Estrenos: crítica de «Hamnet», de Chloé Zhao

Estrenos: crítica de «Hamnet», de Chloé Zhao

por - cine, Críticas, Estrenos
20 Ene, 2026 04:21 | 1 comentario

Esta adaptación de la novela de Maggie O’Farrell narra la vida de William Shakespeare y su esposa Agnes antes, durante y después de una tragedia familiar. Con Jessie Buckley y Paul Mescal. Estreno en Argentina: 5 de febrero.

No hace falta ser psicólogo para darse cuenta que entre Hamnet y Hamlet hay algo más que una cercanía gramatical. Es curioso, de todos modos, que esa no haya sido históricamente la lectura principal que se le hizo a la pieza clave de la carrera de William Shakespeare. Si bien la obvia conexión entre el nombre de su único hijo varón y el del célebre príncipe danés nunca fue pasada por alto por los especialistas en su vida y su obra, jamás se la pensó como una conexión directa. Quizás porque la vida privada del «Bardo» en Stratford siempre fue considerada un tanto secundaria (hay poca información concreta al respecto) en relación a su obra y a su carrera como autor en Londres. Y, además, por que la trama palaciega y los ejes temáticos centrales de Hamlet no son tan sencillos de conectar con los acontecimientos de la vida real de su autor.

Aquí es donde va la clásica aclaración. La crítica –como todas las que se han escrito acerca de la película– contendrá un SPOILER de algo que se sabe desde hace 430 años: si no quieren enterarse de eso, pueden saltar hasta el final y volver cuando se hayan enterado. Hamnet no se centra en el hijo de William Shakespeare y su esposa Anne Hathaway sino, más que nada, en Anne, a la que la película y la novela de Maggie O’Farrell en la que se basa, llaman «Agnes», quizás para que no se la confunda con la conocida actriz. Y lo que hace, al menos durante su primera mitad, es contar la historia de amor entre ambos, una que –como tantas– empieza con ternura, alegría e ilusiones para ir oscureciéndose con el paso del tiempo y de algunos acontecimientos trágicos.

Agnes (interpretada con ferocidad merylstreepiana por esa gran actriz que es Jessie Buckley) es una mujer que ha crecido con una familia adoptiva en Stratford, a fines del siglo XVI. Conectada con la naturaleza –los árboles, los animales, las plantas y sus propiedades curativas– y con una cierta espiritualidad pagana que le hace suponer que ve el futuro, Agnes es una mujer extraña a la que nadie se le acerca demasiado, ya que la consideran «una criatura del bosque». El entonces joven Will (Paul Mescal, quien ofrece una actuación más contenida pero igualmente reveladora), un profesor de latín, no se da por enterado del asunto, o no le importa, y rápidamente se enamora de la mujer. Y, pese a la oposición de su familia, se casan.

La película se ocupará de esos tiempos en los que, si bien la relación entre ambos es sólida, se complica por las tensiones familiares, por el poco interés de William en el trabajo físico y por sus dificultades –y su consiguiente frustración– al no poder triunfar como autor viviendo en el medio del campo. La pareja tendrá primero una hija a la que llamarán Susannah y, unos años después, a dos mellizos, Hamnet y Judith. Y la película presentará esa etapa familiar como la más feliz de sus vidas. Pero las visiones inquietantes de Agnes, la fragilidad física de Judith y la circulación de la peste bubónica dejan en claro que las cosas, más temprano que tarde, se complicarán. Y de esas complicaciones, apuesta el film, se alimentará la carrera de Shakespeare.

Dirigida por Chloé Zhao (realizadora de Nomadland, The Rider y mejor obviar la película de Marvel que hizo luego), Hamnet es y no es uno de esos «films de prestigio» para ganar Oscars. Zhao evita buena parte de los clichés del film de época típico: su registro es inicialmente un tanto más lírico y contemplativo, no se regodea en reconstrucciones ni mucho menos en vestuarios (Buckley usa el mismo vestido rojo-símbolo en casi toda la película y eso que abarca un par de décadas de su vida), la música es menos recargada que lo usual, y su modo de filmar y estructurar las escenas está más conectada a las tradiciones del cine arthouse que a la de los grandes y épicos costume dramas. Sin embargo, pese a la elección de ese formato, de a poco va apareciendo la tragedia con sus grandes actuaciones, sus momentos de alta intensidad y sus símbolos de todo tipo y color.

En esa contradicción vive un poco la película. Buckley funciona a la perfección todo el tiempo, pero llama la atención especialmente cuando su Agnes empieza a sufrir y raramente desciende de ese registro. Es conmovedora cuando, en el parto de sus mellizos, cree estar por perder a uno de ellos (Judith) y logra salvarle la vida. Para cuando la tragedia aumente en densidad, ya pasará a vivir todo el tiempo en ese universo de desgarro emocional. Conmueve, es cierto, pero hay cierto regodeo en el aprovechamiento estético de su impresionante actuación que pone a la película al borde de caer en esos clichés que parecía evitar.

Mescal, en tanto, está más cómodo en el primer registro, ya que su ausente Will –que está trabajando en Londres cuando pasan las cosas más densas en su casa– es más contenido y expresa poco lo que le pasa hasta que le toca largar todo. Esa escena será para algunos el punto culminante del arco narrativo de su personaje y para otros –en función del texto que le toca decir y que a algunos les sonará conocido– bordeará peligrosamente la autoparodia. Y ese mismo registro se mantendrá hasta el final cuando la fractura emocional de la pareja se empiece a pegar, kintsugi style, a través del teatro.

Con Shakespeare creando, a modo de melancólica sublimación de un duelo familiar, una pieza fundamental de la cultura occidental como lo es Hamlet, la película presenta una idea del arte como una estrategia de reparación, una que no solo funciona para la pareja en sí sino como una manera de conectarse con el otro y con un mundo que entonces también atravesaba una pandemia. Mientras suenan los tristes (y, convengamos, un tanto obvios) acordes de On the Nature of Daylight, de Max Richter, Chloé Zhao propone algo así como un proceso de sanación y catarsis colectiva para lidiar con el sufrimiento y el dolor: un réquiem para tiempos oscuros que sirve para el 1600 y también para cuatro siglos después…