
Estrenos: crítica de «El beso de la mujer araña» («Kiss of the Spider Woman»), de Bill Condon
Esta nueva adaptación cinematográfica retoma el clásico de Manuel Puig desde el musical, apostando por la fantasía y el artificio sin abandonar el núcleo emocional de su historia carcelaria. Con Diego Luna, Tonatiuh y Jennifer Lopez. En cines argentinos desde el 8 de enero.
La saga de las adaptaciones de El beso de la mujer araña, que comenzó como una novela escrita por el argentino Manuel Puig en 1976, es una de las que refleja cómo funciona la industria del entretenimiento. La novela en cuestión se convirtió en una obra teatral escrita por el propio Puig en 1983, pero la más conocida de las adaptaciones es la cinematográfica de 1985, dirigida por Héctor Babenco y protagonizada por William Hurt y Raúl Juliá. Ahí no acabaría la secuencia ya que, para 1993, nada menos que la dupla de compositores Kander & Ebb (los creadores de Cabaret y Chicago) y el escritor Terrence McNally harían una versión musical que circuló por todo el mundo y ganó varios premios. Y esa versión es la que ahora fue adaptada para el cine.
La «rareza» de la adaptación no tiene tanto que ver con las diferencias entre cada una de ellas y las que tienen con la novela original (que son varias pero más que nada pasan por detalles narrativos y cuestiones de época), sino el hecho de que, en cierto sentido, Kiss of the Spider Woman siempre fue, sino un musical, al menos una película en la que la fantasía y el mundo ficticio del «cine dentro del cine» ya eran parte de la propuesta. Esta historia carcelaria centrada en el encuentro entre un preso político y otro homosexual siempre estuvo marcada por el relato paralelo que uno le hace a otro al contarle tramas de películas clásicas. Acá, ese es el espacio que aparece modificado. Esas películas son ahora musicales. La cárcel sigue siendo la cárcel.

El actor mexicano Diego Luna encarna a Valentín Arregui, un militante vuelto preso político en la Argentina de 1983, una época rara para plantar la historia ya que la dictadura estaba en plena decadencia tras la derrota en Malvinas. Bill Condon (Chicago) incluye textos explicativos que mencionan los 30 mil desaparecidos, pero el contexto específico es un tanto difuso en cuanto a detalles. Pero eso es lo de menos ya que el fuerte de la historia no pasa por el realismo. Arregui recibe en su celda a un nuevo presidiario. Se trata de Luis Molina (el actor mexicano/estadounidense Tonatiuh), un joven gay que va a la cárcel por «actos de indecencia pública». Y de entrada queda claro que no tienen mucho que ver entre sí.
Valentín es un militante político serio, comprometido, lector de textos teóricos, concentrado en lo suyo y realista. Luis es lo opuesto: una «reina» a la que le encanta soñar con divas del cine, que piensa en la moda, en los romances y en un mundo de pura fantasía e ilusión. Claramente, no enganchan. Todo empieza a cambiar cuando, para matar el aburrimiento en la celda, Luis le empieza a contar a Valentín tramas de películas, en especial un musical kitsch llamado El beso de la mujer araña, protagonizado por una diva de Hollywood (ficticia) llamada Ingrid Luna (Jennifer Lopez). La tal Luna encarna en esa película a Aurora, una editora de revistas que vive una complicada historia de amor con un fotógrafo llamado Armando (interpretado por el propio Luna) mientras lidia también con una tensa situación política. Al contarla, Luis se pone a sí mismo en el rol de Kendall, el asistente gay de Aurora, quien tendrá un rol importante en esa trama.
Y el film de Condon basculará entre ambos relatos, profundizando la relación en la cárcel a partir de las complicaciones y secretos que ambos tienen, a la vez que esas tensiones se ponen, metafóricamente, en juego en el musical que vemos en paralelo. En brillante technicolor y en ostensiblemente falsos sets de filmación propios del cine de los años ’40, el trío protagónico va comentando, a través de las canciones, las experiencias que van atravesando en el mundo real. Fundamentalmente, ese acercamiento sensible y emocional entre dos protagonistas que no pueden admitir lo que sienten por el otro. En el medio, y en ambos «universos», las tensiones políticas se acrecientan y los secretos entre los protagonistas, también.

Se trata de un tipo de película en la que no tiene mucho sentido cuestionar inconsistencias ligadas al mundo real (sí, en Argentina hablan en inglés aunque de fondo se escuchen diálogos en acentos locales, y el contexto político es una dictadura genérica), por lo que los logros y las limitaciones de la propuesta no tienen que ver con eso. En esta adaptación, curiosamente, lo mejor no pasa por Luna, un actor habitualmente consistente, a quien aquí se lo nota un tanto incómodo o fuera de lugar. Si bien su personaje está en línea con otros que ha hecho (su Andor es también un militante político que lucha contra una dictadura y va a la cárcel por eso), su fuerte no pasa por los números musicales.
Allí, previsiblemente, la que se luce es López, que en escenas en plan retro da rienda suelta a su costado musical, bailando y cantando siempre vestida como para un espectáculo en vivo. Su personaje puede no tener profundidad alguna –así está buscado–, pero la actriz/cantante convence dentro de esas limitaciones, ya que en cierto modo pareciera estar dando un show dentro del contexto de la ficción. Pero la revelación es Tonathiu (su apellido real es Elizarraraz), este joven actor que parece haber nacido para el papel. Tanto en la cárcel como en la ficción dentro de la ficción, el intérprete de ascendencia mexicana se maneja con soltura y comodidad en un rol complejo, dándole a la película ese plus emocional que necesita para avanzar.
Por fuera de eso, la trama sigue los lineamientos conocidos, los que ya a esta altura se han vuelto un tanto convencionales. La relación entre Valentín y Luis, el «aprendizaje mutuo» que hacen –uno, respecto a la libertad sexual; el otro, respecto al compromiso más ético que estrictamente político– es un poco antigua y pensada en torno a estereotipos un tanto en desuso. Lo que sí se destaca en el film, en algo que muestra a las claras la experiencia en el género del realizador de Dreamgirls es la manera en la que las escenas coreográfico-musicales están filmadas, priorizando los planos largos, con pocos cortes, que se acercan más al modo clásico de filmar estas escenas, modo que permite advertir el trabajo de los intérpretes mucho más que los rápidos cortes de la gran mayoría de las producciones contemporáneas. Ahí la película le aporta a la conocida historia algo no necesariamente novedoso, pero sí noble y esencialmente cinematográfico.



