
Estrenos online: crítica de «Sangre del Toro», de Yves Montmayeur (Netflix)
Este documental consiste en una serie de conversaciones en las que el director mexicano Guillermo del Toro habla de su cine, sus temas, sus obsesiones y su historia. Disponible en Netflix.
El horror es un hijo perfecto de la fábula, una derivación del cuento de hadas«, dice Guillermo del Toro en una de las entrevistas que conforman este detallado documental sobre su obra. Como evidencia, están sus películas, donde los límites entre uno y otro género pueden ser mínimas, y las fronteras muy permeables. «La diferencia entre Blancanieves y el terror es muy pequeña«, agregará. SANGRE DEL TORO no es un documental promocional, de esos que uno podría esperar que Netflix saque para acompañar el estreno de FRANKENSTEIN. De hecho, salvo por una serie de comentarios al final acerca de su adoración por la obra de Mary Shelley, es poco lo que se menciona a su específica criatura. Sí a muchos otros, porque si de algo trata el cine del realizador mexicano, es de monstruos.
La obra del director de EL LABERINTO DEL FAUNO se conforma como una combinación singular de tradiciones: el terror, la fábula, la cultura popular mexicana y una mirada profundamente humana hacia lo roto, lo imperfecto y lo transitorio. Sus películas trabajan el horror no como un fin en sí mismo, sino como un lenguaje heredado de los cuentos de hadas clásicos y de las narraciones populares que enseñaban a través del miedo. En sus películas, el monstruo no es tan solo una amenaza: es una metáfora de aquello que la sociedad prefiere ocultar o ignorar. Como en las fábulas tradicionales, el miedo funciona para el realizador como una revelación: ilumina el abuso, el trauma, la injusticia o la violencia que existe en el mundo real. Aunque sus historias puedan ser góticas, siniestras o hasta crueles, su estructura narrativa por lo general funciona como la de los relatos iniciáticos: un personaje —muchas veces un niño o una niña— atraviesa una prueba, cambia, se quiebra y regresa transformado.
A lo largo de las conversaciones, presentaciones en seminarios, masterclasses o en la constante voz en off siempre sabia, reflexiva y muy intelectualmente masticada del mexicano, SANGRE DEL TORO va ingresando a su manera de pensar el horror, no solo en el cine sino en todas las manifestaciones artísticas posibles. Hay un eje puesto en la muestra que organizó en 2019 el Festival de Cine de Guadalajara, su ciudad natal, llamada «En casa con mis monstruos«, y un recorrido por esa exhibición es la que estructura el relato y lo lleva a ir atravesando etapas y haciendo conexiones con su vida, sus películas y su amor por las criaturas que algunos definirían como grotescas.

La sensibilidad del director de CRONOS no puede separarse de la influencia de la cultura mexicana, la que incorpora en su imaginario de una manera abarcadora que incluye desde las consabidas y sincréticas celebraciones del Día de los Muertos –que consagran esa relación si se quiere festiva que existe en ese país con la muerte– , al catolicismo más tradicional, omnipresente en su infancia y en las historias y los miedos aprendidos de manera dolorosa de su abuela. La culpa, el sacrificio, el castigo y la promesa de redención son presentadas por él mismo con la ambivalencia de alguien creció dentro de esa cultura y conoce sus detalles. Y también están los elementos populares y mediáticos: las revistas de terror, las bizarras películas de luchadores, el exceso visual, la mezcla de géneros, el humor negro y el espíritu artesanal en la fabricación de, bueno, de casi todo.
Del Toro, aún hablando en inglés (lamentablemente la película tiene poco castellano, aunque el realizador se expresa casi a la perfección en inglés), logra ser muy preciso para explicar y analizar sus pasiones, obsesiones y cómo todo eso se conecta con su historia. No entran en juego demasiados elementos personales e íntimos a la hora de explicar su cine pero sí sus pasiones temáticas y culturales, su colección de cómics de terror, su reverencia y fascinación por las criaturas de extrañas formas, el desgaste del cuerpo y, más que ninguna otra cosa, el miedo a la muerte. La película incorpora imágenes de films suyos como CRONOS, EL ESPINAZO DEL DIABLO, HELLBOY, PACIFIC RIM, LA FORMA DEL AGUA y EL LABERINTO DEL FAUNO, entre otras, pero solo a modo de ilustración de específicas obsesiones y temas. El film no es un trabajo crítico sobre su obra sino, si se quiere, un marco teórico para entenderla.
Una particular obsesión en la que se detiene el film de Montmayeur es en el interés de Del Toro por algunos elementos de la cultura japonesa como los comics, la mitología de los fantasmas y, más que nada, los conceptos de kintsugi y wabi sabi, ligados a la celebración de lo imperfecto y lo transitorio. Es que en lugar de exaltar héroes imbatibles que no le interesan para nada, el realizador convierte a eso que podríamos definir como «imperfecto» —lo monstruoso, lo marginado, lo excluido— en el corazón humano de sus películas. La belleza de sus películas no está en lo intacto, sino en lo que ha sobrevivido. No celebran la pureza ni la perfección, sino lo que queda en pie, lo que resiste. En su cine, el verdadero héroe no es el que no se rompe, sino el que aprende a seguir adelante con las marcas visibles de la experiencia. «Te rompes de chico, usualmente por tu familia, y rearmas a ti mismo de a poco», explica sobre el final. Y esa frase define, más que cualquier otra cosa, el cine de Guillermo del Toro.



