
Series: reseña de «Landman: un negocio crudo», de Taylor Sheridan (Paramount+)
La segunda temporada de la serie del creador de «Yellowstone» profundiza en las intrigas del mundo petrolero cuando Tommy Norris debe sostener un imperio energético texano en ruinas mientras enfrenta rivales vinculados al narco, desastres financieros y el caos permanente de su propia familia. En Paramount+
Hay dos series en una que conviven de un modo incómodo en LANDMAN, como si estuvieran segmentadas en torno a públicos y a géneros. La primera y, claramente, más interesante de las dos es el drama con elementos de suspenso, tramas mafiosas y asuntos criminales centrado en el mundo de las compañías petroleras de Texas. En ella, Billy Bob Thornton se luce como Tommy Norris, una suerte de sabelotodo del mundo del big oil, un hombre que trabaja para una compañía grande y se ocupa del día a día de su producción en tierra. La otra serie que convive con esa está ligada a la vida familiar de Tommy, especialmente de su ex y no tan ex esposa y de sus hijos. Y allí, salvo por algunas excepciones y momentos, la serie apuesta por un tono cómica que raramente encaja con el otro.
El tono dominante, sin embargo, es el drama financiero con conexiones criminales. Al final de la primera temporada (SPOILERS DEL FINAL DE LA TEMPORADA 1), Monty Miller (Jon Hamm) ha muerto y su empresa ha pasado a manos de su viuda, Cami, que Demi Moore encarnó casi como «relleno» en los anteriores episodios pero que aquí pasa a ocupar, por suerte, un rol central. La mujer parece fuerte, segura de lo que hace y aún con su dolor se pone la empresa al hombro. El problema es que no tiene mucha idea de cómo hacerlo y menos aún de los desastres financieros y raros números que dejó su fallecido marido. Es ahí que Tommy tiene que ponerse la compañía al hombro, usando tanto su expertise en el rubro como su lado más duro y agresivo en las negociaciones.

Su hijo Cooper (Jacob Lofland), en tanto, tras sobrevivir a unos cuantos errores y meterse en varios problemas y accidentes en la temporada anterior, parece haberse topado con la suerte, cuando unos pozos petroleros en los que invierte dan rápidamente resultados. Pero no todo es tan fácil ya que eso le trae problemas con su pareja, Ariana (Paulina Chávez), y lo enreda en una potencialmente problemática situación ya que allí entrará a jugar Galino (Andy García), un multimillonario con conexiones con los narcos que está conectado (y no en el buen sentido) con Tommy.
La tercera pata narrativa de LANDMAN es la más ligera y problemática del combo. Tiene que ver con la ex esposa de Tommy, Angela (Ali Larter), que regresa a su vida con su habitual intensidad, y con la hija menor de ambos, Ainsley (Michelle Randolph) que es una «rubia tonta» con todas las características imaginables en personajes de ese tipo: una cheerleader que no piensa en otra cosa que en eso, el cuidado de su cuerpo y tiene un por lo menos discutible manejo del idioma inglés. La explosividad de Angela y la desesperante banalidad de su hija se presentan como comic reliefs –ambas son un combo de clichés– pero en gran parte de sus apariciones solo provocan bastante vergüenza ajena.
Salvo en ciertos momentos en los que algo se construye gracias a Angela –un encuentro entre casi todos los personajes principales que tiene lugar al final del tercer episodio, un simpático enfrentamiento con autoridades en el segundo–, uno siente que podría hacer fast forward por las escenas que las tienen como protagonistas. Larter lo da todo para construir al personaje, pero no es mucho lo que puede hacer con el compendio de tonterías que le toca hacer o decir. A Ainsley, en tanto, es poco lo que se le escucha decir de un modo coherente e inteligible más allá de las letras de las porras de su equipo de futbol universitario. La cara de irritación de Tommy ante ellas es la misma que tendrá el espectador.

Por fuera de eso, LANDMAN funciona bastante bien como thriller petrolero, mezclando negocios raros, manejos de dinero por lo menos curiosos, asuntos legales complicados y otras zonas aún más problemáticas (narcotráfico, contaminación por ácido sulfhídrico, accidentes de trabajo) de ese mundillo. No es una serie que invite a analizar demasiado los problemas que la extracción de petróleo causa en el mundo –se trata después de todo de un producto de Taylor Sheridan, cuyo público apuesta por formatos y hasta ideas entre tradicionales y conservadoras–, pero si uno deja de lado cuestiones ambientalistas podrá meterse en los problemas del día a día de esa billonaria industria.
La serie tiene otros pluses que la hacen atractiva. En principio, la manera en la que retrata el mundo de la Texas petrolera, con sus personajes típicos, su música, sus intensos bares, sus restaurantes elegantes y sus códigos de convivencia. Aparece el gran Sam Elliott como el padre de Tommy y su presencia, aunque por ahora breve, es una garantía. Otro punto a favor es Kayla Wallace, que interpreta a la abogad, Rebecca Falcone, y quien tiene el mejor papel femenino de la serie, el que equipara junto al de Moore la balanza femenina. Las escenas con ella litigando están entre lo mejor de la segunda temporada. Y el resto cae en los hombros de billy Bob Thornton, un experimentado y algo cínico capataz que parece saber siempre lo que hay que hacer ante cada situación ligada a su trabajo. En la casa, por supuesto, es otra historia. Allá no sabe muy bien que hacer ni decir y, a decir verdad, los espectadores tampoco.



