
Venecia 2025: crítica de «Father» («Otec»), de Tereza Nvotová (Orizzonti)
Un trágico error destruye la vida de un hombre, sumiéndolo en la culpa y sacudiendo su matrimonio. Ahora, al borde de ir a la cárcel, ¿podrá encontrar el perdón?
La situación es inimaginable, terrible, supera cualquier cosa vista en un film de terror. Y tarda en llegar. En el enervante, inquietante, largo inicio de FATHER, todo parece correr por los carriles normales. Filmada –como gran parte de la película– en un solo y largo plano secuencia, la acción comienza con Michal (Milan Ondrík) haciendo entrenamiento por las calles, llegando a su casa, saludando a su esposa Zuzka (Dominika Morávková) y a su pequeña hija, dándose una ducha y preparándose para ir al trabajo, con el detalle de que esa mañana tiene que dejar a la niña en la guardería. Michal se ocupa de todo con una sonrisa: sale de su casa, llega al trabajo, lidia con las presiones que hay allí –quieren reducir personal en el medio en el que tiene un cargo jerárquico–, habla por teléfono, envía emails y así. Hasta que recibe un llamado preocupado de su esposa preguntándole si su hija está con él. Y no, no está, él la dejó en la guardería. Un momento: ¿la dejó en la guardería?
FATHER juega inclusive con el olvido del espectador, que siguió sus movimientos y también duda. Michal tiembla. Se da cuenta que la niña quizás se haya quedado atada a su sillita, en el auto y en un día de un calor infernal, durante horas. El hombre baja y lo peor que podía suceder ha sucedido. El mundo, tal como existía hasta ese momento, desaparece. Primero para Michal y luego para Zuzka. No parece haber forma de salir de la depresión personal, de la ruptura de la pareja y quizás hasta de cosas peores a esa. De hecho, ni siquiera el saber que lo que le sucedió es un problema neurológico relativamente común, conocido como «Síndrome del Bebé Olvidado«, le sirve como consuelo. ¿Cómo se sigue después de atravesar y tener que cargar con la culpa de haber hecho algo así?

La historia está inspirada en algo que le sucedió a un amigo del coguionista, Dušan Budzak. Y la directora eslovaca Tereza Nvotová partió de ese hecho para armar una exploración vivencial, que sigue lo que parece ser el minuto a minuto del acontecimiento. Después los tiempos se abrirán, pero por el propio sistema narrativo de planos únicos, el film se limita a pocas escenas que transcurren a lo largo de no mucho tiempo. La jornada posterior. Las recriminaciones. La repercusión en la familia, en los amigos. El acoso de la prensa. Y el caso policial que eso conlleva.
Con la cámara muchas veces pegada a los rostros de los protagonistas –más a la de Michal que a la de Zuzka–, lo que el espectador atraviesa es ese calvario personal. Ambos pueden entender que lo que pasó no fue una cuestión de negligencia sino de cambio de rutinas, lo que algunos llaman «andar con el piloto automático», pero eso no lo hace más sencillo de sobrellevar. Y ni siquiera la potencial amenaza de ir a la cárcel parece ser un problema para Michal: él tiene la sensación de que tanto adentro como fuera de prisión la vida no parece tener mucho sentido. ¿O es que hay una manera de recuperarse?
La intensidad de la propuesta que deriva de la puesta en escena y la cercanía emocional con los personajes es lo más efectivo de esta agobiante y por momentos extraordinaria película. Donde Nvotová erra, al menos es mi sensación, es en su conclusión. No corresponde spoilear lo que sucede en los últimos 15, 20 minutos, pero se sienten bastante forzados, fuera de registro y con un nivel de crueldad extra innecesario. Es claro que esta es una historia sin cierre sencillo –casi sin cierre posible–, pero la realizadora quiere hacer un truco de magia que termine por conforman un círculo perfecto y su búsqueda termina siendo una trampa. Pero más allá de ese desliz, OTEC es una película que quedará grabada en la memoria de cualquier espectador. Y si es padre, probablemente mucho más…



