
Estrenos online: crítica de «Alabama: presos del sistema» («The Alabama Solution»), de Andrew Jarecki y Charlotte Kaufman (HBO Max)
A partir de imágenes filmadas por los propios presos con teléfonos celulares, este potente documental revela un sistema carcelario marcado por la violencia, el abandono y el trabajo forzado, donde el encierro reproduce la lógica y la economía de una esclavitud contemporánea.
La hipótesis que presenta este documental quizás no sea nueva, pero los modos de hacerlo son más que convincentes. The Alabama Solution se centra en los abusos de poder que ocurren en las cárceles de ese estado del sur de los Estados Unidos. Pero no solo en lo referido a violencia física o maltrato sino también en lo que respecta a las condiciones de vida y a un abuso económico que transforma al encarcelamiento en algo bastante parecido a la esclavitud. Si se tiene en cuenta además que gran parte de la población carcelaria es afroamericana, las coincidencias se vuelven aún más visibles.
La idea de que la prisión no es algo demasiado diferente a la esclavitud está reforzada por la manera en la que Alabama: presos del sistema cuenta su historia. El documental de Andrew Jarecki (Capturing the Friedmans, The Jinx) y Charlotte Kaufman se narra en gran parte mediante teléfonos celulares metidos en las prisiones y utilizados por los presos para contar y más que nada mostrar sus condiciones de vida allí adentro, tanto desde lo edilicio (inundaciones, ratas, suciedad, poco espacio y cosas indescriptibles) como desde la violencia física que es ejercida por los guardias hacia ellos. Los móviles, de hecho, les llegan a través de los guardias también, que aprovechan la situación para hacer sus pequeños negocios, que incluyen también venta de drogas y otros «productos».
Esta irónica situación no es casual. Lo que la película presenta como idea es que el abuso del poder en el estado de Alabama es brutal y que nadie parece preocupado por las consecuencias. Si quieren filmar que filmen, si quieren denunciar o hacer huelga, que las hagan. Ni la gobernadora ni los ministros moverán un dedo para mejorar las condiciones, resolver problemas o ayudar a la rehabilitación. Les va bien así –con un discurso duro que los medios apoyan– y no prestan atención a ningún reclamo ni aún cuando llega de parte del Departamento de Justicia de la nación. Nadie se hace cargo ni asume responsabilidad por lo que pasa. «Es un problema de Alabama que necesita una solución de Alabama», dicen y todo sigue igual.

El film lleva adelante varias líneas narrativas en paralelo. Una se organiza a modo de relato policial, ya que se centra en la sospechosa muerte de un preso llamado Steven Davis, tras haber sido golpeado por los guardias salvajemente. Pero los responsables negarán o justificarán el hecho (estaba armado de modo amenazante) y el documental se ocupará de intentar no solo descifrar qué pasó sino en encontrar a los culpables. Lo que se verá aquí es que esa investigación llevará a nuevas muertes en una trama que bien podría ser de ficción por los elementos que incluye.
Más central en términos políticos y económicos son las denuncias específicas de las condiciones de vida en prisión. Lo que queda claro allí es que los presos son mantenidos por muchos más años de los que deberían estar (raramente les dan libertad condicional) y, sobre todo, son obligados a trabajar gratis no solo en lo que respecta a la prisión en la que están sino produciendo para afuera, de un modo no muy distinto al de la esclavitud. Reclamar sobre estas condiciones y otros abusos es parte central del film, en una tarea encabezada por dos prisioneros llamados Robert Earl y Melvin Ray, que estudiaron y se prepararon durante las décadas que llevan presos y hoy son algo así como los líderes políticos de las protestas internas. Son sus voces y rostros, filmados por ellos mismos, los que conducen el relato.
Con todos estos elementos bien desparramados en términos narrativos para crear una permanente sensación de creciente tensión, Jarecki y Kaufman presentan un brutal testimonio de un sistema que, en función de «la seguridad de la gente», no hace más que replicar en funcionamiento a lo que fue la esclavitud en siglos previos. Un sistema brutal, de abusos de poder físicos y económicos en el cual nadie se hace cargo ni es responsable de ningún inconveniente ya que –como repiten los políticos y los medios– las víctimas son presos y por eso se merecen lo que les toca. De hecho, cuando las autoridades parecen dispuestas a resolver algún problema, en realidad lo que están haciendo es armando un nuevo negocio.
Los celulares dentro de la prisión son fundamentales para darle potencia a este relato. No solo prueban que las cosas son más densas de lo que uno desde afuera puede creer, sino directamente vergonzosas e inhumanas, con personas pasando años en confinamiento rodeados de ratas, golpeados continuamente y forzados a trabajar de sol a sol, como trabajadores sin sueldo, en muchos casos por el resto de sus vidas. Y si alguno se rebela o simplemente presenta una queja a las autoridades, las consecuencias pueden ser mucho peores. Cualquier parecido con la esclavitud, no es coincidencia.



