Truman Show, de 1998, por ejemplo) para sostener la inquietante idea filosófica de que el mundo real no es más que una construcción simbólica, controlada por diversas fuerzas que ostentan el poder real. Esa lectura se ve reflejada en movimientos políticos –o todo tipo de sectas– cuyos miembros creen haber tomado la píldora correcta y se autoperciben como parte de la lucha contra ese poder en las sombras, llámese “elites”, “deep state” o “casta”. Una pequeña banda de rebeldes iluminados que ha visto algo así como la verdad secreta de las cosas y que asume que el resto de la población ha sido cooptado por ese poder y reproduce mecánica o cínicamente su sistema de control social.

Es curioso –y habla más de la actualidad que de la temática de Matrix en sí– que de todas las miles de posibles interpretaciones y recorridos que presenta la película, esta haya pasado a ser la más relevante de todas. En los últimos años, sin embargo, un nuevo ángulo de análisis trajo a la película de regreso a la consideración. Así como la saga Terminator, la película de las Wachowski pone énfasis en el crecimiento exponencial de la Inteligencia Artificial al punto de pensar en un futuro dominado por entidades de este tipo. Lo que décadas atrás parecía, también, parte del imaginario más fantasioso de la ciencia ficción (o, de vuelta, de las teorías conspirativas) pasó en el último tiempo a convertirse en un miedo un tanto más realista con la aparición y la velocidad de crecimiento de las IA en muchos aspectos de la vida cotidiana. ¿Cuán improbable es, siguiendo esta línea de pensamiento, que algo presentado de una manera distópica por la película pueda llegar a ser real? Algunos filósofos y analistas del tema IA lo plantean hasta como algo plausible. Dicho de otro modo: que esta realidad que vivimos no sea otra cosa que una “matriz” creada desde el futuro por una inteligencia artificial hiperdesarrollada. Desde papers académicos (como “Are You Living in a Computer Simulation?”, de Nick Bostrom, y muchos similares) hasta expertos en el tema como el siempre cuestionado (y cuestionable) Elon Musk toman bastante en serio esta teoría.

Además de estas discusiones, Matrix abrió otras que persisten en la actualidad. Dejaremos de lado acá las estrictamente cinematográficas –ligadas a los efectos digitales y a la combinación de tradiciones del cine de ciencia ficción hollywoodense con los aportes del cine de acción asiático que hoy continúan siendo centrales a los géneros masivos– para ocuparnos de las estrictamente temáticas. Tras la transición de Lana y Lily Wachowski (llamadas Larry y Andy al nacer), Matrix pasó a analizarse también como una metáfora de ese recorrido de autodescubrimiento y transformación ligado a la idea de la identidad de género. En esta interpretación, la píldora roja bien puede ser la que le permite al protagonista despertar a su “yo auténtico” y salir del closet como trans, luchando contra un poder absoluto (llamémoslo acá “patriarcado”) que quiere mantenerla en la ignorancia de sus propios deseos y necesidades. Más allá de que la película en sí ponga en su centro una poco convincente pero dramáticamente clave historia de amor en apariencia heterosexual entre Neo y Trinity (Moss) –como en los cuentos de hadas la salvación de uno dependerá del beso del otro–, también hay lecturas andróginas, trans y feministas de esa relación.

Lo que es innegable es que Matrix se abre a un compendio casi infinito de lecturas e interpretaciones y que quizás esas conexiones sean lo más rico que la película hoy tiene para mostrar. Es que, en lo estrictamente narrativo, se trata de un film con bastantes problemas, que pasa de lo didáctico (casi media película se va en explicaciones de cómo funciona el universo) a una serie de escenas de acción que fueron reveladoras en su momento pero que han quedado un poco viejas. Además, han abierto las compuertas a un uso excesivo de efectos con cámaras lentas y distorsiones de la gravedad que se han vuelto agotadoras por lo constantes a lo largo de las décadas siguientes. Pese a todo lo que pasó en el medio –o, quizás, en función de eso–, lo que hoy representa Matrix pasó de ser material para una charla de alumnos universitarios fumetas a convertirse en un texto predictivo del mundo, simulado o no, que nos rodea. Del desierto de lo real.


Nota publicada originalmente en La Agenda de Buenos Aires